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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #10


Amigos de La pasta dura, hemos llegado a la décima edición de nuestra sección ¡Simplemente las invento! y para celebrarlo, metimos a El colgado de las letras en nuestro improvisado laboratorio secreto a fin de que hiciera un nuevo sabor de helado. Por desgracia el plan falló y lo que creó fue esta tétrica historia que les compartimos.

No está de más recordarles que nuestro concurso de poesía, cuyos participantes aparecerán en esta sección, sigue abierto; toda la información en este enlace.



NACIERON DE LA TIERRA

Tenía dos horas para encontrar al menos uno, ciento veinte minutos antes de que el ejército borrara el pueblo del mapa. No había vida en las calles, la única luz emanaba de la linterna que sostenía.

Debía caminar despacio, con cuidado de no pisar los restos del viscoso y resbaladizo líquido amarillo que, de forma aleatoria, impregnaba el suelo. Los edificios también lo tenían encima; pero este no había conservado sus propiedades acuosas. De una apariencia similar al color ámbar, con una dureza equiparable al diamante, había convertido los rústicos edificios de madera en monumentos forjados por la mano de un arquitecto demente. Columnas y pinchos, sobresalían, de las construcciones bulbosas, dándoles el aspecto de un erizo amarillento e hinchado.

Además de repulsivos, sus extravagantes formas agitaban la imaginación de las personas más sensibles, llevándolas al punto del desmayo o, en contados y horribles casos, la locura. La luz de la luna les confería un brillo fantasmagórico que helaba la sangre, por suerte la noche estaba nublada. Pero tal horripilancia no podía compararse con las criaturas que los construyeron.

Nacieron de la tierra; al menos eso decían los granjeros de las afueras que dieron la voz de alarma. Con las lluvias cerca debían preparar los campos, fue cuando los vieron; gruesos gusanos retorciéndose, en busca de abandonar su morada subterránea. Temiendo una plaga, varios de los granjeros se atrevieron a tirar de las criaturas para desenterrarlas.

Los gritos se combinaron en uno solo, estremeciendo los cristales de todo el pueblo. Sólo Manu, un corpulento granjero de mediana edad, tuvo la fuerza suficiente para llegar hasta la puerta de su hogar antes de desplomarse. Para cuando el doctor llegó, la alarma por la ausencia de los demás hombres había saltado. Los hijos mayores fueron enviados en busca de su padre, pero ninguno regresó.

Manu volvió en sí minutos antes de que arribara la policía, gritando que unas cosas espantosas, mitad gusano mitad serpiente, se habían apoderado de los campos. No tenían ojos, ni boca, su piel viscosa e infecta, con manchones amarillos y marrones carentes de todo patrón o coherencia. Tras esta declaración, convulsionó y volvió a perder la conciencia.

Los agentes se acercaron a los campos, cuatro policías entrenados y armados. Sólo se escuchó un disparo y un único policía retornó, avanzando a gatas, temblando de pies a cabeza y al borde del delirio. Confirmó la historia de Manu, añadió que tenían un pincho largo en uno de sus extremos y expulsaban una baba amarilla con la cual cubrían a los hombres desmayados.

—¡Tenemos que irnos! — gritó —  ¡Vienen para acá!

Y llegaron, antes de la caída del sol, se presentaron ante las mujeres y los niños en toda su horripilancia. Nadie vivió para contar cómo la muerte y la locura se apoderaron de las granjas. Gente se envolvió en llamas para escapar de la visión de los monstruos, madres mataron a sus hijos para evitarles el horror de ser devorados. Al final todo fue engullido por la baba de los monstruos.
Entraron al pueblo cerca del medio día, provocando otra oleada de caos. Esta vez hubo gente lo bastante fuerte para escapar, pero todos muy cerca de la locura.

—¡Son las manchas! —diría uno— ¡Esas malditas se mueven y te hacen ver las escenas del infierno!

La burla y el escepticismo del resto del mundo se disipó después de que el primer batallón de soldados entrara. Del pueblo únicamente salieron los videos captados por los militares, videos que se transmitieron a nivel nacional, y si bien no ejercían un efecto tan devastador como el ver a las criaturas en vivo, todos quienes los vieron en la pantalla sufrieron horrendas pesadillas por al menos un mes.

Ahora nada más faltaba una hora para que el pueblo se convirtiera en un cráter humeante, pero los científicos querían un ejemplar vivo asegurando que encontrarían la manera de estudiarlo. Pero nadie que los viera en vivo conservó su salud mental, la mayoría ni siquiera pudo salir del pueblo.

Él no era militar ni un hombre especialmente fuerte, de hecho sólo sus colegas sabían que estaba en el área restringida a tan pocas horas del bombardeo. El afán científico los hizo concebir el plan. El azar de necesitar gafas lo llevó a ser el escogido.  La idea era que su mala visión difuminaría las manchas lo suficiente para que pudiera capturar un ejemplar.

Pero no había ninguno a la vista ¿estarían todos dentro de los tenebrosos edificios? En ese caso su tarea resultaba imposible, pues no disponía de ninguna herramienta que pudiera hacer mella en el material. El reloj informó que restaban cuarenta y cinco minutos, si no encontraba nada en quince minutos debía volver, media hora era apenas suficiente para salir del radio de la explosión.

Caminó por diez minutos más antes de escucharlo, un sonido chirriante y acuoso que anunciaba la proximidad de una criatura. Entre la bruma de sus ojos pudo localizar la forma regordeta y alargada. Se acercó sin cuidado y estuvo a punto de parar en el suelo tras resbalar con la baba.

Llegó hasta la criatura sin mayores complicaciones, le quedaban veinticinco minutos; tendría que meterla en el saco de un solo movimiento y salir corriendo. Confiaba en que su memoria muscular le ayudaría a esquivar la mayoría del líquido. Las manchas no eran tan difusas desde una distancia corta, empezaban a formarse alucinaciones ante sus ojos, los cerró y trató de atrapar a su presa.

La criatura se percató a tiempo de sus intenciones y logró clavar su pincho. El hombre de ciencia sintió una aguda descarga de dolor, luego quedó paralizado y a su cerebro llegó la horrible verdad. Supo que las criaturas ya habían emergido antes, obligando a los Aztecas a dejar su lugar de origen para escapar de ellas. Supo que no era su intención causar ningún mal, que habían sido empujadas a la superficie en un intento por escapar de los horrores de las profundidades, los mismos que se grababan en su piel.

Vio seres más horrendos y despiadados, criaturas enteramente malignas que torturaban los cuerpos y las almas de los demás seres por pura diversión. Supo que estaban debajo del pueblo en ese momento, pero que no podían emerger por su propia voluntad. Y, al final, escuchó la alarma de su reloj y el caer de las bombas que habrían de liberarlos.

-El colgado de las letras.

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