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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #7

Bienvenidos un día más a ¡Simplemente las invento!, nuestro espacio para la creación literaria. Hoy toca leer un nuevo cuento de Montolivo Llosa, un típico drama amoroso en medio de un ambiente dictatorial latinoamericano.

Recuerda que tenemos abierta la convocatoria a nuestro 1er. Concurso de poesía, los participantes verán su trabajo publicado en esta sección, para más información visita este enlace.



TOCAYA

Julián Ríos recogía su pasaporte enmarcado con una sonrisa lánguida y fría. Repasaba en su mente, una y otra vez, lo sucedido meses atrás. No encontraba los hilos suficientes para poder catalizar sus sentimientos. Era claro que su estado aún era de shock. «Avanza mano, avanza. Bienvenido a México paisano» espetó el oficial de aduana que lo sacó de su mutismo introspectivo.

24 de Febrero, 1958. Caracas Venezuela:

Querido Julián, las cosas no marchan tan bien como suenan. Aunque hoy, una buena noticia te tengo. Después de tanto crimen, ha sido disuelta la Seguridad Nacional. Esos hijos de puta se cargaron a mis padres, y espero que se logré algún tipo de justicia por tanto crimen. También es cierto que la juventud ha tomado un nuevo espíritu. Están descubriendo toda esa fuerza. Eso hace preocupar a los grandes caudillos. La situación es difícil para todos. Han dictado, como ya sabrás, un toque de queda ante las manifestaciones. Pérez Jiménez ha estado dando sus últimos golpes. Pero también estamos seguros que no tardará en cambiar.
Las extrañas desapariciones cometidas por la S.N. están comenzado a ser también un grito que se escucha sin cesar. Están nerviosos, cariño. ¿Qué sería de mí si aquellas noches en Garibaldi no me hubieses enseñado tanto?

¿Te acordás, primo? Perdona si sonrío en este momento. Pero todos esos chicos con aires comunistas nos creían emparentados. Primos, justamente, por tu madre. »Eso me da poder, tocaya. Me decías todos los días mientras me colgaba de tu cuello antes de irte a duchar. ¿Te acordás? Sólo un fugaz año nos duró la fiesta. Echo de menos tus despistes. Esa bravura en cada junta. Tus ojitos risueños leyendo hasta tarde en el salón de aquel apartamento de la colonia San Rafael.

¿Pensás en mí, primo?

Yo te pienso cada instante. Te siento como siento la sangre recorrer mi cuerpo.  De sobra está decirte que nunca dejaré de ser tuya…

No hay posdata, pues todo lo demás lo sabes.

Tu tocaya, Julia Mirón…


Acordar con su padre un año de licencia para irse a Venezuela a culturizar niños, no era sencillo. Aunque Humberto Ríos, policía de tránsito en la Ciudad de México. Desconocía todo el movimiento político en el que se movía su hijo; le causaba gusto saber que el futuro abogado tuviera tanto interés por su prójimo. Ese chico adusto y espigado había cumplido siempre con mantener una excelencia académica. Apeló a su padre la experiencia que conseguiría en aquel país si se marchaba ahora. Luego volvería y acabaría su licenciatura. Era el trato perfecto. Además, no corría ningún riesgo. Llegaría a Caracas donde residía su madre. Sería una estancia corta. “En lo que consigo que Julia opte por vivir aquí en México”. Pensaba para sí.

“¿Qué necesidad hay, Julián? Mi compadre Marcelo Díaz ya me apalabró un puesto para ti en la suprema nomás te recibas. No entiendo tu necesidad hijo. A tu madre también le ganó la nostalgia, no sé qué ansias de pisar otras tierras, cuando por fin está empezando a verse futuro aquí. Por eso se vino tu madre, por la situación de su país. Para luego terminar llorando porque nunca se halló. ¡Allá tú!...”  Argumentaba el padre al tiempo que el chico le sonreía astuto. El señor Ríos ignoraba mucho del régimen que se vivía en Venezuela. Nadie le había contado la situación social, y tampoco le interesaba. Para él, como para muchos; el autoritarismo de Pérez Jiménez, lo tenían sin cuidado. Acabó por aceptar la propuesta del hijo.

Salvo un par de amigos, nadie sabía lo de Julia. Hace un año la conoció en una junta del partido de izquierdas. Venida a México por las persecuciones que sufrían sus hermanos y ella por parte de la S.N. de Venezuela. Decidieron los padres de los tres jóvenes mandarles de vacaciones a la tierra de Pedro Infante (que era de lo poco que conocían del hermano país, coincidiendo su llegada con la muerte del cantante y actor). Así, en las tardes de juntas; fue como empezó a salir con la chica. De rasgos finos, cabello rizado y ojos almendrados. Esbelta y con una cadencia al caminar que hipnotizaba al joven. Solían dar largas caminatas. Al tiempo de enseñar cada nuevo sistema político y actualizar sus noticias en materia de lucha social, se iba formando un lazo más allá de la pasión.

5 de Marzo, 1958 México D.F.

Prima, te tengo buenas noticias. Mi padre ha aceptado que vaya por un año a Caracas. He hablado con mi madre y también le gustó la propuesta. Ella dice que todo marcha como debe ser. Que las protestas de las cuales me cuentas tú, no son sino hechas por un grupo pequeño de inadaptados. No he querido discutir con ella y voy en camino para estar nuevamente juntos. En el partido se sienten ilusionados. Han dicho que estarán escribiendo constante y que yo también les mantenga al tanto. ¿Sabes algo? Creo que ahora sí terminaremos unidos para siempre.

No como aquella vez que me diste el plantón en el registro civil. Ya sé que no te gusta que lo mencione, pero fue algo que me hizo sentirme más atraído por ti. No olvidaré ese sentir de que la vida se me iba del cuerpo. Como si la sangre se me helara. Luego me fuiste a contentar con mariachis. Te perdoné de inmediato. Me besaste sin siquiera decir; te perdono.  Me abrazaste a ti y con ese acento solo tuyo; me dijiste» Chilanguito, primito. Mi tocayo. No hay que echarlo a perder. Pasamos toda la noche en mi cuarto, calladitos, leyendo, a veces convirtiéndonos en uno solo, bebiendo el amor del otro en cada aliento. Recitando de memoria los manifiestos que había escrito. Lloramos juntos cuando me contaste lo de tus padres:
»Esos hijos de puta me los mataron, Julián. Me los mataron…

La garganta casi no te dejaba hablar del coraje, del miedo que siguieran tus hermanos y tú. Estabas dispuesta a dar la cara y conseguir que pagaran por cada muerte. »Mira, que esos cabrones los cortaron en pedazos. Los hallaron días después metidos en cajas. Tirados cerca de la casa de campo de mi abuelo. Después tuvieron el cinismo de dar de propia boca la noticia y culpar al grupo de estudiantil del cual somos parte. Por eso no puedo quedarme aquí contigo, primo. Me falta vengar su memoria.

Ya en el avión, su mente trataba de recordar cada línea escrita por Julia. El golpe de estado que había sido planeado no tenía manera de fallar, se lo había hecho saber la chica. En los siguientes días (y de dicho movimiento esperaba ser partícipe), una de las universidades más importantes del país. La Universidad de Carabobo, después de cincuenta y cinco años sería reabierta. Arribó a Caracas el diecisiete de marzo, a las cinco de la tarde. Cuarenta y cinco minutos después de haber pisado suelo venezolano. Es cierto que el aeropuerto de México tenía un nombre peculiar, pero ninguno tan grande como este: «Simón Bolívar».  Al bajar del taxi un pequeño auto negro le esperaba ya, escondido tras unos árboles en la larga avenida Boyacá. No tardó en ver a la chica, que caminaba hacia él con sus rizos mecidos por el viento. Una falda negra y una gabardina verde militar le hicieron recordar que el motivo de su visita era la lucha. 

Se enfundaron en un beso largo y apasionado. La sensación que recorrió el cuerpo de Julián le hizo perderse en emotivas y dulces caricias al rostro de la mujer. Quien lloraba ligeramente y sonreía.  ¡Primo mío, cuánto tiempo!  Dijo, mientras con una tierna mirada le señaló el auto.

Lo llevó a una discreta casa en la urbanización el marqués. Donde tenían las juntas de partido y planeaban partir de inmediato al Carabobo para la reapertura de la universidad. Terminado el protocolo de presentación. Abordaron un autobús color rojo y comenzaron la travesía. No tenía idea de dónde estaba y la humedad le comía los pies. Ciertamente que su vista se deleitaba con los paisajes de aquella ciudad que gritaba revolución y sofocaba con su clima.

Llegaron a la ciudad el veintiuno de marzo. Suficiente tiempo hubo para admirar las instalaciones y festejar la libertad. Se anunciaba un tiempo distinto para aquella juventud que pedía mejores opciones de vida. Y que con el edicto para la reapertura del recinto se sentían triunfadores de una batalla que los llevaba a estar más cerca de ganar la guerra por el país.

Los meses que siguieron, fueron para ellos aquella luna de miel que nunca tendrían. Se dedicaron a olvidar la lucha y bajaron las armas. Se abrazaron con esa pasión que la juventud nos regala una vez en la vida. El chico enamorado olvidó toda consecuencia y visitó frecuentemente a su madre en compañía de Julia. La señora yacía encantada con el romance de novela. Me regreso a México, querido, y ustedes deberían pensar en lo mismo. Sentenció la señora al tiempo que servía té a los dos. Aquella noche en casa de la madre, platicaron demasiado acerca del futuro que les esperaba. Acordaron por volver después de la visita ya programada del vicepresidente de Estados Unidos. Ninguno de los dos dejaría pasar la oportunidad.

Para el trece de mayo, en compañía de un contingente de personas. Empezaron a apedrear la camioneta del entonces vicepresidente Richard Nixon. Aquel suceso les unió tanto como nunca jamás. La adrenalina de estar siendo realmente un estorbo para la dirigencia de aquel país les dio ese poder que busca el ser humano en todo momento. Olvidaron el miedo a alguna represalia. Solo atendían a sacar esa furia que los encarcelaba día con día. Después del fallido intento por volcar el vehículo, marcharon a casa de la madre en desbandada. Donde después de un baño caliente. Durmieron como críos. Sin miedo, enamorados. Resguardados por su pasión.

Listas todas las cosas necesarias para volver a la ciudad de México. Y ya sanada en parte la herida por los decesos de los padres de su tocaya. Empezaron por planear el regreso. Despidiéndose de todo el partido con la consigna de seguir luchando, mano a mano, con la liga juvenil en el Distrito Federal. »Lo nuestro no termina aquí, seguro allá también se derroca toda injusticia. Se decían unos a otros. La emblemática fiesta que montaron en la casa ubicada en el barrio del Marqués se alargó hasta el otro día. Aún con los efectos de la resaca. Volvieron al apartamento de la madre. Una noticia que ellos creían no tan cierta rumoraba a gritos que el agua se había terminado.

Esta noticia circulaba desde finales de marzo, pero pocos tomaron en cuenta su veracidad. Para el seis de junio, la madre soltó en llanto mientras Julián trataba de consolarle. ¡Mamá, debes estar tranquila! En menos de un mes volvemos a México. Julia que dormía aún en la sala. Despertó con un gran mareo y dolor estomacal. Era muy notoria la deshidratación.
Al ver su estado. Madre e hijo se olvidaron de todo y atendieron a la joven. No es nada, primo. Seguro es por la resaca. Anda, cuenta qué pasa. Solicitó con voz enferma las últimas noticias.

No había agua en Caracas. Se esperaba que camiones administraran un litro por persona. Durante casi un mes de reducciones y ensimismados en sus viajes guerrilleros, no sintieron el golpe de tajo. Pero aquel siete de junio, toda consecuencia les golpeó en el rostro. Dos días después la situación era totalmente precaria. Animales morían, la gente buscaba con desesperación el vital líquido.

Aquella singular pareja enfrentaba todo con la mejor cara, pero el estado de salud de Julia detenía mucho sus opciones de movilización. Un grupo de amigos les dijo que hicieran un viaje para la ciudad de Teques. Ahí encontrarían líquido suficiente, que era tan indispensable para el mejoramiento de la chica. Aquel caos era asfixiante, incluso más que el calor. Las provisiones de agua enviadas por los gringos fueron robadas y distribuidas con saña.

Durante el camino, los grupos estudiantiles lidiaban con un aroma pútrido. La gente del gobierno aseguraba que era por los cuerpos muertos que, en su huida, morían por el camino. Estudiantes desmintieron.  Lo cierto es que, a mitad de la caravana, Julia no pudo más.

»Te quiero, chilanguito. Promete que me llevarás a México, que no me enterrarás aquí. Allá seremos felices. Aunque sea en cenizas, invítame a una borrachera más. En esa plaza llena de mariachis; cántame hasta que vuelva a salir el sol. Lloraba mientras pronunciaba sus últimas palabras.

Julián se apartó del camino y lloró ante tal injusticia de la vida. No se movió de aquel descampado sino hasta que la lluvia hizo terminar la sequía en aquella ciudad. ¡Y ya para qué, carajos quiero agua! El grupo estudiantil volvió un día después con lo suficiente para poder hacer sus deseos realidad. Ellos mismos quemaron el cuerpo hasta convertirlo en cenizas. Una parte la dejó en aquel país. Otra la llevó de regreso consigo.

»No vale nada la vida, la vida no vale nada. Cantaban los mariachis. Él acompañado de las cenizas de su tocaya. Seguía sin entender el porqué.

-Montolivo Llosa.

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