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NO HAY LETRAS

Con un simplón No hay letras, sentencié una conversación sobre opciones universitarias. Y es que a veces se vuelve el argumento ideal para aquellos que soñamos con las grandes historias; buscar la mejor institución en el tema. Entendemos que un narrador nace en un aula y que ahí se podrá explotar el potencial creativo. Y claro que ayuda a la formación técnica del artista, pero no hay nada más erróneo que buscar aprender algo metódicamente, sin percatarnos que el oficio se adquiere mucho mejor leyendo.

¿A qué me refiero?

En que para dedicarse a dicha profesión, importarán mucho esas lecturas que vayas echando al bolsillo, puesto que darán el empujón y destreza a la pluma, al contar sus propias aventuras. Un escritor (opinión personal) jamás nacerá a partir de la estructura técnica que puedas aprender. Ejemplo de ello, oriundo de Villa Hermosa, y cuya educación profesional; poco y nada tienen que ver con la redacción.

A finales de los nostálgicos años treinta, en el 1936 para ser exacto. La ciudad de Tabasco dio la luz a quien sería uno de los poetas por excelencia de México: José Carlos Becerra. Uno de esos personajes que siempre deben aparecer cada cierto tiempo en la memoria de un país, para luego dejar una estela de letras por generaciones. Mismas que se descifren a lo largo de los años.



De peculiar; para los que saben del tema, no tendrá mucho. Un chaval con inquietudes por la narrativa y expresión literaria. Ganando terreno en el mundo siempre errante de las letras. Casi como todos los proscritos a la fama escritural. Fue acumulando para sí, premios, aún sin mucho nombre, pero que de a poco le empujaban a su pasional vocación: La Poesía.

Llamarse poeta, siempre requerirá de un duende distinto al resto. Porque podrá haber maestros en la narración de historias y cuentistas maravillosos, pero quien sufre la poesía. Tendrá la dicha de recrear el sentimiento que nace en el alma del ser, formando figuras que rebasen los límites tangibles y nos empapen de esa estética; del dulce canto de la emoción.

Las letras del novel poeta tabasqueño (puesto que un accidente le privó de la vida a sus escasos treinta y cuatro años en 1970), nos remontan a la calidez de un abrazo, a la figura de la belleza en la mujer. De aquella frugal naturaleza con su hermosa faz. Nos carga de la angustia social o lleva al momento justo para trascender nuestra realidad. Son letras que empapan los áridos desiertos de una rigurosa estructura.

De profesión arquitecto. Buen bailador, alegre, enamorado y adicto al elixir que solo las palabras pueden brindar. Su amor por este arte le llevó a escribir tanto como pudo hasta el último día. Experimentado siempre y dejando ese legado de versos y métricas tan apacible para el espíritu del lector.


«Yo no nací para hacer dinero. Nací para escribir – 
Sentenció a su progenitor en pleno velorio de su madre».

Es aquí donde podemos ahondar en que la forma de ser engendrado un escritor, se encuentra más en esa vocación que viene desde la infancia. Muchos de los versos surgen a partir de la contemplación constante de nuestro entorno. La inquietud de quien todo busca con la mirada y encuentra en la palabra, su manera de expresión. No debe cerrarse el que añora escribir; a una creación rigurosa, sino a la aventura del caminante. Recorrer los senderos con los ojos atentos a cualquier destello en el horizonte.

El narrador busca contar, para que el lector recree lo más fidedigno posible, cada recuerdo que su memoria guarde. Para José Carlos Becerra, amante de la naturaleza; fue siempre esta posibilidad de observación su punto de partida. Otrora podremos hablar del requisito fundamental del que anhela serlo. Pero la humildad del que escucha a los que saben, con ojos atentos y soñadores es más que suficiente.

No hay para el anhelante escritor un margen en su creatividad, bien puede surcar el mar de la arquitectura o la pasión del toreo. No se limita a entonar versos de amor, sino que la naturaleza es su escaparate en esa filia a lo creado. A la perfecta belleza de un atardecer o a un ave volando. Paisajes y noches de ensueño. Tristezas o alegrías en compañía y tertulias eternas. Lo pasional de la mujer. Su hermosura. Todo sirve de materia prima para quien evoca su corazón a la palabra escrita.  Rompiendo así, el mito del facultativo.

Quien nace para encontrarse con la narrativa, los géneros no serán un muro infranqueable. Encontrará en cada uno la posibilidad de embellecer el tedio. Abarcará porque así ha decidido, todo lo que su imaginación le permita. No se detendrá a contar solo aventuras, y escalará las cimas novelísticas más empinadas. Acabará por sosegarse a través de un cuento, pues ha logrado contarlo todo. Aquello que vio y busca que muchos más; puedan ver.

La funcionalidad de escuelas dedicadas a la creación literaria, se encuentra en pulir a través de la crítica los abismos que todo narrador encuentra. Pues siempre que se escribe,  no se está totalmente siguiendo una línea. Eso tampoco debe ser una apología para sentarse y esperar que las faltas de ortografía o fallas en la sintaxis, se corrijan con el talento; para acomodar palabras en una oración no es suficiente que tengas la ilusión de hacerlo.

El que ama su profesión, sabrá que el oficio se alcanza trabajando. Como popularmente se dice «Echando a perder se aprende». Motivo suficiente para no descuidar el constante crecimiento y habilidad a la hora de ejercer una actividad a través de la práctica. Si el trabajo del escribano es crear desde los recuerdos que entran por la mirada, intentar y romper hojas; será la mejor escuela que podamos tener.

No busco convencer, ni proponer una escuela laica y romántica que salga de las aulas. O que tenga una perspectiva de la estética nula. Mejor dicho, lo que pretendo con estas líneas es crear un poco de conciencia en aquellos que ya desde temprana edad escriben para que forjen su vocación paso a paso hasta alcanzar el clímax, desmitificando que necesitas pasar por una facultad dedicada a la literatura. Es verdad que el contexto por el cual te moverás será un análisis profundo. Pero eso podrás dejarlo a la crítica.



El oficio de escritor, para los que buscan perfección en su estructura. Va más allá de técnicas y recursos teóricos. Se adquiere con la experiencia. Parafraseando a Becerra, «Del hombre que siempre está mirando». Ahí se nutrirán sus historias y la repetición y constancia en ellas, harán por surtir efecto. Sin faltar, y aquí nos iremos con mayor cuidado; a la preparación y exposición de los textos. No se trata de saltar tampoco al vacío sin nada de fundamento teórico.

Daré por sentado que todo aquel que busca contar una historia, debe ya saber que es indispensable prepararse. Pero, para crecer en el oficio, no hay por qué encerrarse a que una facultad de literatura te lo enseñará. Así como el poeta tabasqueño, habrás de encontrar en querer serlo todo (como lo definían sus amigos), los recursos creativos para empezar siempre con la fuerza necesaria una historia que deje un legado a postreras generaciones.

Ya sea desde la ingeniería o medicina. Desde la psicología, arquitectura o cualquier otra carrera, incluso no teniéndola. El bello oficio de escribir abrazará a todo aquel dispuesto a darle a cambio: horas consigo mismo para expresarse, borrar y volver a intentarlo, al igual que largas jornadas de lecturas y preparación para definir un estilo y encontrar su propia voz. No se hallarán escribiendo en un aula llena de fundamentos teóricos y análisis. Incluso ahí, en esa opción donde no hay letras, encontrarás la disciplina del viejo arte de contar las historias que siempre estamos mirando.

-Montolivo Llosa.

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