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DEL CALDERO AL MATRAZ

En la gran mayoría de las civilizaciones, los primeros encargados de combatir las enfermedades y buscar explicaciones a los fenómenos de nuestro planeta fueron los mismos que servían a los dioses. Druidas, chamanes, sacerdotes y un largo etcétera fueron los depositarios de los primeros conocimientos científicos de la humanidad, añadido con la mística propia de su profesión nacería la magia.

Sería el ascenso de las religiones abrahámicas y su idea del Dios único lo que terminaría por transformar esta arcaica ciencia en hechicería y brujería. La persecución de estas nuevas iglesias daría lugar a dos de los grandes arquetipos de la literatura, siendo el segundo evolución natural del primero pero sin llegar a sustituirlo.

En el caldero de las brujas

El conocimiento es poder y el poder siempre puede utilizarse para fines tanto nobles como perversos, por eso no es de extrañar que estos magos fueran tanto admirados como temidos. Siendo muy común en los géneros fantásticos, desde la alta fantasía hasta el terror, la idea del mago bueno y el mago malvado es uno de los pilares fundamentales en estas historias.


Desde el Merlín de los ciclos artúricos, hasta el reciente mundo secreto habitado exclusivamente por practicantes de la magia salido de la cabeza de J.K. Rowling, las pócimas, los conjuros impronunciables, los grabados extraños y las varitas o bastones mágicos han jugado con el ideal humano de controlar lo incontrolable y ejecutar lo imposible.

Pero dejar que las personas piensen y experimenten a sus anchas siempre ha resultado problemático para los grupos que ostentan el poder. En su afán de evitar la competencia, y aprovechando su enorme poder durante la edad media, la iglesia decidió que cualquiera de estas artes no perpetrada por alguno de sus miembros era obra del demonio y una herejía imperdonable.

Aquí hemos de mencionar un libro que causó auténticas masacres durante estos siglos oscuros; el Malleus maleficarum, obra de las infames plumas de los monjes dominicos Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger. Conocido como el martillo de las brujas, el Malleus se dedica, además de intentar justificar, con poco éxito, el por qué si Dios es bueno permite la brujería, a presentar las distintas formas de brujería y el castigo para cada una.

Si bien el Malleus causó un atroz derramamiento de sangre, no podemos negar que nos legó al villano perfecto para los cuentos infantiles, pues las brujas son la representación pura de la maldad y uno de los crímenes que se les atribuía era el de comer infantes. Así esta figura pasó a la tradición oral para después ser rescatada por gente como los hermanos Grimm, que utilizan a la bruja devora niños como villano en Hansel y Gretel.

A partir de esta persecución, la acusación de la práctica de artes mágicas sería utilizado como yugo. Sus primeras víctimas fueron, como ya se debió deducir, las mujeres; parteras y curanderas que lograban gran respaldo y admiración entre sus comunidades. Obviamente el gran soltero del cielo no dejaría que sus representantes fueran opacados por la más pecaminosa de las criaturas. Tiempo después las acusaciones volverían contra los negros que serían arrancados de sus tierras natales para servir como esclavos en el nuevo mundo y a los que se acusaría de brujos para avivar el repudio de la población.

Por suerte, el mundo avanza y la mayor parte de sus habitantes, me gusta creer, toman lo más exagerado de estas historias como superchería y el resto como una forma primitiva de ciencia. Pero incluso algo como el conocimiento científico tiene sus bemoles, especialmente si se deja en manos de la gente equivocada.

Un poco chiflado

La evolución natural de nuestro querido hechicero pasa de habitar una cabaña rodeada de hierbas y ungüentos a vivir en un laboratorio que parece amueblado por el mismo Nikola Tesla. La transformación de la magia arrastra consigo a su practicante, dando como resultado al siempre entrañable y aterrador científico loco.


Para nuestro genio demente dejamos la esquina de la literatura fantástica que aún nos resta; la ciencia ficción, pero su origen puede ser rastreado antes del nacimiento de este subgénero. El primer paso de brujo a científico es el popular alquimista popularizado durante la Alta Edad Media y el Renacimiento. En los alquimistas vemos los rasgos más distintivos del científico loco: priorizar el conocimiento por encima de todo y la poca interacción social llegando al punto de ser ermitaño.

Con estas características podemos encajar al ya mencionado Merlín, al Fausto de Goethe o incluso a personas reales que dedicaron buena parte de su vida a la alquimia como René Descartes o el propio Isaac Newton. Pero la verdadera relevancia del arquetipo vendría por la pluma de Mary Shelley personificado en Víctor Frankenstein.

El moderno prometeo sentaría las bases del científico loco y también el motivo de su creación; el temor de hasta dónde podría llegar la ciencia, todo derivado de como Shelley vio a un cadáver mover partes de su anatomía al recibir descargas eléctricas. Aunado a una iglesia que aún tenía suficiente poder para entorpecer las investigaciones anatómicas, se formaba a un nuevo villano en la figura del reanimador.

Pero no sólo de levantar muertos vive el científico, por eso Robert Louis Stevenson se interesó por la dualidad que habita en todo ser humanos, capaz de la más grandes virtudes y los peores vicios. En el intento de separar estos dos impulsos, su pluma crearía al Dr. Henry Jekyll y su bestial alter ego Edward Hyde, una historia que, se cuenta, asustó de tal manera a la esposa del autor que lo obligó a quemar el primer manuscrito.

Los ejemplos de científicos locos no cesan aquí, podríamos encuadrar aquí a Griffin, el médico que logra la invisibilidad en la obra de H.G. Wells. A Herbert West, personaje con el que H.P. Lovecraft vuelve a explorar el campo de los reanimadores. Como las preocupaciones cambian mientras el conocimiento avanza, incluso me atrevo a mencionar el John Hammond que financia a un equipo de genetistas para traer dinosaurios de vuelta a la vida en la obra de Michael Crichton.

Parte intrínseca del hombre es su amor por el conocimiento, pero mientras esto conviva con su capacidad para hacer el mal y su ambición seguiremos teniendo entre nosotros a las brujas y los científicos locos para que nos recuerden pensar un poco antes de querer dar el siguiente paso.

-El colgado de las letras.

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