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¿QUÉ NOS ASUSTA?

El miedo es una de las emociones humanas básicas, crucial para nuestra supervivencia, pero también una gran arma para manipularnos. Ya que el arte se nutre de los sentimientos humanos, es comprensible que en las letras encontramos autores que disfrutan aterrándonos y lectores que se los permitimos.

Aunque podríamos entrar en un debate de por qué leemos cosas para espantarnos, el motivo principal de este artículo es presentar la materia prima de la que se nutre el género. Así que les invitó a un recorrido por el lado retorcido de la inventiva humana y descubriremos juntos ¿qué nos asusta?

Lo que escribiré a continuación no pretende ser una lista de todos y cada uno de los arquetipos del horror, también dejaré de lado las infinitas combinaciones y cruces, pero servirá como una guía para quien se interese en conocer las herramientas básicas de los que nos espantan.



Ánimas de Sayula

Quizá nuestro miedo más primario sea nuestro miedo a la muerte y a lo largo de la historia hemos creado distintas corrientes religiosas que afirman la existencia de vida después de la muerte, pero qué pasa cuando la vida después de la vida engendra un monstruo.

El fantasma es el más antiguo de los arquetipos terroríficos, los cuentos de espíritus que se quedan anclados al mundo de los vivos se han contado en las noches oscuras desde que el hombre empezó a reunirse en torno al fuego. Las narraciones son tan variadas como sus motivaciones; bien sea un alma con asuntos inconclusos, el guardián de grandes riquezas o simplemente un ser maligno que aún quiere atormentar a los vivos.

La idea de un ser incorpóreo e invisible que puede interactuar con el mundo físico pone los pelos de punta, en un principio ideados para explicar desapariciones misteriosas o ruidos furtivos en la noche, evolucionó para transformarse en el intruso ante el que te encuentras indefenso.

Si analizamos la mayoría de las ghost stories, veremos fantasmas atormentando a los habitantes de distintas construcciones humanas. Vemos nuestro territorio violentado por algo infinitamente más poderoso e inmune a nuestros mecanismos defensivos tradicionales. A pesar de tener el consuelo de que la muerte no es el final, tal alivio se esfuma al darnos cuenta que el fantasma también nos espera del otro lado.

La historia inaugural de la literatura de terror, El castillo de Otranto de Horace Walpole, es una historia de fantasmas accidental, originalmente escrita como un drama caballeresco, pero las apariciones ectoplásmicas se roban el reflector. El mar de ghost stories es interminable.
Pero si tengo que recomendar alguna sería Otra vuelta de tuerca de Henry James o La casa infernal de Richard Matheson, por qué no incluso Aura de Carlos Fuentes.



Volviendo de la tumba

Puede darse el caso de que no sea el alma quien busca volver, sino todo el cuerpo que se cansa de la frialdad de la tumba y decide caminar una vez más. El no-muerto es una categoría interesante que engloba al menos dos variedades de monstruos; el seductor vampiro y el podrido zombie.

Los resucitados exploran el lado oscuro de nuestro anhelo por la vida eterna, condenados a perder su humanidad e incluso tener que cazar a los nuestros para sobrevivir. El vampiro compensa mantener su apariencia humana con una serie de limitaciones como su debilidad por la luz solar; mientras que el zombie, aún puede asolearse y asistir a misa, pero está totalmente dominado por sus instintos más básicos y salvajes.

Junto con su aparente inmortalidad, la fuerza de los no-muertos radican en que son contagiosos, pues su mordida hace que cada baja en nuestro lado sea un nuevo soldado para ellos. Teniendo su génesis en el Drácula de Bram Stoker, además de una advertencia para no atentar contra la ley natural, bien puede considerarse una advertencia contra las enfermedades infecciosas, especialmente las de transmisión sexual por todo el trasfondo erótico de los vampiros.

Además del ya citado Drácula, podemos encontrar Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu o El vampiro de John William Polidori, para otro tipo de acercamiento a la inmortalidad tenemos Aíre Frío de Lovecraft o El caso del señor Valdemar de Poe. Para el tema zombie tenemos todo un artículo en el blog.



Liberemos a la bestia

Es comprensible que los resucitados hayan perdido su humanidad, pues al morir ya no tienen alma, pero nuestro lado primitivo aún se esconde dentro de nosotros y es necesario mantenerla bajo control para sobrevivir en sociedad. Pronto el miedo a perder este control también fue llevado al papel.

Inaugurado por Robert Louis Stevenson con El misterioso caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, los instintos básicos del hombre dejan al lado las normas de convivencia y nos muestran lo peligrosa que es la verdadera libertad, lo que incluso podría llevarnos al punto de partida cuando vivíamos en cuevas.

Surgidas para mantener el status quo, se cuenta que Stevenson quemó el primer borrador de su novela pues este horrorizó a su esposa. Desde este punto la idea de la dualidad se mezcla con las tradiciones de hombres bestias dando como resultado la licantropía inaugurada por El hombre lobo de París de Guy Endore, también tenemos un artículo dedicado a esta novela.

Si nos interesa ver que tanta bestialidad se esconde tras nuestra máscara de sociedad avanzada, podemos dar una lectura a La marca de la bestia de Rudyard Kipling o La mujer lobo de Clemence Housman.



Abracadabra

Antes de la ciencia, los hombres creíamos en la magia y en que los bendecidos con este don podrían usarlo, como cualquier invención humana, tanto para el bien como para el mal. Así surge la figura del hechicero maligno, degenerado en brujo con el advenimiento del cristianismo.

Valiéndose de rituales, ungüentos y pociones extravagantes, los practicantes de la magia tuercen la vida de los hombres de formas siniestras, bien sea como blanco directo de su poder arcano o poniendo a cualquier bestia de las sombras tras ellos. Llamando a utilizar el poder con responsabilidad, y más tarde implementado para demostrar lo que ocurría al abandonar el camino de la religión, tales historias llegaron a crear algunas de las más grandes atrocidades de la historia.

Los poderes de los magos se desatan por la maldad, pura, pasando por la venganza o algún sentido retorcido de justicia. Entonces podríamos considerarlo también una advertencia para no meterse con los poderosos, aunque en muchas ocasiones sus artes oscuras suelen volverse contra ellos; entonces nos quedaremos con la idea de que la venganza nunca es buena.

Si queremos historias de maleficios y embrujos tenemos que sumergirnos en Las brujas de Roald Dhal, que pese a ser literatura infantil consigue mucha efectividad con sus hechiceras, o El arte de echar las runas de M.R. James.



Departamento de objetos perdidos

Con frecuencia nos encontramos con imágenes terroríficas que no sabemos en qué categoría encajan. Afortunadamente una tal Mary Shelley y su novela Frankenstein nos soluciona la vida al inaugurar el arquetipo de la cosa sin nombre; una criatura tan horripilante, en este caso un montón de partes de cadáveres unidos, que su sola visión basta para horrorizarse.

Tal arquetipo es una mezcla de nuestro miedo por lo desconocido, por los extranjeros e incluso por nuestra propia inteligencia. Los invasores extraterrestres, las criaturas de otra dimensión, los mutantes y un largo etcétera encuentran acomodo en este cuarto de trastos.

En un principio parece que tan extraño arquetipo es una mezcla de nuestra necesidad de clasificar las cosas con la pereza, pero mientras más te adentras en el mundo del terror entendemos lo importante que resulta. En las selvas ignotas, en la profundidad de las aguas o en las estrellas lejanas existen terrores que jamás comprenderemos y esta característica es su principal virtud a la hora de poblar nuestras pesadillas.

Algo que no entendemos y no sabemos enfrentar puesto en el escenario adecuado es la receta perfecta para interrumpir nuestros sueños, el principal motivo para ponerle a Lovecraft la corona del género es por ser un experto manejando este arquetipo; sus organismos extraterrestres son tan ominosos que su contemplación basta para lanzarnos a la locura.

Para tan gran clasificación podría recomendar la obra completa del maestro de Providence, pero eso sí sería pereza, así que de él tomaremos El color que cayó del espacio, también su más querido discípulo; Robert E. Howard nos ofreció Los moradores bajo la tumba, además de El Horror de Salem de Henry Kuttner.



Este sólo es un breve repaso por los cimientos sobre los que se erigen los horrores literarios, esperamos haya despertado su curiosidad y los lleve a saber cuál será el próximo monstruo que los mantendrá en vela.

-El colgado de las letras.

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