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AULLIDOS EN FRANCÉS

Evolutivamente heredamos el miedo natural por los depredadores, legado de un tiempo en que ocupábamos un lugar más bajo en la cadena alimenticia. No es de extrañar que ese miedo se combine con nuestra propia bestialidad para dar lugar a mitos donde seres humanos pueden transformarse en animales.

Desde los hombres leopardo de África, los hombres zorro de China e incluso el Nahual mesoamericano, personas que por su propia magia o por alguna maldición, dejan de lado su parte racional para convertirse en formidables depredadores sedientos de carne humana.

Pero el más conocido, sin duda, es el hombre lobo nacido en los bosques de Europa. Parte de la cultura popular, antagonista por excelencia de los vampiros e incluso personaje en cuentos infantiles, la figura del licántropo se arraigó sin tener una obra identificable como Drácula. Si bien desconocida, tal obra existe y, como no podía ser de otra forma, es un libro.

Samuel Guy Endore, seudónimo de Harry Relis (1900?-1970) fue un escritor neoyorquino casi desconocido que obtuvo cierta fama como guionista, pero aún así sólo obtiene menciones cortas en las enciclopedias sobre cine. En opinión de muchos debería ser uno de los pilares de la literatura terrorífica, pues fue él quién escribió El hombre lobo de París, obra que se considera el Drácula de los licántropos.



Luna llena en tiempos de guerra

La novela es narrada por Aymar Galliez, quien cuenta la historia de su sobrino Bertrand un niño fruto de la violación de un sacerdote que muestra comportamientos extraños durante las noches de luna llena, además de sufrir pesadillas donde se transforma en una bestia salvaje.

Con el tiempo, tanto Aymar como Bertrand descubren que las pesadillas son reales y el tío procede a encerrarlo para mantenerlo a raya. Pero como así no tenemos historia, el licántropo se las ingenia para escapar, matando a uno de sus amigos en el proceso, y es responsabilidad de Aymar rastrear su paradero.

Bertrand llega al sangriento París de 1871, en medio de la proclamación de la III República, la guerra franco-prusiana y la proclamación de la Comuna; el escenario perfecto para que sus crímenes pasen desapercibidos. Más en medio del caos, el lobo conocerá el amor y si bien no es una cura, resulta un poderoso analgésico para sus ansias de matar.

La primera peculiaridad de nuestro hombre lobo, es que su transformación no se debe a la clásica mordida, la maldición de un mago o su propia sed de poder, sino que es la víctima inocente del pecado de su padre. En anteriores ocasiones he dicho que no hay nada más terrorífico que este tipo de “terror injusto”, cuando el horror se cierne sobre alguien que no ha hecho nada para merecerlo.

Lo segundo, es que la novela distancia el terror del monstruo mientras avanza, si bien las carnicerías del lobo en las oscuras calles de París estremecen el cuerpo y revuelven el estómago, cuando Aymar llega a la capital se da cuenta de que la enfermedad del hombre lobo no necesita de una mordida para propagarse.

El lobo, la bestia no necesita de la luna llena para poseer a los hombres ni necesita crecerles garras y dientes para alimentarse de sus congéneres. Los burgueses, los aristócratas, los plebeyos; toda la sociedad parisina traiciona o mata sin miedo con tal de mantener el poder y el dinero, valdría citar una pregunta que aparece en el libro “¿Es que acaso imaginan que si no se matan unos a otros a lo mejor no se mueren nunca?”



Así la novela cierra con la reflexión de que no se necesita ser un ser sobrenatural para sembrar el terror. La ciudad estaba ya en el caos cuando el hombre lobo aparece, tanto así que la población jamás sospecha que tan prodigiosa bestia se pasea por sus calles. La maldición del lobo no necesita de monstruos peludos para propagarse, basta que el hombre derribe las débiles barreras que lo separan de aquellas bestias que tanto temieron sus ancestros y descubra que el mayor depredador del humano es el mismo.

Sin la fuerza de las bestias de su lado, al final de la novela el caos es desatado por los hombres que ya estaban en París y no por el pobre Bertrand que a cada página lucha por vencer su lado bestial, aún viendo como quienes no cargan con su maldición se entregan al salvajismo. Para cerrar, otra cita de Endore a manera de reflexión:

“Pero ahora se han quitado los barrotes, se han abierto las puertas de par en par, y los monstruos de antaño, bajo nuevos disfraces, pronto poblarán el mundo. Los modernos terrores no acecharán el bosque, sino que caminarán por la plaza del mercado; no atacarán a caminantes solitarios, sino que se aferrarán a la garganta de naciones enteras.”

-El colgado de las letras.

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