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EL PROFETA SOCIAL

Para finales del año 1947, el profeta social George Orwell se encaminaba a terminar una de las más reconocidas historias en el mundo. Situado en un contexto de posguerra y pleno auge en la «Guerra Fría». El escritor inglés hacía soñar con el mundo (para ellos lejano) de 1984.

El avance en la tecnología e influencia de la Unión Soviética sobre la población mundial, llevaron a vislumbrar esa distopía que enmarcara su novela. Bien podríamos hablar del concepto estrictamente político; sin embargo, el tema que nos apremia más por el momento: el de la tecnología como un medio de control.

La historia de Orwell no carece de esa crítica a los sistemas políticos. Pero centrémonos en la idea que  encumbra su obra. La posibilidad de ser totalmente observados y destinados a perder la esencia como seres autónomos. Una premisa que nos llena de terror si lo pensamos. Pero que hoy día, en pleno siglo veintiuno; está vigente.

Una sociedad que vive de breves momentos, o mejor dicho; a instantes. Donde tus enemigos, cada dos minutos pasan a ser tus amigos, y viceversa. Al igual que una  limitación a la hora de enfrentarse a las relaciones interpersonales; deberían guiarnos a una exhausta reflexión de cómo la sociedad vendrá en decadencia sin siquiera sentarse a definir lo que somos.

Para el autor, dicho control que esto ejercería sobre el total de población  no se vería reflejado solo en la  manera de interactuar entre naciones, sino que por medio de ello (El vigilante) se encargarían de desechar aquello que no sirviera para sus fines. Incluso la forma en relacionarnos filialmente. Porque el apego afectivo pasa a ser una distracción que el omnipresente vigía no puede consentir.

Es verdad que en 1984 no se cumplió lo que George decía. Tampoco era que fuese establecido por él que su novela debía interpretarse como el apocalipsis social… En aquellos años ochenta, los avances en tecnología nos dejaban ver cierta especie de teléfonos móviles. Aquellos inmensos aparatos daban un salto grande en materia de comunicación. También el mundo despertaba con la llegada de una joven red de internet, y el término Ciberespacio nacía en la literatura. Al tiempo que cabo cañaveral sufría la tragedia del siglo y se encontraran los restos del Titanic.

Parecía que nada de lo profetizado por Orwell vendría a ser real para nosotros. Que su obra se quedaría en los anales de las grandes historias de ciencia ficción, o ficción social [para los puristas]. Pero el mundo no dejaba de dar vueltas al sol, y con cada paso en esta tierra; el hombre se acercaba más a lo presagiado por el escritor, o se enteraba por fin: Ser observado.

A pesar de sonar  totalmente contemporánea la idea Orwelliana. Hubo a finales del siglo dieciocho, un modelo arquitectónico llamado Panóptico. Mismo que se interpreta como una figura carcelaria, donde el vigilante desde una torre en el centro podía observar a cada uno de los presos, sin que estos sintieran totalmente el poder visual, pero que al saberse bajo un escrutinio constante. Funcionaban mejor.

Incluso, saltando en la línea del tiempo. No debería sorprendernos como la idea más antigua esta manera de control. La Biblia nos deja ver a un Dios que todo lo ve y todo lo sabe. Puede que aquí comenzó este modo de relación entre esa cabeza del escalafón y el resto. «La idea que nos lleva a exigirnos perfección».




Ahora, no fue sino hasta nuestro siglo veinte donde pudimos ver realmente toda la fuerza tecnológica. En mi opinión, a través de la internet  y dispositivos móviles que han superado su función básica, convirtiéndose en aparatos de primera necesidad, llegando a ser; ahora sí. Ese ojo del ser omnipresente y omnisciente que tiene dominio sobre cada paso que damos.

Los tiempos que vivimos, y para quienes fuimos engendrados en los noventa o anteriormente; vislumbrar la forma en que se ha desmoronado la individualidad es cosa del diario acontecer. Hoy somos siempre esclavos de los cambios constantes que nos llevan a decidir sobre bases efímeras. Respondemos a esas tendencias orquestadas por grandes compañías, viviendo al día.

Es cierto que a partir de cada una de las  gadgets nuestra vida ha resultado más funcional o sencilla. La productividad generada por el tiempo que tenemos libre; tendría que volvernos más creativos, pero si lo vemos realmente en introspectiva. Hemos llegado a perder más de lo que ganamos. Estamos siendo controlados por esos objetos, siendo inclusive jueces de quienes viven sin ellos.

De modo que no solo a través de ese ojo que todo lo sabe de nosotros, o de la manera en cambiar la información y la historia que nos cuentan. Sino que la realidad nos ha llevado otra vez a un punto de ficción cotidiana que ni Orwell hubiese podido advertir, siendo esta una soga que la sociedad se pone al cuello.

Hemos perdido la esencia sobre aquello que debería ser objeto de nuestro aprecio. Hemos atendido a la necesidad desechable. Entre más nos ha permitido la tecnología, menos interesados estamos en el porqué de cada situación que nos acontece. El trato que ahora tenemos a partir de los teléfonos inteligentes nos ha llevado a una realidad sumamente artificial.    

Y no es que sea un detractor del avance. No busco ni siquiera levantar una crítica contra esos objetos que nos permiten lidiar con labores básicas. De hecho, uso un ordenador para escribir estas líneas. El sentido, es un escalón más arriba. Nos hemos extraviado y cambiado conforme a la publicidad y deseo incrustado en nosotros, de aquellos objetos que realmente no son una necesidad primordial.

La sociedad se ha extraviado en darle valor a la parte artesanal de aquellos objetos como los vinilos o los libros. La era digital los ha matado. Jamás será un estorbo para el lector poder llevar en una tableta más de cien obras, o diez mil canciones. Pero así como desechamos y compramos  algo más avanzado; nuestra identidad se mueve con esa velocidad.

Socialmente no se encuentra un apego en nada o a nadie, porque  en el mismo Smartphone podemos conversar con cien personas estando realmente ausente de en esencia de dicha plática. Y somos totalmente observados y conocidos por esa gente de los grandes monopolios. Hoy incluso parece que a través de los micrófonos de aplicaciones para la búsqueda de información. Nos escuchan para saber qué es lo próximo que anhelamos tener.

Y así, cambiamos al paso que la tecnología nos permite, no siendo ya inquietados por la constante mirada de aquellos que ya no tienen más que compartir la información que nosotros damos de mutuo acuerdo. Es sin duda una de las épocas en que más cosas podemos acumular, pero más vacios llegamos a estar.


Si la facilidad para observar está al alcance, ya no de una cámara; sino de esta especie de  híbrido tecnológico. De esas pequeñas computadoras que caben en el bolsillo, que incluso (como también auguró Orwell) han modificado el uso del lenguaje. Nos resulta tan poco apremiante, no podemos sino creer que pasados un par de años más, seremos una especie de producto de cambio.

Nos enfrentamos a una sociedad donde cada segundo somos algo distinto; que alguien más dice que debemos ser. El profeta social nos lo dijo hace setenta y un años. De haber visto él nuestra condición actual, nunca habría escrito solo de la posibilidad de quien todo lo ve.

-Montolivo Llosa.

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