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LLEGÓ DEL ESPACIO

Muchos son de la opinión de que no se puede considerar ciencia ficción aquello que no está basado en hechos científicos, curiosamente estos mismos llegan a denostar la obra de un hombre que tenía por regla no tratar ficción que no pudiera sustentar con hechos reales. Hablamos del conocido como padre del techno-thriller: Michael Crichton.

Nacido en 1942, Crichton es ampliamente conocido por ser autor de la novela Parque Jurásico que serviría de base para una de las grandes sagas de la cinematografía. Siendo un hombre multifacético, no se limitaría al terreno de las letras y también encontraría el éxito como director de películas y guionista de televisión. Como anécdota curiosa; Crichton es el único que ha tenido, al mismo tiempo, el libro más vendido (El mundo perdido), la película más taquillera (Congo) y el programa de televisión número uno (E.R.).

Pero el motivo de este artículo no es hablar sobre este autor, sino explorar una de sus desconocidas obras y que mejor retrata el rigor científico que ponía en su trabajo. En 1969, y ya con varias publicaciones destacadas con varios pseudónimos, Michael publica su primera novela bajo su nombre real: La amenaza de Andrómeda.



No vienen en paz

En plena amenaza nuclear, el entonces estudiante de medicina se atreve a publicar una novela que ponía en primer plano las amenazas biológicas. Los científicos coinciden en que nuestro primer contacto con vida extraterrestre probablemente sea con microorganismos. Bajo esta idea, en la novela, los doctores Jeremy Stone y Peter Leavitt consiguen la autorización del gobierno estadounidense para montar el Proyecto Wildfire.

La idea de dicho proyecto es reunir un equipo de científicos que puedan ocuparse de una contaminación causada por algún patógeno extraterrestre que pudiera ingresar al planeta. Así como, de ser necesario, encontrar una cura contra cualquier enfermedad que éste produzca.

Como no podía ser de otra manera, dos años después un satélite es obligado a salirse de su órbita, cayendo en el pequeño pueblo de Piedmont, Arizona. Tras perder contacto con el equipo de recuperación, una segunda brigada descubre que los habitantes del pueblo, con excepción de un anciano y un niño de pecho, y el primer equipo están muertos.

El Wildfire se activa y en cuestión de horas un grupo de cuatro científicos es trasladado a una base subterránea donde ya los esperan los restos del satélite y los dos supervivientes. Comienza entonces una carrera contra el tiempo, cargada de desperfectos técnicos, omisiones incidentales y descuidos, pero qué sería de la historia si no complicamos las cosas.



La virtud de Crichton es que cada descripción, procedimiento y experimento están debidamente documentados y comprobados. Basta ver las últimas páginas del libro, donde aparecen los textos que se usaron como referencia en cada capítulo. Además de lo que esto supone en términos de credibilidad, refuerza mucho el estilo del texto, que está narrado como si se tratara de un informe clasificado de la inteligencia del país anglosajón.

Por otro lado, se hace patente el problema que perseguiría al autor durante toda su carrera, que en su afán por explicar las acciones en términos científicos, deja en segundo plano el desarrollo de los personajes. El pragmatismo casi robótico de los científicos no ayuda en la creación de la atmósfera de urgencia que la narración necesitaría, de no ser por los sucesos de la superficie nos pensaríamos que estamos viendo la rutina de cualquier laboratorio.

También prepara un terreno fértil para la confrontación, pero lo deja sin sembrar. El cuarto miembro del equipo, doctor Mark Hall, es reclutado por petición expresa del gobierno, pues creen ciegamente en la teoría del hombre impar. Tal teoría afirma que los hombres solteros están mejor capacitados para tomar decisiones de vida o muerte en casos extremos. Hall, por lo tanto, es el único que puede desactivar el reactor nuclear que volará todas las instalaciones en caso de detectar una contaminación.

Aunque comúnmente se menciona que Stone está disgustado por haber tenido que incluir a Hall, ésto jamás se hace patente en sus actitudes y su trato profesional erosiona cualquier oportunidad de confrontación que habría dado un plus a la historia.

Por fortuna Crichton es lo bastante hábil para dejar estos personajes planos como un mal menor y consigue una obra que bien puede emplearse como ciencia ficción pura; además de una crítica contra una nación que se erguía como gran mecenas de la ciencia en aquella época y que se creía inmune a crisis biológicas.

Son tantos los errores cometidos por el grupo que al final la salvación de la humanidad llega por pura suerte, pues el virus muta tan rápidamente que se vuelve benigno antes de entrar en contacto con los grandes núcleos de población.

Adaptado para cine en 1971 y como miniserie televisiva en 2008, La amenaza de Andrómeda es una lectura obligada para todos aquellos que disfrutan de la ciencia ficción más pura y una obra más que recomendable para el resto de lectores. Bien valdría la pena hacerse con un ejemplar.

-El colgado de las letras.

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