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HUMANIDAD ENLATADA

Los relatos de ciencia ficción, por lo menos en su tiempo, siempre tienen la característica de ser especulativos, es decir, una mirada al camino que podrían tomar los avances tecnológicos y científicos de la especie humana, a tal grado que se acuñó el término ficción especulativa.

Con el tiempo dicha especulación termina por quedar atrás, sea que se cumpla o fracase y las historias quedan como una curiosidad, un mero testimonio de lo que esperaban las generaciones pasadas de nuestro presente. Pero el avance muchas ocasiones es más lento de lo que estos visionarios pudieran prever.

En tiempos recientes hemos asistido a lo que parece el principio del siguiente gran paso en la historia de la tecnología: la inteligencia artificial. Siendo todavía material para las historias especulativas, la capacidad de crear una máquina cuyo comportamiento no dependa de un programa específico para realizar sus funciones.



Máquinas creadas a imagen y semejanza del hombre ha sido un sueño y una pesadilla recurrente en la ciencia ficción. Ejemplos tenemos desde Terminator pasando por Matrix e incluso coqueteando con la biónica en el caso de Robocop. Ahora los temores y las esperanzas se trasladan al mundo real de la mano de grandes personalidades en el campo de la tecnología que esgrimen argumentos tanto a favor como en contra de continuar nuestro andar por esta senda.

Robots y androides

Dentro de la ficción distinguimos dos grupos de estos profetizados autómatas, aunque muchas veces los términos se mezclan. Empecemos por el más popular; el androide, que viene a ser un robot de aspecto humanoide que puede imitar a las personas a tal grado de llegar a confundirse con estas, presentando anhelos, sentimientos y demás cosas asociadas típicamente con los humanos.

Quizá la obra más conocida sobre esta clase de máquinas sea de la pluma de Philip K. Dick, incluso llevando la palabra en su título con: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Entre medias de toda la introspección del autor, nos encontramos con el problema más habitual de crear una máquina similar a nosotros; su deseo de ser tratados como iguales y nuestra necedad de considerarlos sólo máquinas.

No creo necesario decir lo atroz que resulta crear un ser con sentimientos para esclavizarlo y maltratarlo, y es precisamente esta faceta sádica de nuestra especie la que da un gran peso a los escenarios que pintan una rebelión de la I.A. contra sus creadores.



Para los fines que se pretenden con estos autómatas sería mejor recurrir al robot y el ejemplo más claro de estos sistemas es creación de Isaac Asimov, teniendo como gran referente su colección de cuentos Yo, robot. Con excepción de Stephen Byerley, y esto con dudas, no existe ningún androide en los cuentos que se reúnen bajo este título.

Desde la niñera robot del relato inaugural, hasta las poderosas computadoras positrónicas que toman la humanidad a su cuidado en la historia final, tienen un grado de inteligencia artificial pero no dejan de estar sujetas a las tres leyes de la robótica programadas en ellas.

Sin estar sujetos a la forma humanoide, los autómatas de Yo, robot se perfilan como un resultado menos alarmante en lo que a la investigación de I.A. se refiere. Con las características humanas mínimas para realizar su trabajo y la imposibilidad de desobedecer las leyes de la robótica. Incluso en el cuento Razón, donde un robot con gran capacidad de razonamiento y gesta una especie de religión, se ve sometido aún a las leyes sin saberlo.

El triunfo de la ciencia

Por todos es conocida la sentencia que recibieron Adán y Eva por parte de su creador al desobedecer, condenados a ganarse el pan con el sudor de su frente. Paul Lafargue en su ensayo El derecho a la pereza retoma las palabras de Aristóteles al defenderlo contra el argumento de que los pensadores griegos podían entregarse a una vida de ocio gracias a la esclavitud: ...si, por ejemplo, las lanzaderas de los tejedores tejieran por sí mismas, el jefe del taller ya no tendría necesidad de ayudantes, ni el amo de esclavos.

Y ese sería el mayor logro en nuestra investigación de la temida I.A. y la automatización; librar al hombre de la necesidad de trabajar para vivir. El problema es qué camino escoger para llegar a esa meta ¿Los robots de Asimov o los androides de K.Dick? La respuesta parece obvia, pero a fin de cuentas estos escritos no son más que especulación.

Para mayoría de los expertos en el tema, darle forma humana a los robots es más un lastre que una ventaja por las limitaciones motrices que presenta para determinadas tareas. Pero la forma es lo de menos y cuando estas historias también queden desfasadas, sea cual sea nuestra decisión, todo dependerá de el lado de nuestra naturaleza que gane la batalla. Y es que crear algo igual a nosotros para no tratarlo de esa forma, es una gran receta para el desastre.

-El colgado de las letras.

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