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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #9


Bienvenidos queridos lectores, en esta ocasión ¡Simplemente las invento! Se viste de gala para dar la bienvenida a un cuento de detectives cortesía de Silverio Rodama.

Como siempre no podemos dejar de recordarles que nuestro concurso de poesía está abierto, todos los participantes verán sus trabajos reflejados en esta sección, más información en este enlace.


SALA DE CINE

Fue hasta la séptima vez que lo vio pasar frente la sala, cuando Aaron Pryor se atrevió a dirigirle la palabra. No podía evitar sentirse amenazado por el detective Pollux, un hombre alto y fuerte; con el rostro herido por el tiempo. Más, la oportunidad de hablar con alguien no podía dejarla. Se acercó, tímido, un murmullo brotó de sus labios; esperó, porque a pesar de tener la mirada del viandante recorrer su pequeño cuerpo, ninguna palabra nació de sus labios.

Pollux sacó del bolsillo una vieja fotografía, la mostró al cuidador de la sala cinematográfica. Éste, miró la imagen de un hombre barbado de unos veinte años de ojos vidriosos. ¡No lo he visto señor! dijo con la voz temerosa el cuidador. Pollux permaneció impávido, aunque su corazón se sumergió, más, en la oscuridad de su propia noche.

Si gusta puede entrar, no tiene que pagar, rompió el silencio el cuidador. Entraron uno detrás del otro, a cada paso la tenue luz de la sala descubría el centenar de butacas vacías y la pantalla de proyección; todo bajo una capa de limpieza impecable. Eligieron las butacas que quedaban justo en medio de la sala.

Hace muchos años que no entraba a una sala de cine. Creí que estaban extintas, dijo Pollux sin quitar la mirada de la pantalla.

No dudo que lo estén, contestó. Sólo es un refugio que descubrí hace unos años. Nadie ha querido reclamarlo y parece que a nadie le incomoda que lo habite y me haga cargo.

¿Cómo hace para proyectar las películas? Sé que desde hace tiempo nadie es capaz de conseguir un proyector; por otro lado, conseguir cintas, memorias o discos digitales debe ser toda una proeza.

Lo es. Algunas quedaron olvidadas en la sala y otras los indigentes las consiguen de los basureros. El proyector funciona; lo cuido mucho. Si llega a fallar no habrá qué sostenga este lugar. Los dueños anteriores invirtieron demasiado en la apertura del lugar. El proyector tiene entradas para formatos digitales y con unos cuantos ajustes también proyecta cintas de ocho o dieciséis milímetros.

¿Cuál será la película de hoy?

No tengo idea, alguien la trajo hace algunos días. Nunca he tenido un espectador hasta hoy; entonces no me preocupo qué se proyectará. Por otro lado. La persona que busca ¿es algún asunto delicado?

Una de las ventajas de ser pobre es que no tienes demasiadas cosas y lo que tienes lo valoras demasiado. Mi padre nos cuidaba a mi hermano y a mí. Cuando había en la casa dinero extra nos llevaba a ver películas, a una sala como esta. Con los años mi padre murió; y nosotros tuvimos que valernos por nosotros mismos. A diferencia de mí, él tenía la sensibilidad más desarrollada. La pintura, la literatura y otras artes le gustaban y contaba con el talento. Mi talento fue entrar a las fuerzas públicas. Fue cuando el Estado quitó las humanidades y convirtió a toda la gente en analfabetas funcionales. Recuerda que hubo movimientos para que las universidades re abrieran las facultades de arte. Como respuesta el gobierno destruyó bibliotecas, retiró presupuesto al departamento de cultura, prohibió la producción de películas decretando el cierre de cines y teatros. Como miembro de la fuerza pública ayudé en la represión. Mi hermano se sintió traicionado; no era capaz de concebir que su talento fuera recluido en una fábrica y su mente se concentrara en un sueldo de empleado. Un día desapareció del apartamento. Con el paso de los años ascendí hasta llegar a ser detective.

Hace unas semanas un caso, de tantos que llegan para ser olvidados; una mujer escapó de un posible ataque sexual, en sus informes, dijo que el grupo de indigentes con el que convivía desapareció poco a poco; dentro de los nombres que pudo dar el nombre Callax sobre salía de los demás. La fotografía que le mostré pertenece a la mujer, y es la imagen de mi hermano.

Busca resolver el crimen pero, sobre todo, encontrar a su hermano, interrumpió Aaron Pryor, miró el reloj y se levantó. Es hora de comenzar, hoy es especial, usted es el cliente número uno.

Horas después, en su departamento, Pollux despertó, bañado en sudor. No tuvo pesadillas; tenía años que había dejado de soñar. Las imágenes que vio en la pantalla despertaron, en él, ternura. A pesar de ser de no tener historia la película, las escenas le recordaron la infancia vivida con su padre y hermano. La idea de que su hermano lograra hacer películas se gestó en su mente, a tal grado, que el detective depositó toda esperanza en ese supuesto.

A la mañana siguiente, antes de que el primer rayo de sol tocara el cine, los golpes, a la puerta, se escuchaban por toda la calle. El cuidador abrió. ¿Puede mostrarme la película de aquella noche?, preguntó Pollux antes de ver el rostro del cuidador. Disculpe por favor; tengo un compromiso muy importante que hacer, si gusta volver por la noche, no tendré inconveniente en mostrarle la cinta y darle los datos que tenga disponibles, contestó con amabilidad.

Jamás el reloj avanzó tan lento en la vida de Pollux, para devorar el resto de la mañana y la tarde. Por la noche el detective entró. La sala sólo era visible por la luz que reflejaba una nueva película en blanco y negro.

Por aquí, estoy en la sala de proyección, escuchó la voz de Pryor. Subió hasta encontrar una puerta de acero, al cruzarla descubrió a un hombre sentado y amarrado. ¿Está bien?, dijo el detective. El hombre no respondió. Los pasos de Pollux se hicieron lentos y extensos, sacó su arma y la sujetó con ambas manos. Miró al hombre de frente; de la boca y ojos emanaban rayos de luz con imágenes que se reflejaban en la camisa blanca del detective. El rostro de Callax proyectaba una película. Un golpe en la cabeza del detective le oscureció toda la sala.

Después de conectar la lámpara de arco directo al cerebro de Pollux; Aaron Pryor tuvo la delicadeza de despertarlo. El detective amarrado; perfectamente de sus cuatro extremidades, del cuello y frente; lo hacían un proyector perfecto.

No crea que no lo lamento, dijo Aaron. Por eso lo he despertado; no era mi intención matarlo, aun cuando yo peligre. Soy el asesino de los indigentes. Se lo confieso, porque en el fondo la gente buena, al menos, merece la verdad. Usted me compartió parte de ese pequeño espectáculo que protagonizamos llamado vida. Entonces le comparto una parte de la mía: soy mayor que usted y amo las películas. Cuando llegó la prohibición no tenía con qué matar mi soledad. Descubrí este lugar y, como dije antes, las personas que lo construyeron pusieron mucho esmero en su funcionamiento. No había ningún archivo o material para proyectar, hasta que encontré el instructivo. Obvio no fue fabricado en serie, pero sí por las manos artesanas del que planeó este lugar. En su diario decía que haciendo un orificio en la parte posterior del cráneo y conectando la lente directo a al cerebelo de un individuo, más una carga de 750 vatios, era posible ver los sueños y pensamientos de las personas. Decidí experimentar con los indigentes. El problema es que por la cirugía mueren en doce horas, entonces eché mano a muchos hasta llegar a su hermano. Él es caso especial, duró más de una semana, y las imágenes que proyectó eran entretenidas e interesantes. Justo veía todo lo que guardaba en su cabeza cuando salí y lo encontré a usted. Fue como una señal divina. Lamento decirle que ha muerto, pero debe saber que su hermano siguió creando, aun entre indigentes y pensando en usted con cariño y respeto. Usted será la última proyección de esta sala. ¿Recuerda el tiempo en que las personas hacían filas enormes para entrar en una sala? Alguien sabe que no conviene tener a tanta gente reunida y poniendo atención a un tema. Lamentaré tener que dejar este lugar pero no es lo mismo desaparecer indigentes que a un detective, tarde o temprano vendrán a buscarlo. Pero tenga por seguro que al menos yo conoceré la historia de usted y su hermano. Tal vez eso sea el cine: una mezcla de recuerdos y anhelos con la necesidad de ser conocidos.

A la mañana siguiente Aaron Pryor abordaba el tren. Tomó asiento dentro de un compartimento que compartía con tres niños. ¿Son hermanos?, preguntó. Los niños asintieron sin decir palabra. Ayer terminé de ver una película, ¿las conocen?, los niños negaron con la cabeza sin decir palabra. ¿Quieren que les cuente?, los niños murmuraron un sí, mientras movían la cabeza acertando. Hubo una vez dos hermanos…, comenzó el antiguo cuidador de la sala.

-SILVERIO RODAMA.

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