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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #11


Bienvenidos a la nueva edición de ¡Simplemente las invento!, el espacio dedicado a la creación literaria. Esta vez Montolivo Llosa nos ofrece el relato de una femme fatale.

Les recordamos que el plazo de recepción de trabajos para nuestro concurso de poesía está próximo a cerrarse ¡no pierdan la oportunidad de ver su obra en esta sección! Para más información visiten este enlace.



ÉXTASIS

Se detiene frente al espejo, siempre cuidando que la elegancia le adorne el rostro. Sus manos gélidas recorren la comisura de su boca, deteniéndose a contemplar con inquieta mirada el blanco de sus labios. Da unos pasos hacia el armario y se sueña de gala. Arroja sobre la cama el total de vestidos y opta por el más ceñido. Vuelta en sus mismos pasos hacia el espejo se pierde imaginando la caída de la seda sobre los pliegues de su cuerpo, con una mueca altanera reconoce nunca haber sido una de aquellas sonrisas fáciles. Desnuda como el tiempo, recorre su habitación; erguida, con el ceño lleno de orgullo al verse con un cuerpo tan firme a pesar del compendio de historias y compañías. Sentada sobre un elegante diván se frota las piernas que conservan la línea de la juventud y su placer. Con las manos llenas de un aceite almendrado termina la operación y dirige su persona hacía el espacio inferior de su tocador, una puerta a la izquierda esboza una colección de zapatos. «Serán los rojos» masculla.

Esta vez el carmín para sus labios le provoca un cosquilleo que recorre el resto de su cuerpo y le ruboriza el rostro. A pesar de ello nota que en su corazón ya no hay rastro de la emoción que conlleva una cita. Por fin, acaba de vestirse y el perfume de lavandas cierra el proceso. Al continuo taconeo de sus pasos repasa la lluvia de imágenes que está segura sucederán, mientras sus pasos asoman al gris de la ciudad. El lúgubre sendero se llena de opciones para virar «A dónde me esperan sin prisas, ahí debo ir». Habla consigo, mientras la lluvia comienza a besar el asfalto que se brinda ante la humedad en pocos minutos.

Para Servando la tarde ha transcurrido como tantas, con un sinfín de papeles sobre la mesa de su escritorio, [o al menos del que le gustaría tener]. «¡Tal vez algún día, Servando! Solo debes hacer un par de negociaciones más y estarás empotrado en el piso 27 de la torre más alta de esta ciudad» espeta en voz casi audible. Al tiempo entra un joven vestido con elegancia. La chaqueta tweed le hace ver más viejo de lo que en realidad es, mientras que deja el portafolio (siempre ha creído que usarlo le da cierta elegancia y poder) sobre la silla de cuero. Observa como si fuese mudo a Servando. El chico coge los papeles y se retira cabizbajo y sin mencionar que hace unos minutos una mujer muy atractiva ha visitado su oficina.

— ¿Puedes informarme si surgió algún pendiente durante mi ausencia? —Suena la voz de Horacio en el intercomunicador.

Mientras Servando va terminando de depositar los papeles en su cubículo, se lustra los zapatos con las manos y acomoda el saco, esparce sobre su boca un spray de menta que le refresca el aliento y servil; con una sonrisa mustia toca concienzudamente y asoma la cabeza a la oficina de su jefe.

‒Ha venido una mujer, no quiso dejar algún recado. Si me permite, me pareció bastante extraña, más del tipo de aquellas mujeres que vienen acompañando a sus amantes a reuniones. Vestía elegante de negro con zapatos rojos. A mi parecer muy sospechosa.

Horacio tiene que interrumpir con la mano al joven y pedirle que salga. Inquieto, puesto que no tenía esperado recibir a nadie esa tarde, mucho menos a una mujer, deambula por la oficina y fija su mirada en la avenida que se erige a través de una de las grandes ventanas. En situaciones de tensión pasa ratos como hipnotizado ante la libertad con la que (piensa para sus adentros) camina la gente. Siempre ha encontrado misteriosa la seguridad con la que cada uno de los transeúntes define sus pasos. Para él es más que complicado darle un sentido, a pesar de su éxito, al total de senderos por los cuales transitar.


Irritado, con una mueca déspota, el chico oficinista mira al piso y enarbola cada insulto conocido en su existencia. Se sienta hastiado de su vida y empieza a teclear en su ordenador el sinfín de palabras malsonantes que recuerda. Con tremendo enfado no ha notado que la hora de salida ha quedado atrás hace ya dos horas, sin duda su fanatismo por ascender le ha llevado a una explotación digna de los titulares más sensacionalistas. Suspira un poco más tranquilo y divisa la soledad del lugar. Empieza por apagar el ordenador y va a buscar el café que hace una hora dejó encima de la barra en la cocina de su piso, justo cuando el taconeo acompasado le llamo la atención. Normalmente el silencio, a esas horas, es habitual, sin embargo, la noche escupe un frio relente que le ha erizado la piel. El café, contrario a lo que pensaría sigue caliente, esboza una sonrisita y camino ya a la salida observa una pequeña luz en la oficina de su jefe.

Mientras Horacio rememoraba los pasos de la multitud de afuera, el tiempo corrió como bandido que huye del oficial. Solo pudo sacarle del pasmo el taconeo rítmico que el eco del suelo le hizo resonar hasta lo más profundo de su ser. Al divisar la elegante y sensual figura, una erección le precipitó a encorvarse un poco. Algo sonrojado y muy encantado con la vista que le regalaba la sensual mujer, se apeó un poco y avanzo elegantemente hasta coger la mano de la mujer.

—Buena noche. ¿Nos conocemos? — Habló lo más caballerosidad posible, acto seguido comenzó a jugar casi descuidadamente con la mano de la dama.


—Ya lo creo Señor Villavicencio. Me gustaría charlar con usted, si no tiene nuevamente algún tipo de reunión.  — Dijo la dama, soltando coquetamente la mano del hombre y sentándose en su silla de cuero.

Sin duda una oferta así, tal como lo percibió el exitoso empresario, no se puede rechazar. Con la frente en alto y una mirada muy condescendiente se puso frente a ella y empezando una conversación trivial y ufana que lo llevó hasta la media noche, continuó lo que parecía ser una eterna velada.

Del otro lado de la oficina, intrigado por el frío de la noche, se atrevió a ver por qué seguía su jefe en aquel sitio laboral. Entre más pasos daba hacía el lugar, un frío intenso le iba helando más que el cuerpo. Se detuvo un momento ante la puerta. Su hipótesis primera fue que, ante la demanda de tiempo de aquel día, se había tumbado sobre la cómoda silla y quedándose dormido, sería su labor hacerle volver a la realidad y despacharlo a casa.

Sin pensar en ello, antes de coger el pestillo de la puerta, su cuerpo estaba totalmente erizado. Tuvo la intención de volver, pero la mano ya giraba la cerradura cuando sus pasos quisieron hacer el intento contrario. Sobre la silla estaba sentado él, con ella encima a manera de estar librando la más de las épicas batallas pasionales. Al momento no sintió sino un celo aún más intenso que la felicidad más pura y apresuró el paso decidido a interrumpir el éxito continuo de Horacio. Al voltear, entre dientes y con sensualidad desbordante murmuró la dama blanca «Tú otra vez, recuerda mi nombre, soy Ágata».

Ante la belleza de aquella mujer, Servando colapso en pasión. Ella a su vez, le cogió con la potestad de quien se sabe dueño del tiempo y sus despedidas. Comenzó besándole con esa furia del viento susurrando su amor al mundo. Terminó en éxtasis, satisfecha, sonriendo de placer.

Se acomodó el vestido mientras al compás del taconeo; Servando, en un rictus de excitación, dejó de existir. Horacio, trémulo, esperaba sin prisa, la nueva visita de aquella mujer.

-Montolivo Llosa.

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