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EL TAMAÑO IMPORTA

Es mi creencia personal; el escritor se planta ante la hoja en blanco sin tener, en realidad, pleno control de cuánta tinta gastará en su proceso creativo. Entonces las ideas sencillas terminan por rivalizar, en extensión, con el Quijote. O esa idea que pariría la próxima gran novela de la literatura universal, se extingue apenas superadas las tres cuartillas.

Ya dicho que la extensión es algo casi incontrolable, me gustaría detenerme en un género, más bien subgénero, donde creo que es importante pensar un par de veces cuál será el modo correcto de plasmar la historia; el terror. Siendo uno de mis géneros favoritos, y repasando mi lista de imprescindibles, me encuentro con que fácilmente el ochenta y cinco por ciento de estos caen en la categoría de cuento o, en su defecto, novela corta.

Definir que es un cuento o una novela me parece una tarea digna ya no de un artículo sino de una serie de libros, pues clasificarlos por extensión, cantidad de personajes o complejidad de la trama no me parece acertado. Además, en todos estos casos tenemos la incómoda figura de la novela corta; un intento por definir un punto intermedio entre ambos géneros que sólo contribuye a perpetuar el caos.

Para los propósitos de este artículo me conformaré con una analogía sencilla; pongamos que el cuento es una salida a comprar el pan: tenemos un objetivo y buscamos completarlo de la forma más rápida posible, directo al grano y obviando tantos obstáculos como podamos. Para la novela daré la comparación de un viaje por carretera: nuestro destino también es importante, pero podemos detenernos un poco más para disfrutar los paisajes del camino, comer algo o poner gasolina, siendo todo parte de la experiencia. Para no dejarlo fuera diremos que la novela corta es el primer escenario, pero tu panadería habitual está cerrada y tendrás que ir hasta la que está dos cuadras más al sur.


 Ahora pasemos al relato de terror, y es que una buena construcción dentro del género se compara con un encuentro de lucha grecorromana, donde tienes que ir debilitando al adversario con llaves hasta que su resistencia este tan mermada que puedas arrancarle la rendición, pero no debes excederte pues el contrario podría descifrar la estrategia y montar un contraataque. En resumen, en el terror buscas, paradójicamente, preparar al lector para que no esté preparado.

Por la característica mencionada arriba es por lo que el cuento es el lugar perfecto para una historia de terror. Su extensión y la forma de cómo se trabaja permite mantener la tensión en niveles altos todo el tiempo y ajustar todo correctamente para el pico final. Como ejemplo pongamos al que considero, junto con varios más, el mejor cuento de terror jamás escrito; El color que cayó del espacio que no pudo salir de la pluma de otro que no fuera H.P. Lovecraft.

El cuento viene desde la perspectiva de un hombre comisionado para planificar el lago que inundará una zona boscosa y en el que después se construirá una presa. Pero en mitad de la zona del lago se alza una mancha de desolación gris que los lugareños conocen como Landa maldita. Tras mucho preguntar encontrará a un viejo granjero que le contará sobre el terrible destino que cayó sobre la familia que habitaba la landa desde las profundidades del espacio.

Con apenas treinta páginas, Lovecraft logra plantear un misterio escalofriante, a la par de tentador, por lo que llegamos a la parte de la anécdota con el pulso ya acelerado pero, aunque no lo creamos, nada preparados para lo que saldrá de los labios del viejo granjero. Los horrores aumentan de magnitud sin pausa, con apenas un par de párrafos entre medias e incluso, y aquí viene lo magistral, cuando pareciera que lo peor ya pasó y bajamos la guardia, seguimos tan inquietos que saltamos en el momento que se revela la auténtica conclusión.

Con las pausas propias de la novelas, una estructura como la de arriba es imposible. Y ahí radica el problema, pues dejar que el lector descanse en medio de algo que debería asustarlo hace que se desvanezca la tensión lograda hasta ese punto, teniendo que empezar de cero. O peor, haciendo que el autor se arriesgue por meter el susto de golpe, cosa que lo hará menos efectivo y podría hacer que el lector abandone la suspensión de la incredulidad.


Perder la suspensión de la incredulidad es catastrófico en una historia de terror, pues ninguna soporta el escrutinio. La trama se hundiría hasta el punto que lo aterrador pase al plano de lo ridículo, para un mejor ejemplo véase Eso de Stephen King y su todopoderoso pájaro gigante que se suspende en el aire con ayuda de unos globos de igual tamaño, aunque siendo francos con o sin suspensión de la incredulidad es una escena ridícula.

Esto no quiere decir que todas la novelas de terror sean malas, la mayoría peca de relleno ridículo (Stephen King), introducciones demasiado largas (H. P. Lovecraft) o pausas que rompen por completo el ritmo (Brian Lumley, que también peca de poner finales horribles a buenas historias). Pero hay ejemplos rescatables incluso entre lo más vilipendiado del género; tomemos al propio King y El resplandor, su única novela que mantiene el tipo durante todas sus páginas y la única novela de terror realmente larga, junto con El umbral de Patrick Senécal, que realmente logró su objetivo en mi.

Otras novelas dignas de ejemplificar el género son La feria de las tinieblas de Ray Bradbury, que de paso es una versión refinada de Eso, La casa infernal de Richard Matheson y La maldición de Hill House de Shirley Jackson, un artículo completo de esta última les espera en este enlace. Pero ninguna de ellas supera las trescientas páginas, dándoles el espacio justo para maniobrar con sus planes para asustarte.

Esta es mi mera reflexión basada en lo poco que he leído sobre el género y la forma en que lo comprendo, además de la razón por la que prefiero colecciones de cuentos antes que novelas, al menos dentro del género de los sustos. Pero el debate queda abierto, pues no tengo la verdad absoluta, utiliza la sección de comentarios para demostrar lo equivocado que estoy o apoyarme un poquito, que igual te gusta.

-El colgado de las letras.

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