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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #12

Y llegamos a la docena de textos compartidos en está, su sección ¡Simplemente las invento! Hoy traemos una historia emotiva, y un poco desagradable, obra de la pluma de Silverio Rodama.

Les recuerdo que se agota el tiempo para que sus trabajos aparezcan en esta sección como parte de nuestro concurso de poesía, toda la información en este enlace.



CUANDO EL OLVIDO NOS DEVORE

La humedad de sus tentáculos recorrió mi rostro, era de madrugada, su mirada penetró más allá de mis propios sueños. Ése fue el segundo encuentro.

El primero fue el día que descubrí su gestación. Había decidido dejar de beber. Mi novia se avergonzaba del chiquero que era mi departamento y mi cuerpo. Ella llegó esa mañana, me miró, la envidié. Yo no era capaz de encontrar mi reflejo en el espejo, dijo algo, no recuerdo qué o cómo lo hizo, pero al azotar la puerta y al no verla durante seis meses entendí.

Entonces recogí todo, las botellas del suelo, el polvo que parecía loseta, la ropa volvió al perchero, los libros a las maderas.

Abrí el refrigerador, sólo encontré tres latas de cerveza y en el congelador una botella de cerveza con la corcholata levantada, y aún con medio litro. Las latas terminaron en la bolsa para la basura, el casco no pude tirarlo. Se quedó una noche de hace tres meses, estuve con alguno de mis amigos hablando de lo que jamás llegaba: una historia, una forma poética que fuera capaz de mostrar que todo valía la pena, de los libros que se suponen comprendidos; de las canciones que se critican y se envidian, de toda la creación a los que algunos estamos vetados. Al tenerla en mis manos la sentí diferente, el cristal había adoptado una suavidad que envidiaría cualquier plástico para muñeca; más allá de comunidades bacteriológicas comunes, la opacidad del vidrio dejaba ver fibras que formaban tejidos, éstos formaban pequeñas extremidades, pero sobre todo en un giro exploratorio de aquel recipiente descubrí un ojo que ocupaba una cuarta parte del envase. Nuestro parpadeo fue al mismo tiempo en que en mí se despertó la curiosidad y, por qué no, el miedo. Volví a colocarlo dentro del refrigerador con muchas respuestas sin preguntas o viceversa, y seguí con la limpieza. Ése fue el primer encuentro.

Los días pasaron, después de la oficina, y con el trabajo a cuestas de rehacer mi vida me entregaba a la lectura de los libros del apartamento, a la contemplación de mi propia naturaleza, al escape de la rutina con cine comercial o independiente. Iba a la cama temprano, hacía ejercicio, la soledad era leal; hablaba con sabiduría y yo escuchaba con atención; me alimentaba con responsabilidad y soñaba con lo que soñamos la mayoría: que los buenos recuerdos vuelvan a ser tangibles. A veces tardaba demasiado en conciliar el sueño, y en aquellas noches el silencio me descubría un pequeño ruido de cristal rompiéndose. Como un cascaron, constante y disciplinadamente, la vida del nuevo inquilino se abría paso en esta realidad, o por lo menos en la mía.

Aquel sonido dejó de romper el silencio de las noches, una mañana encontré pedazos de cristal fuera de la nevera, al levantarlos del piso descubrí algunos con sangre otros con una especie de plasma viscosa, grandes y pequeños. Pero la nevera cerrada; por prisa o por cobardía no abría la puerta del aparato, siquiera para recuperar los alimentos que se conservaban dentro. El ambiente del apartamento estaba embriagado de mi curiosidad, llegaba del trabajo con la esperanza de encontrarlo fuera, de mirar al ser que se había gestado por una irresponsabilidad mía o por una divina casualidad; pero jamás ocurría, no había algo que me indicara que había alguien más compartiendo mi espacio. Por las noches escuchaba los plásticos del refrigerador separarse, la luz del aparato interrumpía mi descanso, apenas unos pasos como de roedor llegaban a mis oídos; pero no cruzaban el umbral de mi habitación. Hasta el día que sentí su cuerpo sobre mi rostro.

Él salió de la habitación, yo salí corriendo detrás. No se refugió en su lugar habitual, yo a cada paso encendía las luces del apartamento, hasta llegar a la tercera pieza: la biblioteca. Entonces el segundo encuentro se convirtió en el tercero. Un gran ojo fijó su mirada en los míos, sus tentáculos: dos sostenían su cuerpo, otros dos parecían querer protegerlo y el quinto parecía inerte.

Desde aquella mañana yo procuraba dejar algo de comida en un recipiente, y en otro agua. Por las tardes observaba si mi pequeño inquilino se alimentaba, el abastecimiento de agua no podía faltar. La Criatura andaba en libertad por la casa, los rastros de baba que dejaba sobre los muebles, y sobre todo, sobre los libros me aseguraban que seguía con vida. Cambié el cine, y las caminatas, por sentarme frente a la computadora e intentar leer o escribir una historia, a penas a tres metros de distancia del refrigerador. Poco a poco la puerta del aparato fue cediendo; su ojo asomaba por la abertura de la puerta, sus tentáculos, con los días, se acercaban a mí, hasta llegar a estar postrados en una silla a mi diestra. No hubo palabras, sólo la contemplación. Él con su gran ojo no perdiendo detalle de mis lecturas y de mis burdos intentos por escribir; yo contemplándolo, de reojo. Había noches en que no salía de su fría habitación, pero dejaba la puerta abierta, tomaba un libro entre sus tentáculos y a la luz del aparato lo hojeaba.

Una tarde descubrí húmedo y viscoso el teclado de la computadora. Al explorar entre los archivos encontré uno que no había sido creado por mí. Era un cuento extraordinario: trataba de un dios que no sabía comunicarse con sus criaturas, que sólo podía hacerlo a través de símbolos formados por círculos. Tenía una perfecta estructura, sus personajes hablaban con sus acciones dándoles una perfecta psicología, la trama tenía giros y el final era sorprendente. La rabia se apoderó de mí, el odio estuvo a punto de orillarme a beber alcohol, golpee la puerta del refrigerador como se agrede a un mal amigo. Lloré de impotencia hasta el cansancio. Por la mañana, me avergoncé de mi reflejo. Levanté el desorden que generó mi impotencia. Revisé de nuevo el cuento; lo imprimí, para encontrar pequeños errores de ortografía. Mi odio se incrementaba, cada lectura me descubría su perfección. Entonces la maldita idea entró en mi cabeza, busqué alguna convocatoria donde el cuento pudiera participar. Sin duda ni remordimiento lo envíe con mi nombre.

Cada día que pasaba era un consuelo saber que ése trabajo literario carecía de lo suficiente para ser ganador. De nuevo, la puerta de mi Criatura se abría poco a poco, sus pasos intentaban un acercamiento conmigo, hasta que la rutina recupero la calma.

Una tarde un telegrama, apareció debajo de la puerta; la respuesta temida había llegado, el anuncio se dio a los periódicos y la ceremonia de premiación se transmitió en red nacional.

Un par de semanas después, aquella mujer que juró no volver apareció en la puerta de mi apartamento. Contempló la limpieza y se entregó al aroma a desinfectante que reinaba en el ambiente. Lágrimas brotaron de sus ojos, mi arrepentimiento no salió de mí, salió de las palabras de su boca; su cuerpo estaba dispuesto a entregarse como la ofrenda de un pasado que debe recobrar su sitio en la historia. Mi debilidad lo aceptó. A la semana los planes de vivir juntos eran una charla cotidiana. Al mes tres compartíamos el mismo techo.

Las cuentas se incrementaron a zancadas, el dinero del premio apenas logró mantenernos un estándar de buen despilfarro por seis meses. Ella no se preocupaba, estaba segura de que escribiría una nueva historia, que no me conformaría con un simple cuento, que la hora de entregar al mundo las novelas que habitaban en mi cabeza había llegado. Incluso sugirió que me entregara a jornadas de ocho horas para poder escribir, hasta el grado de renunciar a mi empleo para entregarme al teclado y a la inspiración.

Ignoro el por qué durante todo ese tiempo mi refrigerador permaneció cerrado. Debo suponer por todo el tiempo que comimos en restaurantes y por mi firme promesa de no volver a ingerir alcohol. Durante todo ese tiempo la pequeña Criatura permaneció en una timidez absoluta; a veces, cuando se percataba de que mi novia dormía, y yo continuaba frente al monitor asomaba aquel, tierno ojo por unos cuantos centímetros. Una de aquellas ocasiones, como un dócil amante, abrió unos centímetros la puerta del refrigerador. Me entregó un papel escrito con sus propios tentáculos.

Ahora era un poema, de métrica forzada, pero de imágenes descomunales que eran una caricia para los sentidos, su tema era simple: la soledad.

Al leerlo la desesperación se apoderó de mí, caminé por el apartamento. Encendí y apagué el radio. Salí a dar vueltas por la calle en busca de una idea, aunque solo fuese una minúscula. Al regresar me encontraba de nuevo ante la tortura del monitor en blanco. Las lágrimas no brotaron por mis ojos, pero un sudor frío escurría por mí rostro. Y mi corazón quería salirse de su lugar. Hasta que el cansancio y la desesperación me sentenciaron a dormir.

Por la mañana, las manos de la mujer que compartía nuestra morada me despertaron, al levantarme, ella tomó el pedazo de papel con las marcas de la humedad de su creador y de mi sudor impotente y, por qué negarlo, de mi saliva nocturna. Lo leyó con toda atención; en su rostro se marcó un dejo de tristeza hasta el llanto. Me abrazó con una ternura jamás vista en ella. Al recobrar la calma me miró y me besó con la pasión del reencuentro; y dijo “Escribe así con toda la pasión que me tienes, ahora sé cuánto me extrañabas y también descubro que serás un gran poeta. ¡Vamos, vamos! Te dejaré en paz para que escribas así”
Ella salió de casa, argumentando que un artista debía alimentarse sanamente y más allá que darse lujos necesitaba una buena musa que le alimentara, el espíritu y también el cuerpo. Mi turbación y cansancio no dejaban de hacer estragos en mi naturaleza; solo tuve fuerzas para llegar al dormitorio.

No hubo un sueño que lograra evadirme de la realidad, las tinieblas también se habían apoderado de aquello. Un gritó me apartó del letargo, la voz femenina me decía que pasaba algo. Después un silencio. Para terminar con más gritos y golpes de escoba comenzaron a escucharse. En cuanto pude, y como, pude me levanté. La descubrí dando inmisericordes golpes al habitante de la nevera, mi despertar fue demasiado tarde al llegar al lado de la mujer, la escoba descansaba con dolo sobre el pequeño ojo, ahora rojizo. La alejé, no recuerdo si con rabia o algo más, pero sí recuerdo, tuve miedo. Ella me miró extrañada y con asco. Levanté a mi pequeño amigo, sus tentáculos se abrazaron a mis brazos; un líquido, menos espeso que el habitual, brotó de su ojo. Lo llevé hasta la habitación y lo coloqué, procurando no lastimarlo más, sobre la cama. Ella no paraba de recriminarme la porquería que era colocarlo sobre nuestro lecho. La miré de frente, lo peor de mirar al ser amado es no encontrarse en su mirada. No había razón para quedarme. Crucé la puerta con mi amigo en brazos, sin mirar atrás. Tiempo después volví al apartamento, quedaban algunas cosas, sobre todo el refrigerador. Una carta, que no fue abierta, sobre el teclado de la computadora. Mis días poco a poco recobraron la calma. Ahora mi amigo no puede moverse, poco a poco ha dejado de andar por la casa o leer los libros que ella no se llevó. Lo miró a la espera de tener que cerrarle su ojo, y mientras eso pasa le escribo esto, para evitar que el olvido nos devore por completo.

-Silverio Rodama.

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