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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #8

Bienvenidos amigos de La pasta dura a nuestra octava entrega de ¡Simplemente las invento! el espacio designado en el blog para la creación literaria.

Hoy Montolivo Llosa nos lleva a explorar las calles de la ciudad desde la perspectiva del ciclista. Recuerda que tu también puedes aparecer en esta sección gracias a nuestro vigente concurso de poesía, toda la información está en este enlace.



BICICRONISTAS

Archivaldo, hijo único del matrimonio entre Lucía y Pablo. Gustaba de todo lo relativo al pasado de su familia. Encontraba placentero invertir horas escuchando a su abuela. Que le llenaba el corazón de historias, dicho sea de paso; siempre eran las mismas. Al inquieto niño, los relatos le llenaban el alma de imágenes e ilusiones. Sabía que desde hace más de cien años habían llegado sus ancestros a vivir a una de las colonias más populares e incluso antiguas de la ciudad de México. Un barrio típico en su construcción cuadricular y muy emblemático para su tiempo, pero que de a poco se ha ido llenando de esos fraccionamientos con apartamentos de varios pisos. Aún así, el jovencito en su libreta anotaba lo más relevante para él. Hoy ya no existen los acueductos, o el Río Consulado que corría en verdad, y que ahora solo es una transitada avenida. Las calles llenas de árboles y cantar de pájaros todavía pueden escucharse. Algunos parques donde poder jugar a la pelota o pasear en bicicleta todavía se levantan como viejos que se rehúsan a morir. A pesar de vivir en pleno siglo veintiuno, su colonia: La San Rafael, aún conserva esa magia de aquellos años donde se sitúan las historias de su abuela.

     Recuerdo que, con mis primos Ramón y Alicia, nos gustaba subirnos en las bicicletas y dar nuestros largos paseos. Mi hermana Gloria siempre iba de chismosa con mi papá. Para todo teníamos que andarnos escondiendo de ella. Nos agarrábamos a echar carreras, de aquí hasta el parque México, en la condesa. Cruzábamos la avenida Reforma que entonces no estaba llena de tanto edificio gigante, y nos parábamos a caminar despacito por la Juárez, y le pusieron así por Benito. Según era una colonia de puro rico. La verdad es que a nosotros nos llamaban mucho la atención esos palacios que decían que eran casas. En el patio de una cabían como tres viviendas de por acá. Ya que pasábamos el mitote de las casonas. Otra vez le dábamos duro a pedalear. Ya ni me acuerdo bien, pero siempre ganaba la mentada Alicia. Tenía unas piernonas, hijo… Archivaldo escuchaba atento a su abuela con ojos de ensueño. Feliz. Mientras en su libreta de hojas blancas, dibujaba sus rutas tal como se las platicaba.

Su cumpleaños estaba por llegar, contando el día siguiente, faltarían justo siete días. Así que esa noche se dedicó a meditar qué era lo que le gustaría tener. Este año cumpliría doce. Ya no era un chiquillo como tal. Comenzaría a vivir una serie de cambios de los cuales su papá ya le había hecho sabedor. Ciertamente sufría un poco de ansiedad. Esa bendita etapa de la pubertad sonaba como un caos en todo sentido, y no le emocionaba tanto llegar a ella. Aunque pensaba en que las posibilidades en cuanto a permisos podrían extenderse hasta en un par de horas. Poco a poco el sueño lo venció hasta quedar dormido. Nuevamente volvió a soñar con su abuela y su pandilla de primos. Él era uno de ellos. En el sueño siempre le dejaban atrás porque él se rezagaba mucho para llenar su pequeña Scribe con cada detalle que le hacía recordar la actualidad de su colonia, y que era distintivo de la de su abuela.

Despertó entusiasmado. Era viernes y además de faltar un día menos para su onomástico, tendría libre todo el fin de semana. En su mente había planeado cada minuto.
Durante el desayuno, que más bien solo eran diez minutos para beber su licuado y masticar con dificultad un sándwich que se le pegaba al paladar. Platicó a Lucía sus planes.» Mamá, ya lo he pensado. Este año pueden dejar de hacerme una fiesta como si fuera un bebé. Me gustaría que me regalen una bicicleta nomás. No me veas feo, desde aquella vez que don Refugio casi me aplasta con su camión del agua. Sé que me dijeron se había acabado el jueguito, pero anda. Ya estoy más grande y creo que no será tan peligroso. La madre se dedicó a mirarlo con ternura, acto seguido le acomodó el corbatín y peinó con sus dedos las ondulaciones del pelo que se rehusaban a entrar en orden.
» “Ya veremos, mi niño”. Contestó mientras le marcó un beso en la frente. Justo a tiempo para cuando su padre bajó enfundado en un impecable traje gris. Durante el camino al colegio, ninguno de los dos cruzó palabra. El chico ocupó su tiempo para mirar por la ventanilla con pesada melancolía; cada calle que quedaba atrás, sin percatarse de nada, pues el tiempo nunca sobra.

Ese fin de semana fue un fracaso rotundo para Archivaldo. Una lluvia que se alargó los tres días le echó a perder todos sus planes. Enfurruñado como llegó de la escuela, pasó toda la tarde. Apenas si comió y detestó grandemente que Matilde (su abuela) no estuviera este fin. Por lo menos ella le haría menos pesado el transcurrir de las horas con cada relato. Su papá le trató de contentar con llevarle al cine. Pero para él ya nada contaba como bueno si no solo su anhelo de recorrer cada calle, y conocer por sí mismo los lugares contados por su abuela. Aunque claro, ya no existieran como tal.

Su cumpleaños finalmente llegó y tal como se lo dijo a su madre, aquella mañana al bajar por su frugal desayuno. Una bicicleta Schiwnn Corvette color negro le aguardaba en mitad de la sala. Tanta fue su emoción que sentenció no asistir al colegio. Sus padres con mirada amorosa y media sonrisa, aceptaron; no sin antes recordarle las reglas para su uso. Era una mañana soleada. Nada parecía que le impediría salir en busca de cada rincón que en su mente había tatuado. Terminó un desayuno mucho más completo para ir correr a su habitación en busca de todo lo necesario. Su mamá, que lo contemplaba con una ternura excesiva le gritó, desde el cuarto de lavado: ¡No olvides tu gorra, niño!

Listo todo, comenzó a empujar a su nueva mejor amiga por el pasillo que conducía a la entrada, donde un elegante zaguán blanco fue su punto de salida. Aspiró profundo para vencer todo trauma aún vigente por aquella vez en que casi muere bajo un camión, y dio el primer pedaleo. Ese primer metro pedaleando avanzó sin mucha dificultad, pero al dar la vuelta en la calle Gabino Barreda, la situación se tornó en un caos. Automóviles que hacían sonar sus cláxones surgían de todos lados. Otros se rebasan en la angosta calle, eso sin contar con las motocicletas que se metían por todos lados. Hastiado de tan irritante tránsito. Se sentó un rato en una acera. Ahí permaneció escribiendo cada situación que veía pasar. Durante ese tiempo, anotó en su cuaderno, cinco caídas de motociclistas, dos coches ligeros, y tres casi atropellados por ir con el teléfono en la mano. Desanimado volvía sobre la banqueta empujando a su flamante bicicleta.


Al virar hacia la calle Francisco Pimentel a la derecha se encuentra la iglesia de San Rafael Arcángel. Allí, un grupo integrado por tres chicos y dos chicas jugaba con sus bicicletas. El que tomaba el papel de líder decía animoso mientras intentaba levantar su vehículo en una rueda: Hoy vamos a la Ribera, niños. Ya sé que en Chapultepec nos molestan menos. Pero pa’ allá hace semanas que no vamos. Además, ese quiosquito que tienen me gusta. Y nadie te dice nada porque andes jugando allí. Los otros integrantes de la pandilla asintieron. Cada uno bajó de su bici y comenzó a checar la presión del aire, condición de los frenos, pero sobre todo el aspecto de su cacharro. Antes de que el grupo se pusiera en marcha, Archivaldo corrió a su encuentro y con el último valor que le quedaba en el cuerpo les interrumpió diciendo con cierto temor, muy reservado en cada palabra. Oigan, ¿puedo acompañarlos? Al instante todos los integrantes del batallón sobre ruedas rodearon al muchacho con la bici nueva que parecía sacada de una película de los años cincuenta. La situación era un griterío de alabanzas sobre la bicicleta. ¡No me digas que eres millonario, güey¡ dijo el más bajito mientras acariciaba el asiento. Está bien padre. Arguyó una de las niñas mientras hacía una seña con las manos que pedía permiso al dueño para subirse. Asintió y esperó a que terminaran de revisarla.

Al fin Omar; el líder; declaró: Pues claro que puedes venir, aunque no sé para qué traes tantas cosas. ¿En el morralito qué echas? Porque agua y eso, conseguimos en los bebederos de la Ribera. Archivaldo respondió ya sin tanta timidez que era una libreta donde apuntaba cada cosa que era diferente de aquellas historias que le contaba su abuela. El grupo se interesó rápido por la manera en que explicó cómo era ese barrio antes de sufrir cada cambio producto de la urbanización y modernidad.

Comenzaron por avanzar en fila india, y al poco rato. Archivaldo era uno de los más avanzados. Su bicicleta tenía un brillo y velocidad especial. No le molestó que durante el primer mes de aventuras, debiera prestar su bicicleta a cada uno de ellos. Pronto comenzaron a interesarse por esas historias que les relataba el nuevo del grupo. Haciendo de sus paseos, ya no solo desbandadas de velocidad en dos ruedas. Sino que de acuerdo a las anotaciones que hacía siempre en sus libretas. Se cercioraban de cómo iba cambiando cada edificio, esquina, negocio. Anotaban los que ya no existían, incluyendo los nuevos nombres de calles o aparición de condominios nuevos. Una de sus paradas favoritas era ir visitando los teatros de las zonas. O localizar pequeños parques a las orillas de la colonia.

Al volver a casa. La abuela lo esperaba con ilusión sentada en la sala. Dispuesta a escuchar esas crónicas de un barrio que ahora parecía nuevo para ella.  »–Entonces, ¿dices que aquel edificio nuevo en la calle Alfonso Herrera está justo donde te había contado que la imprenta de Don Silvio estaba?  »–Sí abuela, ahora son un conjunto de departamentos que llaman Loft.

La abuela empezó a tomar nota de cada nuevo detalle, el porqué solo ella lo sabía. Pero desde aquel cumpleaños Archivaldo pudo aprender a vivir su propia historia en compañía de sus colegas aventureros.

-Montolivo Llosa.

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