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LETRAS A CUATRO PATAS

En los albores de la humanidad; un lobo hambriento, exiliado de su manada, se acercó a un asentamiento humano atraído por el olor de la comida. Recibiría golpes y gritos hasta que alguien se conmoviera con su sufrimiento lo suficiente para arrojarle un poco de su comida.

Otras bestias, con más fuerzas, se acercarían dispuestas a reclamar el botín a cualquier precio. Pero ahora el hombre tenía un nuevo aliado, que bien sea por instinto o autentica gratitud, defendería su fuente de alimento. Así nacía una de las relaciones más largas y fructíferas del reino animal.

Después de millones de años, aquellos lobos y chacales pasaron a convertirse en los llamados mejores amigos del hombre; los perros que hoy en día pueblan nuestras casas y, lamentablemente, calles. Gracias a su instinto de manada nos prodigan un afecto casi ciego, inevitable es que se hallan colado en las creaciones humanas, incluida la literatura.

En sus primeras apariciones sobre el papel tenemos a los caninos en su clásico rol de guardián y compañero fiel. Basta recordar al temible Cerbero, perro que custodia la entrada al Hades en los mitos griegos. O, continuando en Grecia, al considerado primer perro de la literatura: Argos, fiel perro de Ulises y el único que reconoce a su amo al regreso de este, muriendo una vez cumplida su tarea y tras aguantar los maltratos de los muchos pretendientes apostados en el palacio.



Si de canes hablamos, quizá el titulo de más influyente en la literatura le corresponda al cocker spaniel Flush, reconocido por ser la mascota y compañero de la poetisa Elizabeth Barret Browning, quién padecía una enfermedad que le causaba severos dolores de cabeza y espalda junto con disminución de la movilidad. Su condición la obligaba a pasar largos periodos sin salir de su hogar, por lo que desarrolló una gran relación con Flush, llegando a tratar de enseñarle a practicar juegos de mesa para pasar el rato.

El cocker quizá no habría trascendido más allá de la curiosa anécdota de la mascota de un escritor, pero en 1913 Virginia Woolf publica Flush, que viene a ser una biografía del perro y también una biografía parcial de su ama. Nos encontramos ante el clásico de ver el mundo desde los ojos de un canino, aunque Woolf lo hace tan bien que el can está humanizado lo mínimo requerido para que la trama fluya. Realmente parece un auténtico canino.

En el lado contrario encontramos animales que más parecen un disfraz, un amigo me confesó una vez que esto le resulta repugnante, pero que aún así lograron trascender y ser quizás los perros de ficción más famosos en las letras. Me refiero por supuesto al perro pastor Buck, protagonista de La llamada la selva, y al lobo domesticado Colmillo Blanco, ambas obras de Jack London.

Siendo Buck el primero en debutar en las páginas, es secuestrado y vendido para trabajar jalando trineos en Alaska. El maltrato que recibe durante su adiestramiento termina por despertar los instintos de sus antepasados, y aunque se muestra amoroso con su dueño final John Thorton, termina por unirse a una manada de lobos cuando éste es asesinado por los nativos.

Inspirado por su primera historia, London escribe Colmillo Blanco, a manera de contraparte, contando como un lobo que odia a los humanos y los perros, estos últimos por su devoción hacia el hombre. Es domesticado a base de paciencia y cariño. Ambas obras exploran el tema de la moral, pero su principal objetivo es mostrar que el mundo de los animales y los humanos son igualmente violentos y salvajes.

A fin de cuentas, quizá el humanizar a un animal sólo sirva como un disfraz más para dar rienda suelta a nuestro pensamiento sin temer a la censura. ¿Quién se tomaría en serio un texto cuyo protagonista es un perro? Así tenemos desde las disertaciones casi filosóficas de El coloquio de los perros de Cervantes o Investigaciones de un perro de Kafka, hasta la más que recomendable Indiscreciones de un perro gringo del puertorriqueño Luis Rafael Sánchez, donde un grupo de científicos prepara al perro presidencial para que declare en el escándalo de Bill Clinton y Monica Lewinsky.



Historias de perros hay para todos los gustos y colores, desde las fábulas de Esopo, pasando por meras dedicatorias que hacen autores a sus amigos caninos como el caso de Señor y perro de Thomas Mann o cosas tan disparatadas como la reciente novela negra de Pérez Reverte Los perros duros no bailan. Mientras el hombre y el perro continúen su fructífera relación, siempre se encontrarán huellas caninas entre los trazos de la pluma.

-El colgado de las letras.

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