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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #19

Regresa la gustada sección dedicada a las creaciones literarias, para nuestra entrega diecinueve es turno de Montolivo Llosa que nos deleita con una historia espacial.


VACUIDAD

A las siete Ernest se tumba en la cama fijando su mirada en el telón del espacio. Con manos en los bolsillos; repasa atentamente el sinfín de soles, estrellas y hoyos negros. Suspira y cierra los ojos; vislumbra la inquietante soledad de una vida que muchas veces lo hastía. Ansía tener la complejidad del ermitaño anacoreta que sostiene una eternidad tan solo meditando en cosas del más allá. Pero aquí lo embarga el pensamiento que no alcanza a responderle de qué está formada la infinidad.

Se infiltra como quien puede volverse apenas una molécula y lentamente entra al vaivén de pensamientos. Se detiene ante un tercer delirio; resplandor que oculta mucho más que simple materia.  «¿Oyes ese estrépito de murmullos?» se dice en voz baja.

Se levanta despacio pero siempre con los ojos apretados porque, a veces, le disgusta percibir lo que ya no puede considerarse como Nada. Tan solo la negra visión de su alma en ocasiones le cansa. Vuelve más tarde a repasar de memoria, todo el caos creado. Sin embargo, no atina a darle un porqué a ese resplandor añil lleno de tanto ruido. Camina desesperado. Un aroma ocre perfuma el total de su atmósfera. Grita furioso: ¡Quién me habla!, ¡desde dónde vienen cantando! ¿Por qué no das la cara?

Empieza a sudar, saca las manos de los bolsillos para secarse la frente. Confuso y sin abrir los ojos ha comenzado a respirar tan profundo como sus pulmones lo permiten. No encuentra respuestas, abre y cierra los ojos para conseguir que desaparezca todo. Entra a su pequeña choza y va al estante donde tiene un montón de libros acerca del universo. El polvillo sobre estos ejemplares le produce un estornudo. Va maldiciendo conforme avanza con la vista perdida en las páginas.  Destroza la puerta del estante pues nada de lo que ha leído satisface su curiosidad. La obsesión por responder de dónde vienen esos sonidos, le causa un olvido en el tiempo.  Afuera ya despunta el alba.

Camina despacio en compañía del roto silencio. Desde la destrucción de su civilización, creyó que la única voz sería la de sus pensamientos. Trata de recordar por qué se extinguió su raza. Trae a memoria que durante el último siglo de la historia de su sociedad; científicos aseguraban que voces provenientes de algún punto en el universo se escuchaban. Las mismas acabarían por alterar el orden social. Tiempo después esas voces volvían loco uno a uno a cada miembro de la población. No se puede tener un dato exacto, pues Ernest lo ha olvidado. Pero se rumora en su cabeza, que los habitantes no rebasaban los doscientos.

La cara le brillaba al ir rememorando cómo es que fue inmune a esto. Siempre le intrigó andar por el otro lado de su planeta. Aquel que muy pocas veces fue explorado. Había decidido marcharse para descubrir la razón de su existencia en ese lugar. Su viaje tardó acaso poco más de un mes. Al regresar, encontró la masacre más devastadora. A su vuelta apenas había un total de veinte personas. Esquizofrénicas y temblorosas. Karupza, su vieja amiga; apenas alcanzó a narrar que todo era culpa de esos sonidos.

«Aquellas risas, Ernest. Comenzaron a provocar la irritabilidad de cada habitante. Al principio culpaban a un grupo de estudiantes que se ayudaban de esto para hacer la vida difícil a los profesores. Después ellos mismos comenzaban a correr de aquellas voces. Hubo quien postuló que era parte de un nuevo planeta. Nadie lo creyó y el enfado de cada individuo comenzó a llegar a sus límites. Los más escépticos, sostenían que, de ser así, no había forma de que el sonido viaje a través de ese espacio entre planetas. Poco a poco la locura fue acabando con la mayoría de la población, un caos total.» Recordó aquello mientras una mueca le arrugaba el rostro.  

Se desata los cordones y se niega a divisar nuevamente. No ha logrado desaparecer, no hay conjuro ni fórmula que indaguen contra aquello que se erige ante su rostro. El simple halo enceguecedor de aquel lugar le hiere las entrañas.

«Profana mañana, habrás de acabar un día contigo misma.» espeta al oído de aquel mundo. Espolvorea el rostro con la tierra suelta del cráter que habita. Dispuesto a dormir opta por una mirada más. “Quizá otro día seas tú el que me riña, o yo qué sé… “

Ignórese el tiempo y espacio si no logro atenuar tu melancólica vida, tu risa de añiles tan puros, tu despótico eco tan lejano que me vuelve loco. Extingase el universo si en uno de mis tantos viajes no monto una estrella y te cierro la boca. Cúlpese a eso que yace eterno en tu faz. Cada rincón agrietado en mis senderos de arena y silencio se han perdido».

Con el ceño fruncido se sienta y mira la parte más oscura de aquella esfera que gira alrededor de la suya. Murmura algo ininteligible mientras se agazapa sobre las rodillas. Coge un puño de calurosa arena, se le escapa y vuelve a su nada. Poco a poco se van diluyendo sus fuerzas, cae un brazo, el otro más pesado se aferra. Somnoliento espeta una oración sin reglas «Silencio Señor, solo pido; Señor. La vida mía, Señor. Sol y vida. Una gota de...»

Un gutural mutismo acompañado de un gélido viento le cobijó durante las horas que estuvo dormido. Mientras un sueño intruso le acompañaba; el mar de imágenes no dejaba de turbarle. Soñaba que una cantidad espectral de sonidos solo con ojos y sonrisa le perseguían por todo sitio. Corría a gran velocidad para esconderse en cada cráter que conocía y siempre una luz amarillenta de un par de ojos le seguía. Los susurros dentro de su cabeza eran insoportables, por último, tomaba el mapa guardado en el baúl de su cabaña e iba corriendo de aquellas voces. Al final le atrapaban y destrozaban, sin embargo, al caer al suelo y rendirse; agazapándose en posición fetal. Empezaba por encontrar su paz.  Ahora se miraba en el sitio oscuro de su planeta, él mismo lo cobijaba. Despertó lleno de un sudor frío. Helado de pies a cabeza.

Pensaba lo más introspectivo posible, ya que tenía miedo de que aquellas voces tuviesen la capacidad de ser omniscientes. Se prepararía desde ahora para viajar con todo lo necesario hacía aquel lugar. En el tiempo de su aventura, antes de la aniquilación, jamás contempló el sol allí. «¡Qué más da!». Murmuró. Cogiendo todo lo necesario, y con los nervios a punto de estallar, partió sin temor.

A mitad de camino las fuerzas empezaron a fallar. Dubitativo daba pasos, pero no acertaba a saber por qué rumbo avanzaba. Sacó el mapa de su bolsillo y no entendía absolutamente nada. Trato de beber de su cantimplora, pero estaba vacía. Pronto se sintió deshidratado y advirtió que no tardaría en padecer una deshidratación. La mirada comenzaba a ser borrosa. Caía cada dos pasos víctima del piso y sus cráteres. Ahora yacía totalmente desorientado. No atinaba nada más. Una arcada le recorrió el cuerpo hasta ser expulsada, amarga por la boca. «¿Hace cuánto que no cómo?» alcanzó a preguntarse antes de rendirse ante esta lucha.

Una vez más se agazapó. La respiración que se le dificultaba cada vez más. Respiró profundamente. El rencor ya no le parecía tan importante. La soledad era una pasajera que había abandonado su ser. Se enfrascaba en una lucha con un sinfín de demonios internos. Su esperanza se marchitó. Se encogió hasta sentir que recordaba el tiempo en el vientre de su madre. No tuvo tiempo de divagar más. Un sueño más que profundo le embriagó. En minutos estaba cubierto por ese polvo fino.

–Mira Joaquín, ¿apoco no parece que alguien se ha quedado dormido sentado?

–¡Estás tonto! Se ve clarito que es un conejo lo que atrapó la luna.  – Contesta Juan, al unísono que la voz de su madre les llama a ambos para que dejen de gritar y cantarle a la luna y corran a lavarse y sentarse a la mesa.  

-Montolivo Llosa.

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