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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #3

Desde un pliegue distorsionado de la realidad, nos llegó este texto obra de un tal Díptero Membranal de quien aún estamos buscando información.

Mientras tanto, deleitense con las líneas de tan peculiar autor, en esta tercera edición de ¡Simplememnte las invento!



REPUGNANTES FIGURAS

Recuerdo cuando entre los sonidos que poblaban los aires, los de la naturaleza agradecían sin cesar a Dios por la humanidad, y también socavaron las entrañas a la misma. Es inevitable que, sobre todos los sonidos, los de la oratoria humana ocuparan el lugar más privilegiado. Tenían el poder de originar tempestades apacibles y quietudes tormentosas.  

¿De qué le sirve a un viejo hurgar en sus cavilaciones, sin un interlocutor dispuesto a ofrecer su oído e interactuar, sobre los tópicos de un alma sabia y de esencia social? Existe la esperanza de que las tinieblas en la que nos hemos hundido, pudieran ser consecuencia de una luz que las devuelva a su sitio, una vez que la razón nos guie en la dirección correcta.

He llegado a sentir que las tinieblas no son sinónimo de pesimismo sino consecuencia de una chispa divina: creo que estoy enloqueciendo. No me explico cómo sigo en pie de guerra, si hace mucho se perdió el poder de comunicarnos a través del lenguaje oral. Tal aberración se propagó como epidemia y, ahora la incomunicación es más deceso que la muerte.

La zona de confort cibernética en la que yace esta humanidad es impenetrable, la voz del mundo es una piedra anacoreta, al fondo del río de nuestra sangre.
Quién hubiese imaginado que al final de la década de los sesentas se sentaría una de las bases de la ciencia moderna llamada INTERNET. Los beneficios son abrumadores, pero a un costo muy alto.

Las calles del mundo están llenas de la ausencia humana. Ya no existen aulas ni maestros. Ni risas de niños disipando tristezas. No. Ya no hay nada, ni enamorados ingenuos que envidiar, ni un anciano soltando algún consejo compasivo, ninguna mujer hermosa bajo la lluvia, y ninguna madre consolando a su hijo.

Las estaciones del año son en el mejor de los casos fondos de pantalla como en mi computadora. En los poblados de cada rincón sobresale el hedor por decesos de los usuarios en sus propias casas, como huéspedes encantados en campos de exterminio. Sólo que allí expiran aparentemente en paz. Y secuestrados por sus dispositivos, se marchan de éste plano felizmente en familia.

Familia, hogar: palabras que brotan de la esencia del sentimiento y la razón y que maquiavélicamente fueron suprimidas y desconfiguradas del espíritu del hombre: androide esclavo de la pantalla. El nuevo orden mundial ha ejecutado ferozmente las normas de su sistema, oprimiendo y quebrantando la anatomía universal del intelecto.

¡Oh, el olor a libros viejos y el sonido primitivo y místico del acetato! ¡Todo ha sido destruido, todo ha sido calcinado! Aún hoy es pena capital al que se le encuentre un LP, y, muerte para toda la familia si a uno de sus miembros se le halla en su poder un libro físico. Qué ley tan absurda. Tan diabólica y miserable. Ya que nunca hubo alguna ejecución por tal delito. Pues por voluntad propia hace mucho que la humanidad dejó de serlo. Y del prójimo y al arte, ni qué decir, y poco a poco dejaron el hablarse los unos a los otros. El lenguaje escrito sufrió terribles alteraciones y se comunicaban con ciber códigos y al paso de la velocidad de la red también dejaron de ser. Supliéndolos definitivamente por las repugnantes figuras emojis. Sí, esas figuras escalofriantes. Y el silencio lo fue cubriendo todo.

Pero estas memorias copretéritas se sacudieron lo superfluo y emergieron de lo vano. El momento justo en que vi pasar a un anciano espigado, de figura recia y misteriosa. Empujaba un diablo cargado de una bolsa negra. Él también vestía de negro, parecía más un vagabundo enigmático que un indigente clásico, semejante a una estrella negra en el rostro del sol, su saco negro le sentaba perfecto. En un instante percibí un contraste, algo que cimbró de golpe mi ser: eran signos, quise salir y gritarle. Pero ambas acciones las había olvidado, lo vi alejarse con sus pasos cansinos, firmes y decididos. Temí que llegara La Policía Emoji. Lo arrestara y lo apresara. Pero no fue así.

Mi frustración se fue mojando al volver a salir por mis ojos el mar, al volver a probar la sal, sazón del ser, y me gozaba por volver yo a llover. Ahora el fondo de mi pantalla era la ventana; por donde vi el sol caer. Reventó el alba una y otra vez, sin rastro mínimo del anciano.

Recargué mi frente en el cristal, y repasaba a detalle la experiencia sublime: “Creo haber escuchado el rechinar de las ruedas y el resonar de sus botas de hule al pisar, en compases cortos, escuchar mis sollozos y probar mis lagrimas fue alucinante”. Sentí la tibieza de mis orines recorrer su habitual ruta, en ese momento las ganas de volver a verlo se hicieron tan débiles como mi sentido del olfato.

Me recosté en la ventana y el cansancio me fue llevando lejos de la vigilia. Todas las condiciones que no entendía se dieron y el Anciano apareció. Caminaba hacía el ocaso una y otra vez. La escena dejavulesca me hizo cuestionarme: Si no podía gritarle ni alcanzarlo ¿Qué debía hacer?

Me relajé y suspiré. Lo contemplé. Capté la señal y se aclaró el mensaje: tenía que reiniciar para volver a nacer. El anciano brilló más que muchas tardes juntas. Los fundamentos de mi alma se alinearon y los órganos internos de mi espíritu. Revitalizaron todo mi ser y resucité de entre los muertos. Mis sentidos en armonía estaban ávidos de cumplir su misión, la vista observó que sobre el saco colgaban dos letreros de cartón, en el de la espalda los signos que no había logrado distinguir eran: las vocales y consonantes.

Entonces salí y me aproximé al anciano. Y sin volver hacía mí, dijo: No te acerques más. ¿Dime, para qué estás aquí? Y respondí: ¿Qué debo hacer para herir o matar a éste silencio siniestro, que hoy nos gobierna? Eso tan sólo depende de la respuesta de tu corazón. Una irrupción sonora cortó el dialogo. Eran los representantes de la ley cibernética: La Policía Emoji. Disparaban mortales figuras sonrientes.

Esperé que anocheciera en mi escondite, dentro de una casa de una familia recién fallecida. Todos alrededor de una computadora. Se habían suicidado porque su dispositivo ya no les gustaba. Escuché un débil sonido, eran suspiros de un bebé agonizante. Lo cargué y empecé a llorar. Lo arrullaba y seguía llorando. Sus últimos movimientos fueron chuparse los deditos empapados de mi dolor salado.

El silencio no pudo detener la revelación que en ese momento se me dio. Moví los cadáveres y frente a la computadora repasé las imágenes del anciano. Hasta el momento en que murió el bebé en mis brazos. Recordé su último gesto: una sonrisa. Y tecleé: una vocal, una consonante, otra vocal y una consonante más. Y oprimí enter.

Dos balas sonrientes me atravesaron. Los emojis tenían la computadora. Uno de ellos ordenaba rabiosamente: ¡Detén el virus, detén el virus! La película de mi vida corrió desde que estuve en el vientre de mi madre, hasta ahora.

El anciano apareció. Y a punto de alcanzarlo caí. El regresó y me tendió la mano. (Él era yo, antes de morir. Y me programó para concluir su misión, si no le alcanzaba la vida). Al levantarme vi el letrero en su pecho: AMOR. Y me entregó dos libros: LA BIBLIA y CANTO A MI MISMO.

Después escuché al comandante emoji decir: ¡Todo ha terminado! El lenguaje ha resurgido. Y dio una última orden: descarguen todo su parque en éste emoji traidor. Esto era un milagro pues el anciano con aires de libertad levantaba su rostro. Había cavilado se manifestaba. Dispositivos revelaciones, telepatía los sonidos eran un silencio que me decían algo.

-Díptero Membranal

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