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MILLIWAYS, EL RESTAURANTE DEL FIN DEL MUNDO (NO SE ASUSTE 2)


Al principio se creó el Universo, cosa que hizo enfadar a mucha gente y la mayoría lo consideró un error. Pero si alguien descubriera lo que es, en realidad, el Universo; desaparecería y sería reemplazado por algo más extraño. Algunos afirman que tal escenario ya ocurrió. Quizá eso explica la existencia de estas líneas.

Bienvenidos, lectores de LA PASTA DURA, al segundo artículo dedicado a la saga de la Guía del autoestopista galáctico. Previamente abordamos las desventuras de Arthur Dent, luego de que la Tierra fuera demolida y supimos que la respuesta a la última pregunta que es 42, pero aún no conocemos ésta.

Si llegas por primera vez, o te perdiste en el camino, puedes revisar el artículo anterior pinchando en este enlace. Ya listo regresemos adonde lo dejamos; rumbo al Restaurante del fin del mundo.



Vagar por el espacio es cómico, hacerlo por el tiempo no es parar de reír.

Publicado en 1980, el Restaurante del fin del mundo es la continuación de la Guía del autoestopista galáctico. Retomamos la historia de Arthur Dent y sus problemas para adaptarse a la vida de vagabundo interestelar, convivir con sus compañeros de viaje o encontrar un buen té.

Si la inmensidad del cosmos no es lo bastante abrumadora, subimos un paso más en física teórica y, para orgullo de Einsten, empezamos a juguetear con el tiempo y el espacio, con todas las horribles paradojas que eso conlleva (como el hecho de que el bisabuelo de Zaphod sea Zaphod Beeblebrox Cuarto, mientras su bisnieto es Zaphod Beeblebrox primero).

Los viajes en el tiempo son un tema delicado en la ciencia ficción, pues los fanáticos más puristas no dejarán pasar una sola paradoja mal planteada. Pero eso no le quita el sueño a Douglas, quien con sus grandes dotes cómicos, y la libertad que le da no ser ciencia ficción pura, logra que pasemos por alto cualquier problema de este tipo.

Milliways, el establecimiento que da nombre al libro, es literalmente el restaurante del fin del universo; pues está construido dentro de una burbuja anti tiempo en el momento mismo que el Universo llega a su fin. Su principal atracción es comer, beber y contemplar por ti mismo el final de la existencia.

Pero llegar no resulta fácil pues los Vogones, azuzados por un psicólogo convencido de que la pregunta última dejaría a todos los de su profesión sin trabajo, no descansarán hasta destruir a los últimos supervivientes de la Tierra. Para peor, logran encontrar la nave justo cuando Arthur la descompone al tratar de explicarle cómo preparar té.

La salvación cuesta que Zaphod y Marvin aparezcan en las oficinas de la Guía. El alienígena casi es detenido, pero de nuevo logran escapar a Ranestelar B, un planeta que se arruinó porque toda su población se dedicaba a vender zapatos y que en el futuro albergara el restaurante del fin del mundo.

Zaphod logra volver a la nave y marcharse rumbo a Milliways, pero se olvida del androide en el planeta. Ya en el restaurante lo encuentran trabajando en el estacionamiento del local, muy deprimido por pasar tantos milenios en soledad.

Pero la parte que en verdad arranca más de una carcajada, es cuando una vaca parlanchina se presenta ante el grupo como el plato fuerte de la noche y les pregunta qué parte de ella desearían comer. Tal proposición resulta cruel para Arthur, natural para los demás y, si me lo preguntan una solución práctica.

Aunque la tripulación no se queda a ver el espectáculo de la noche, envalentonados por el alcohol, Ford y Zaphod convencen a los demás de que les ayuden a robarse una nave, vehículo que resulta estar programado para estrellarse contra una estrella como parte de un concierto.

El escape se da por medio de unos teletransportadores que dejan al grupo separado y perdido en el tiempo, provocando que Arthur y Ford terminen en la Tierra primitiva donde descubrirán el verdadero y nada honroso, aunque muy lógico, origen de la especie humana.

Con el mismo estilo hilarante y confuso a partes iguales, el Restaurante del fin del mundo se convierte en una digna continuación, pese a no seguir un argumento aparente como fue la pregunta última en la primera parte. Alcanzando nuevas cotas de humor y manejando bien los complicados saltos temporales.



Una gran mezcla de personajes nuevos con los conocidos, situaciones disparatadas a ritmo trepidante, y un final que nos deja con ganas de más, el Restaurante del fin del mundo te convencerá de terminar la saga, aunque signifique que te conviertas en tu propio suegro.





Y eso es todo en esta ocasión, pero no se relajen que la fiesta espacial amenaza continuar. Recárguense de energía con una buena comida, la necesitarán la próxima semana cuando hablemos de La vida, el universo y todo lo demás.


-El colgado de las letras.

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