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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #2

Sean bienvenidos a la segunda edición de ¡Simplemente las invento! el espacio destinado a la creación literaria dentro del blog.

En esta ocasión, el escribidor Montolivo Llosa nos comparte su cuento El obturador maestro. Les recordamos que pueden seguirlo vía twitter en @MontolivoLlosa y si quieren comunicarse con él, escriban a la dirección luigicailpd@gmail.com, por favor nada de cartas amenazantes o propuestas indecorosas.

Sin más disfruten el cuento y sonrían para la cámara.



EL OBTURADOR MAESTRO

Para Henry, el cumpleaños más feliz que tuvo en su vida, fue aquel donde sus padres tuvieron a bien regalarle la cámara fotográfica que había visto en la tienda de don Martín. Nunca había concebido un mundo donde aquellos ratos de alegría efímera pudiesen ser eternos. Pero ahora, con el cacharro entre sus manos, pasaba largas horas de caminata por el barrio capturando todo aquello que le venía a bien. Haciendo de cada instante, que lograba retratar, su escena infinita. Aunque llevaba unas semanas con el artilugio (y era una lata llevar los rollos a revelar), no dejaba de sorprenderlo cómo la felicidad, aunque inmóvil; se percibía a través de las imágenes.

Su madre siempre decía que desde aquella tarde en que abrió el regalo, estaba totalmente distraído; con la cara todo el tiempo metida en la cámara. «Un día, mientras duermas voy a tirarte ese trasto y no quiero que me riñas». Él apenas la escuchaba. Su mente se encargaba de enfocar toda su atención en las escenas que amaba guardar. Apenas lograba quedarse dormido, empezaba a soñar con una vida donde era partícipe de cada fotografía en el mundo, recorría el sinfín de ellas y se complacía que el tiempo no corriera, que viviera (aunque externamente) dentro de cada momento.

Ramón, el padre del muchacho, atento a la pasión que mostraba su hijo por la fotografía, decidió pagarle cursos para darle mayor empuje, «tal vez al final del día haga de su distracción un oficio que le permita vivir» pensaba.
Pero a la madre esto no le parecía del todo bien, ella acuciaba que no podía solo relacionarse con su entorno a partir de estar espiando la vida de los demás.

«Ramón, entiende. Pasa que ayer al salir por las compras. Graciela me comentó que había visto a Henry trepado en un árbol fotografiando a una pareja de novios en una banca, mientras… tú sabes. No quiero que digan que tenemos un hijo mirón o algo así». El padre simplemente cogía de la mano a la mujer, mientras un beso cálido le devolvía la paz.

El primer día de clases en el curso de fotografía, fue algo novedoso para el muchacho, sin embargo tras semanas de ver encuadres, saturación del color, regla de los tercios, obturación y demás tecnicismos, perdió todo interés. Jamás había estado interesado en aprender a tomar una foto donde hubiese un enfoque. A él le apasionaba poder atrapar eternamente un recuerdo. La movilidad dentro de ese estado del tiempo estático.  Abandonó al mes de haber comenzado y el padre tranquilizó aún más a Rebeca, pues la madre creyó que por fin había terminado la obsesión del ya adolescente.

La pasión para Henry sin embargo, iba incrementando. En el colegio, no gustaba de participar en ninguna actividad. Aquella actitud le consiguió que empezarán a tratarlo como si tuviese algún tipo de enfermedad. Pero a él no le importaba mucho.

Llegado el primer año de bachillerato, y sin apego a nada que no fuera seguir almacenando momentos, comenzó a buscar empleo para poder costear la compra de material que necesitaba la nueva cámara que le había traído su abuelo desde otro país. Ahora sí que echaba de menos nunca haber concluido algún curso, al que su padre lo había inscrito hace unos años. No tenía idea del nuevo proceso para el revelado de sus fotografías. Buscó anuncios en el periódico y encontró un curso donde aprendería la técnica que necesitaba. Lo cual le pareció un milagro, ya que no solo aprendería sino que ofrecían también un empleo de medio tiempo  como moneda de cambio por dicho aprendizaje. No tardó en presentarse en la tienda que estaba a unas calles del centro de la ciudad para arrebatarle a quien fuese, aquel puesto.

Fue sorpresivo ver que solo él se había presentado en dicho local. No era gran cosa, apenas un cuadro de proporciones estándares bajo un viejo edificio colonial. Totalmente oscuro y con una luz roja cuando se necesitaba ver. El olor peculiar le hacía cosquillas en la nariz, mientras aquellos cordeles de donde colgaban cientos de fotos, le incendiaban el corazón. Embelesado aún por el entorno, se le presentó Servando. «El Maestro Obturador», así lo llegaría a llamar tiempo después. El viejo trató de explicar lo más claro posible cada una de las labores que llevaría a cabo el chico. Terminado el discurso, lo invitó a un café (el primero en su vida).

«Han pasado años desde que tuve el último asistente. No creas que soy uno de esos jefes pesados que hostigan a sus aprendices. Pero a veces el mundo de la fotografía es despiadado. Me refiero a que debes aprender a  trabajar y vivir solo. La contemplación de una imagen es un acto que solo podemos hacerlo a solas…» dijo al muchacho, mientras este sorbía de su taza un café amargo que también le quemó la lengua. Pasado el primer año y con instrucciones de nunca atravesar la puerta que daba a un nivel aún más bajo del edificio. Henry se sentía pleno, había aprendido el proceso de revelar él mismo sus fotografías. Cada una las había compartido en esa semioscuridad al tiempo que el viejo solo cavilaba en lo que al chico le gustaba capturar.

Cierta tarde, mientras contemplaba al muchacho colgar en el cordel la foto de una pareja riñendo en el portal de su casa, Servando lo atrajo hacia la salita y le cuestionó acerca de varios temas sobre tiempo y espacio. Aquello fue sorpresivo para el joven. Casi en un susurro el Maestro Obturador le había hablado de miles de teorías. Jamás había escuchado con tanto detalle la posibilidad de detener el tiempo. Sí, aquello era una locura para Henry. Cuando apenas había visto su primer trabajo revelado, la idea le consumió al grado de ser el motor para seguir almacenando dichas fotografías. Pero nunca consideró, incluso en su ignorancia, la posibilidad.

Esa noche no pudo dormir. Daba vueltas y vueltas a la relatividad espacial. «Obviamente es cierta, no pueden estar jugando miles de ecuaciones y estudios, pero cómo podría ser aplicable para mí, cómo podría lograr alcanzar la velocidad luz y ser constante en ella para así colapsar el tiempo y espacio, tal como lo entiendo yo, adelantarme a la masa que ocupa un espacio en el universo». Ni siquiera asistió al colegio aquella mañana, cogió todas las cosas necesarias, corrió hasta el edificio. Asestando golpecitos firmes a la puerta de su jefe, que deslumbrado por la luz de la mañana, atinó a mover las manos en señal de calma.
Entró, pero esta vez al apartamento del Maestro Obturador (donde no había estado en todo el tiempo de conocerlo). Dejó salir cada una de las ideas que había concebido durante la noche. Compartió con él la posibilidad, que aunque inverosímil le parecía muy aplicable.

«Sé que tú también has pensado en esto, o tal vez no. Pero piensa en que todo aquello se puede resumir a ser constantes a la hora de alcanzar la velocidad de luz y superarla, esto nos permitirá crear un colapso en el espacio tiempo. Eso quiere decir, o no sé si así sea. Un sitio donde se detenga nuestra realidad, un agujero de gusano». El chicho no podía controlar el entusiasmo, hablaba como si supiera realmente el trabajo que conlleva postular dichas cosas. Mientras, en el corazón de Servando, lleno de años y experiencia, un destello de ilusión había sido encendido.

«Veo que he causado un impacto fuerte con aquella conversación. Aunque admito que tus teorías suenan sensatas, llevaría años poder siquiera acercarse a la posibilidad de hacerlo tangible. No olvides que la relatividad general nos dice que aunque esto se pueda conseguir, alcanzar dicha velocidad nos dejaría sin un cuerpo o esencia;  físicamente hablando. No es posible Henry. Comprendo tu entusiasmo y pasión por la eternidad de una fotografía, pero no puede ser». Acució el viejo que poco a poco apagó la llama que había ondeado dentro de él.

Aquel entusiasmo abrazador se encontró sosegado por la ecuanimidad de su maestro. «Es cierto, no era posible. Pero si acaso a través de formar una máquina que nos permitiera aislarnos de los efectos de esa velocidad. Una especie de cámara que por consecuencia del obturador permita captar esa velocidad y volverla constante». En este soliloquio se perdió el joven, mientras Servando intrigado, preguntaba qué era todo aquello que había dicho. Se enfrascaron en una conversación que duró casi todo el día. Ya muy cerca de la media noche, enfilaron hacia aquella puerta que había sido clausurada. El olor a humedad era sofocante, el polvo rasgaba la garganta de Henry, y allí en medio de la oscura habitación, una especie de cabina aguardaba. Aquello era impactante, para el chico parecía más una vieja cámara. Se miraron cómplices en esta aventura. Paso a paso Servando explicó que no solo era un viejo fotógrafo. Apostó por la ciencia desde muy joven. La física le apasionaba como nada más, le habló de fórmulas que no entendía.

En el bachiller sólo cabía una idea en su mente, detener el tiempo para poder moverse entre instantes. En teoría, vivir dentro de una fotografía. Los meses siguientes pasaron días enteros en la fabricación de aquella cámara. La idea para él se resumía en lograr que el lente produjera la velocidad de obturación necesaria para conseguir adelantarse al instante siguiente, con lo cual el tiempo estaría estático la duración que quisieran.

Para Servando no solo había sido la culminación de un proyecto de toda su vida. Veía en el joven su fuerza perdida por tantas horas de negación y juicio alegando su locura. Se dejó llevar tanto por la pasión, que no pensó en qué posible destrucción podría causar dicho trabajo. Dejando su vida en bocetos y ecuaciones. Llegaron a aquel día. Su trabajo final resultó en una especie de vehículo pequeño. Con el cual podrían salir a las calles sin llamar la atención y, así, lograr capturar el momento deseado para intervenir en su eternidad.

Durante los primeros intentos sólo lograron acelerar tanto aquella máquina que casi mueren por la reacción del mismo. Por meses intentaron sin conseguir algún resultado favorable.

Un tanto decepcionados, el viejo dijo emprendería la últimas noches de ecuaciones y bocetos, añadiendo no volverse a ver hasta conseguirlo.

El chico tumbado en un sofá de la casa de sus padres, no pudo ver cuánto trabajó aquellas noches, o días. Perdió la noción del tiempo.

Extasiado suspiró «Lo conseguí». Alcanzó a tomar una hoja y explicar los cambios realizados, ahora un armatoste mejor equipado salió a la calle. La escena era perfecta. La lluvia caía, en un lado la calle los vehículos avanzaban sin percatarse de nada; por la acera un anciano con una gabardina empapada y un libro bajo el brazo caminaba solitario y con el ceño fruncido. La noche era joven. El timbre del teléfono sobresaltó la falsa paz de Henry. Al otro lado del auricular la voz cansada y más severa explicó la dirección donde estaba.

El muchacho salió. El tiempo parecía extraño, las nubes para aquella hora de la noche iluminaban con un rojo estremecedor la ciudad. Llegó a la dirección citada, no vio nada distinto. Un trueno sonoro hizo el eco de aquel resplandor mortuorio del relámpago que bañó la noche. Bajo una piedra pequeña una hoja bailoteaba con el viento gélido. Se acercó.

«Henry, el suplicio de tal suceso me carcome el alma, no logro atinar a decir algo más. Me he vuelto loco. Nos perdí en algún lapso del tiempo». Cuando el chico terminó de leer, ya no era un chico, era el viejo que caminaba bajo la lluvia, pero no podía hacer nada más. Sentía miles de miradas sobre él, pero incluso respirar, le pesaba en el alma. Yacía atrapado en su fotografía.


-Montolivo Llosa.

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