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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #6


Bienvenidos fieles lectores de La pasta dura, nuevamente nos encontramos en esta sección dedicada a compartir cuentos y demás textos literarios. En esta ocasión les traemos la conclusión de la breve trilogía El informante, de nuestro colaborador Montolivo Llosa.

Si te perdiste las partes anteriores aquí abajo encontraras los enlaces correspondientes. Hasta luego y feliz lectura.





III
Aunque no estaba totalmente seguro de revelarse a alguien, pues tenía cierto recelo en ser aceptado por aquella generación que hubo crecido sin apego a nada. Empezó su búsqueda. Tranquilamente seguía realizando sus labores. Aunque el nuevo dirigente del departamento de seguridad, el ingeniero Urrutia; hacía hasta lo imposible para limitar sus observaciones, Rozop se mantenía firme en su primera encomienda. Sabía que una vez encontrado el personaje. Debería mostrarle la posibilidad de nuevas y mejores tierras. También entendía la necesidad de darle a conocer que en cada persona había una bomba por corazón, llena de la más mortífera capacidad de extinguir a la raza humana. Con lo cual no podría sino dar a través del aniquilamiento de algunos, esa quimera para alcanzar una sociedad un poco menos inestable. Su primer trabajo sería destituir al ufano ingeniero que hacía de monarca en cada uno de los quince países. Para luego tomar solo alguna parte que entendiera mejor el sentido común y la necesidad de vivir por encima de su búsqueda de satisfacción.

30 de Marzo

A poco de buscar en la región, encontré a un muchacho tranquilo y algo soñador. Siempre lleva en el brazo un par de libros. Para su edad es muy peculiar que opte por aquella forma artesanal de crearlos.
A partir de la prohibición de dichos ejemplares. La cual no fue en forma autoritaria. Sino que al cerrar el noventa por ciento de las imprentas dedicadas a la reimpresión de las diferentes obras que otrora fueran de base para la sociedad. Su costo se elevó y las personas comenzaron a preferir cacharros digitales donde solo encontraban resúmenes apócrifos de todo, según lo que Urrutia decidiera que ayudaba al mejoramiento de su utopía. Para ellos, que no carecen de comodidad. El pensamiento les ha cobrado factura, llevándoles a una decadencia que ni las personas en las eras primitivas tuvieron. Su pasatiempo favorito se resume a encontrar nuevas sensaciones en el placer; siempre tomando como premisa el hecho de que todo lo que aumente esa delicia pasajera, será en nombre de su conservación.

No puedo dejar por alto, el espectáculo que me llevé ayer al mirar hacia el país dos. Una pandilla de hombres, pasados de la cincuentena de años. Vapuleaban a un grupo de señoras que volvían de hacer las compras. Empezaron por atraer su atención con falsas promesas acerca de productos que mejorarían y reducirían sus labores domésticas. Llevadas hacía la parte trasera de la tienda. Donde yacía una furgoneta, un poco menos grande que un autobús escolar. Tapiada con enseres de limpieza y artefactos que parecían viejos robots. Subían a curiosear. Ahí eran amarradas, les cubrían ojos, y con la boca tapada. Eran depositadas en tambos que transportaban en otra camioneta más pequeña. Listas ya las veinticinco mujeres que cabían en el auto. Eran conducidas hacía una montaña que no quedaba a más de cinco kilómetros de allí. Una vez, listo el orden de cada tambo. Se apostaban los hombres en camastros en la parte baja de la colina. Y echaban sus envites sobre cuál sería la primera en llegar.

Su diversión no terminaba allí, pues una vez abajo. Las mujeres que se ahogaban en sus propios vómitos o fluidos. Eran recibidas con zumbidos por los cinchazos y risas estertóreas que las hacían chillar e irse dando saltitos o en desbandada. Aquellos miserables seres, se pasaban cada tarde viajando por distintas ciudades en busca de mayor espectáculo. Claro que reporté dichas actividades, pero el director de departamento dijo que no era una actitud que atentara contra el resguardo ni la funcionalidad de la sociedad.

Traté de saturar sus sistemas con mensajes a cada dependencia del GUT, pero cada día tienen mejores cortafuegos. Me han imposibilitado el poder llegar a ellos y hacer claro que su estabilidad está siendo, de nuevo, mermada por su propia naturaleza. No logro; y creo que es algo que jamás llegaré a entender; cómo pueden encontrar regocijo en verse uno superior al otro. Dominándose. Me resulta de una obviedad total, que el Director Urrutia no busca sino imponer en esa libertad su propia conciencia torcida. Es por desgracia, descendiente de aquellos grandes empresarios de Cyborgs.

No tardó en hacerse presente a Lyan. El chico que se afanaba horas en crear libros artesanales. Tenía su propia imprenta. Le causaba un placer infinito poder ir acomodando cada letra para luego ver su trabajo terminado en forma de frases. Plasmar aquello le llenaba la vida. Cierto que también de vez en cuando le gustaba ir a molestar al ganado con un par de colegas. Aventarles algunas piedras y verles correr. Incluso se atrevía a llevar esa especie de lanza delgada con la cual reían a carcajadas con cada reparo que los animales hacían al ser picados. Pero nada le apetecía más que llegar a ese límpido taller donde pasaba el total de horas que el día le regalaba. Hasta ahora solo contaba con dos ejemplares. Uno era un tomo que comprendía la obra filosófica de Sócrates.  El otro, era su favorito. Ya que estaba lleno de cuentos que su familia se había contado por generaciones, y que una vez pasada la algarabía de molestar reses, le gustaba ir a releer a lo alto de una colina. Mismo sitio donde se sentían en paz. Ahí contemplaba el bello país cinco. Era quizá, el más verde de todos, pues no podía precisar en ello, puesto que no había salido de él. Pero con las noticias a voces lo imaginaba.


«El menos industrial y frívolo». Siempre decían los ancianos.

Allí pasaba tardes enteras, claro es; cuando no estaba metido en su taller, imaginando y pensando en la posibilidad de ser algo más que simplemente un estado material.

Un día, avanzada la noche. Un chispazo en una pequeña pantalla que parecía dañada le hizo detenerse durante su regreso a casa. Se acercó a ella dudoso y con un poco de miedo. Jamás había sido un experto en cuestiones de tecnología. La miró desconcertado y leyó un mensaje muy particular.

«Lyan, hijo de Raforte. En ti yacen las esperanzas para detener el deterioro que lleve a una aniquilación pronta a tu raza».

Inmediatamente soltó una carcajada, pensando en cada una de las bromas que hasta entonces le habían gastado sus amigos. Emprendió de nuevo el camino. Al llegar a casa, solo bebió un vaso con agua. Durmió, pero jamás de manera tan inquieta.

Toda la noche sufrió de visiones o sueños extraños. En cada uno de ellos, él yacía encima del monte que visitaba para leer y divagar. Abajo un centenar de personas que le seguían con todo lo que tenían, dejando atrás, incluso a sus propias familias. Guiado él, siempre por una voz que no sabía precisar de dónde surgía. Con esto en la mente despertó empapado en sudor. Sobre su cama un resplandor que venía de los vidrios no le dejaba abrir del todo los ojos. Un mensaje llegó al móvil que había en cada casa (puesto que si de él dependiera, no tuviese nada de aquellos aparatejos). Leyó cuidadosamente una dirección que conocía. Alcanzó a vestirse y beber leche para, salir a toda velocidad hacia aquel encuentro.

«Ahora sí, no iban a seguir jugando más con él». Pensaba.

Conocía bien aquel sitio. Era un viejo centro tecnológico donde en los primeros años del nuevo mundo. El venerado Nicolás Mortech había trabajado. Le sorprendió llegar y que el sitio tan emblemático para las generaciones estuviera casi abandonado.

Entró cuidadosamente. El polvo había hecho sus estragos. Al tiempo se percataba de un extraño salón en forma circular totalmente de cristal. Entró más por curiosidad que por convencimiento. Al instante, una luz cegadora lo abrasó. Miles de imágenes iban y venían por todo el lugar. Voces y una extraña narración de todo lo sucedido desde el comienzo de los tiempos taladraron sus oídos. Su reacción natural fue cubrírselos y cerrar los ojos apretándolos con una fuerza tal, que sentía que nunca podría volver a abrirlos. De pronto todo cesó. Una dulce voz comenzó su articulación;

«Te he traído aquí, Lyan, con un propósito especial. Serás quien comience y guíe a otros como tú, a una nueva esperanza. Sé que serán pocos los que atiendan a tu llamado. Pero confía y escucha». Dijo aquella voz.

Comenzó a narrar todo lo sucedido hasta entonces, desde la reestructuración del planeta. Su misión consistía en ir por los pueblos y apartar a esas personas que no estuvieran mimetizados con la situación. Su enemigo primario sería Urrutia. A quien él haría saber cómo enfrentar. «No tiene posibilidad alguna, él no ve sino lo que sus ojos le permiten» espetó Rozop; sin embargo, mi mirada trasciende sus limitaciones. El joven temblaba y escuchaba atento. Lo primero, imprimir un tratado sobre la moral que leería a todos aquellos dispuestos a abandonar sus países. El sitio a donde les llevaría sería a la parte del mundo que hasta el GUT había terminado por olvidar. Allí comenzaría su historia. Una que de verdad resguardara al hombre de su principal enemigo: él mismo.

Salió con dudas y denuedo a invertir los años que le quedaban en resistir a esa condenación que le esperaba a ese bloque totalitario. No tardó en comenzar a imprimir sobre el papel aquellas pautas que día a día Rozop le dictaba. Sin duda, en sus manos recaía un futuro alentador. Aquel que estaba fuera del alcance de la satisfacción ufana y simplista del placer efímero. Habría algo mucho más allá. Una eternidad que no limitaba al hombre de encontrarse pleno. De descubrir en cada actividad una manera mejor de conservar su existencia. Que lo hiciera resistirse a sí mismo. Y encontrar en lo real algo más que un frugal placer.


-Montolivo Llosa.

Comentarios

  1. Querido Montolivo Llosa, no estoy deacuerdo con el final. Creí que habría una parte más del cuento.

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