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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #20

Ya estamos en la vigésima edición de ¡Simplemmente las invento! para la ocasión tan especial traemos a El colgado de las letras que complemmenta su espectro con un épico cuento de fantasía.


EL ÚLTIMO

Ante él, tenía la inmensidad del desierto polar, kilómetros de manto blanco, interrumpido por montañas del mismo tono espectral y surcado por gélido viento que cortaba, la piel, como cuchillas. Pero fuera del frío y la nieve, no era diferente del resto del mundo.

Cuando el Cazador nació su raza ya luchaba contra el ocaso del mundo. Nadie recordaba la catástrofe. Para ellos no había más que los yermos plagados de esqueletos. Paisajes de muerte que prometían, burlones, un trago de agua escondido bajo su superficie. Sólo quedaba su tribu y, por supuesto, la Bestia.

Al frente y atrás de la caravana de nómadas siempre caminaba un grupo de cinco hombres, armados con rifles y subfusiles; últimos recuerdos de la supremacía del hombre. De noche el fuego nunca se apagaba y nadie dormía más de dos horas seguidas. Durante el día, constantemente se volvía la vista atrás. La alarma se daba ante cualquier visión, pues en el yermo sólo quedaba una cosa ajena al grupo que podía moverse.

La Bestia era monstruosa: cuatro metros de altura por seis de largo, cubierta por una piel gruesa de color gris, las balas eran inútiles excepto en la parte blanda del vientre. La cola era larga, recubierta con afiladas puntas óseas, sus cuatro extremidades lucían garras rojizas de diez centímetros, tan afiladas que partían a un hombre limpiamente por la mitad. El hocico corto resguardaba varias hileras de dientes capaces de triturar lo que atraparan. Finalmente estaban los ojos; cinco colocados en una hilera horizontal en la parte frontal de la cabeza, cada uno con su color distintivo: verde, azul, amarillo, blanco y negro.

Que la Bestia cazara a su tribu era la prueba de que no había más cosas vivas en el planeta. Más de una vez se despertó por los gritos, sólo para ver cómo otro hombre era destrozado mientras los demás disparaban y huían. Todos cayeron, poco a poco, en las garras del depredador.

Con la soledad despertó el deseo de venganza; reunió las armas aún operativas y se dispuso a cambiar las tornas. Se convirtió en el Cazador y estuvo cerca de abatir a su presa en el primer encuentro. La Bestia se vio sorprendida por el ataque y apenas logró derribarlo para escapar antes de que destruyera su punto débil. Siguió el rastro durante días, pero al encontrar el cubil donde el animal herido se resguardó, sólo obtuvo un poco de sangre seca. La Bestia, pese al susto, aceptó de buena gana el nuevo reto y asumió el papel de perseguido sin vacilar. Hubo múltiples enfrentamientos menores, pero el Cazador siempre pensó que eran juegos de su presa, pues al contemplar su rostro notaba una sonrisa sardónica que le hacía preguntarse quién cazaba en realidad.

Siguieron hacia el norte, franqueando montañas, mares y océanos. La ira, además del deseo de venganza, fueron las herramientas con que el Cazador vencía los peligros. Antes de embarcarse al polo tuvo lugar una gran batalla; una bala de gran calibre impactó en el vientre de la Bestia, arrancándole un rugido de dolor. El monstruo lo derribó con un coletazo y huyó rumbo al agua, dejando un importante rastro de sangre. Las armas del Cazador quedaron inservibles tras la batalla, pero al llegar a la costa encontró una espada medio enterrada en la arena.

Caminó cinco días en la inmensidad blanca, impulsado por sus instintos primitivos y la certeza de su muerte. No le importaba irse, sólo le preocupaba no ser el último en hacerlo. La Tierra tendría un rey, un ser que resistiría hasta el último momento y el Cazador no permitiría que la Bestia se llevara esa distinción.

La encontró en medio de un lago congelado, la transparencia del hielo revelaba su fragilidad, pero si soportaba a la Bestia también lo soportaría a él. La herida del monstruo no había sanado por completo, cuando se movía aún manaba un hilo de sangre. Un grito del Cazador alertó a la Bestia y ambos supieron que había llegado el momento de poner punto final a su historia.

La Bestia se irguió sobre sus patas traseras, el Cazador empuñó su espada y ambos se lanzaron contra su adversario. Las garras chocaban con el metal, la mayor agilidad favorecía al Cazador, pero su acero chocaba siempre contra la piel acorazada. Esquivó un golpe de cola, pero quedó desequilibrado y su presa aprovechó para atravesarle la pierna con una garra.

Los ojos de la Bestia refulgieron con la seguridad del triunfo, fue tanta su euforia que desprotegió su vientre. El Cazador usó sus fuerzas restantes para lanzar su espada, clavándola justo debajo de la herida antigua. El dolor hizo que la garra abandonara su pierna. Entonces se arrojó y logró empuñar de nuevo el arma. Con un solo movimiento destripó a la Bestia, que gruñó, chilló y se retorció hasta caer inerte.

El Cazador también cayó, dispuesto a tenderse en espera de la muerte. Contempló el hielo, vio las grietas que se formaban, pero algo más captó su atención: dos luces rojas parecían surgir de los abismos marinos, acercándose a velocidad de vértigo. Una sombra tomó forma y color, cuando supo que era, el hielo fue roto desde abajo.

Una gigantesca serpiente de color azul profundo atrapó al Cazador y a la Bestia entre sus mandíbulas, destrozando los cuerpos de ambos. Una vez los engulló, abrió un nuevo boquete en el hielo con su cabeza y volvió al abismo, tan rápido como apareció. En la superficie ya no quedaban rastros de vida.

-El colgado de las letras.

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