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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #22

Tras una buena temporada de descanso, regresa ¡Simplemente las invento! con su dosis de literatura para todos ustedes. El encargado del triunfal regreso es El colgado de las letras, en una historia con dos elementos que se llevan de maravilla: ratas y espacios cerrados.


 ¡MISERABLES ROEDORES!

Los desechos y las marcas de mordidas no dejaban lugar a dudas; todo el edificio estaba invadido por ratas, otra vez. Mientras removía la envoltura protectora se preguntaba por dónde entraron esta vez. Los filosos dientes no habían alcanzado el tubo transparente por donde circulaba el aire purificado que hacía la construcción habitable.

Hacía mucho que renunció a sus intentos por descubrir cómo los roedores podían sobrevivir en el gas tóxico que era, más bien en que habían convertido, la atmósfera. Gastó la mitad de la dotación de energía anual para su traje de soporte vital para tal cometido, un interminable ir y venir por las calles vacías, envuelto en la densa capa de smog.

Más allá de los límites de la ciudad veía la silueta macabra de las plantas que crecían en aquel mundo tóxico, ejemplos de la supervivencia que aún expulsaban oxígeno, pero en cantidades tan irrisorias que no podían competir con las emanaciones de los humanos. Ya con el problema encima ¿para qué preocuparse por reducir la contaminación?

Las pocas criaturas que no veían sus pulmones afectados, no eran nada que la ciencia pudiera clasificar, los breves avistamientos se narraban como imágenes de pesadilla y no se tenía constancia de que alguien sobreviviera a un encuentro más cercano. El único animal que aún se podía identificar era la rata, pero nadie parecía mostrar interés en buscar la causa.

Edrin finalmente comprendió que paseando por la ciudad no encontraría la respuesta, su nula formación en cualquier rama de las ciencias naturales lo ponía en pésima posición para desentrañar el misterio. Ver a los grupos de roedores pasear a sus anchas por las avenidas no le daría una explicación por arte de magia. Lo mejor era centrarse en sus tareas de mantenimiento dentro del Complejo Residencial 2-B y preocuparse sólo de exterminar a las ratas.

—¿Por dónde esta vez? — preguntó en voz alta mientras cambiaba la envoltura protectora.

Hace cinco meses que estaban libres de ratas, desde que descubrió la hendidura en la pared exterior. La grieta desembocaba justo en el cuarto de mantenimiento, estrecha pero no lo suficiente para mantener afuera a los roedores. Repararla no hubiera sido complicado de no ser por la lluvia ácida, logró salvar la vida, pero su traje quedó en pésima condición y aún no le habían enviado el reemplazo.

Ya reparado el tubo, volvió al cuarto de mantenimiento en busca de una forma para deshacerse de las ratas. El veneno era efectivo pero los inquilinos no lo aprobaban, en parte por el miedo a que sus mascotas se envenenaran y es que las tarifas de los laboratorios genéticos se habían encarecido en las últimas semanas al menos en lo que a la fabricación de animales domésticos se refería. Pero era principalmente porque los roedores solían morir en lugares de difícil acceso y se podrían antes de poder extraerlos.

Sólo tenía dos trampas operativas, además siempre lo habían atemorizado los chillidos de los animales al ser atrapados. También estaba el Queso Eléctrico, un ingenioso aparato que emulaba el olor del lácteo y propinaba una tremenda descarga a quien osara hincarle el diente. El problema era que mataba una o dos ratas por noche y después requería dos días para recargar sus gastadas baterías. Tendría que apañárselas con eso.

Tomó las trampas, el Queso Eléctrico y su navaja autoafilable, diseñada especialmente para salvarlo si terminaba atorado en el estrecho sistema de ventilación. En filo rivalizaba perfectamente con los colmillos de las ratas, aún no conocía material que las malditas no pudieran traspasar con sus infernales dientes.

Tardó unos cuarenta minutos en colocar las trampas y el Queso Eléctrico en lugares estratégicos, el mayor peligro de las ratas era que royeran el sistema de purificación del aire, ya había tenido fugas pequeñas y los efectos no eran agradables. Se arrastraba de vuelta cuando las vio; un grupo de al menos diez ratas. Cada una superaba los treinta centímetros del hocico a la cola, sus ojos destellaban maldad y sus dientes sobresalían como una atroz amenaza.

Una de ellas lanzó un chillido agudo, Edrin se paralizó mientras la manada corría hacía él, no salió de su estupor hasta que sintió la primera dentellada. Se supo perdido si no lograba desenvainar su navaja, el dolor no evitó que lanzara lejos a los suficientes roedores para lograr su cometido y entonces empezó el combate del acero contra las mordidas.

Dentro del estrecho ducto se desató un remolino de sangre y carne mientras Edrin daba cuenta de sus odiados atacantes, la cantidad de heridas en su cuerpo indicaba que él mismo se había infringido cortes, pero ya se preocuparía por eso después. Los chillidos cesaron, ya nada se clavaba en su piel, ganó el combate.

Pensó en volver por las trampas y el Queso Eléctrico. Era imposible que ese no fuera el final de la plaga, pero primero debía ir por bolsas para sacar los cadáveres, o sus pedazos. De pronto la idea le pareció agotadora, se sintió cansado, apenas podía mantener los ojos abiertos. El sonido de la alarma no pudo devolverlo en sí, el ruido advertía una cantidad peligrosamente baja de oxígeno.

Reunió la suficiente fuerza para volver la vista, en su lucha había cercenado un buen tramo del sistema de purificación de aire. No muy lejos divisó a una rata más pequeña, acicalándose los bigotes. La mirada del animal le pareció burlona.

—¡Miserables roedores! — soltó sin fuerza antes de desmayarse.

-El colgado de las letras.

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