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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #26

Inauguramos nuestra semana con una nueva entrega de ¡Simplemente las invento! De la mano de Montolivo Llosa conoceremos a otro de sus “artistas de la muerte”, prepárense para un poco de sangre.

SEMÁNTICO
La mañana representa desde hace mucho una nueva oportunidad para tomar decisiones que acaben por afectar cada espacio en su futuro. Seguro que lo sabe bien. Con todo, ha decidido ignorar el total de consecuencias. Se encuentra frente al espejo para poder eludir su necesidad de compartir con alguien más su día. No le preocupa, y menos incomoda no tener con quién hablar. El silencio lo percibe como algo poético y necesario. Sin embargo, a menudo tiene un pensamiento hostil. No sabe de qué forma puede callar tantas voces en su cabeza. Esgrime un pedazo de baguette como si fuera una espada. Se mide en la pared como un chiquillo. No toma café; eso es para gente sin esencia. Vierte sobre su vaso la leche hasta casi ser derramada. Al paso que recibe la primer estocada.  
Antes, al principio de todo este silencio. Permanecía varias semanas sin necesidad de entablar diálogo con persona alguna. Ahora lo necesita a menudo; poco a poco, su soledad ha sido minada, muchas veces pareciera ser parte de un sueño, de un largo letargo que lo sume en una somnolencia hostil. Al despertar, suele sentirse como si un camión le hubiese pasado encima.  
–Anda, pasa. Te esperaba un poco más temprano. – Agrega mientras sonríe amablemente al invitado.
Su comensal permanece en total mutismo, poco a poco Jonás empieza a servir el primer platillo. Sin embargo, sobre la mesa se encuentran doce más. No es casualidad que el número trece representa para la gran mayoría un tabú de mala suerte, pero para este joven solitario, da igual. No es mayor problema que sean trece (contándolo a él) los convidados a su mesa.
–Me disculparás por el menú que no es tan variado, últimamente la economía no va del todo bien. ¿Cómo? Claro, el baño está al fondo, ya sabes. – Responde amablemente.
Mientras espera a que vuelva el invitado que ha sido más puntual, un chirrido le hace sentir que la piel se le eriza. El timbre anuncia la llegada de otro. Con su caminar algo torpe se dirige a la puerta. La sorpresa se vuelve tan notoria en su rostro; pues no cabe de alegría al ver llegar a cuatro de los invitados. Atento como ninguno, les invita a pasar. Ya en la estancia, los acompaña para que tomen el lugar según lo ha dispuesto. Es bastante extraño que después del tiempo que ha decidido estar solo, ahora disfrute de esta variada compañía. La casa comienza a llenarse de un murmullo que cada vez se hace más fuerte.
–Las cosas son distintas ahora, señoras y señores. Uno aprende a mirarse al espejo y dejar atrás todas aquellas medidas que la masa nos permite comprar. Yo no era una persona feliz en ese mundo de sonrisas falsas y una burda honestidad. No es que me moleste quien sabe decir la verdad, sino que me fastidia aquel que lleno de mal olor, señala a otro por su aroma. Ello me llevó a decidir encerrarme. Claro, a veces uno necesita de su compañía. No sean tímidos, la mesa está servida para ustedes.
Sabe, de sobra, que el resto de comensales no podrán asistir el día de hoy. Sin embargo esto no le incomoda. Pide de la manera más atenta que disfruten de cada platillo preparado especialmente al gusto de ellos. Pide permiso para ausentarse unos minutos y refrescarse en el baño. Sus pasos son como los de un niño mimado. Largos y pesados. Va silbando una tonada de alguna melodía de los años noventa. Antes del sanitario, un espejo le mira directamente a la cara. Sonríe astutamente.
–No tengo porqué esconderme de nada. No soy una persona mala. He tenido momentos de furia desmedida, pero sé controlar bien mi carácter. Tú que sabes todo deberías decirme cuándo fue la última vez. Y sí, sé que sabes hasta dónde pude haber llegado, pero no lo hice. Todo quedó por la paz. Me gusta perseguir a las personas, me gusta verlas quedar sin aliento. Cada día cuando escojo un amigo para jugar, observo por dónde camina, qué le gusta comer, cómo va vestido. Es muy gracioso que la mayoría de personas nunca tienen tiempo para ver quien las sigue. Es irritante pensar que solo ven lo que pasa cerca de ellos. Pero siempre; siempre evaden mis ojos. Yo camino ahí, al margen de lo secreto, en ese silencio que los va seduciendo.
Al volver a la mesa, estaba un constante barullo. Insoportable para él. A lo que Jonás reacciona de una manera un tanto intolerante. Hace un ademán de silencio. Todos callan. Ninguno ha tenido a bien desafiar la orden.
–No crean que soy un pesado, chicos. La verdad que no. Pero saben que me molesta que las conversaciones no tengan sentido alguno. No sé por qué el mundo se divierte en mantener pláticas tan absurdas. Soñar con más dinero, prestigio o mujeres, me parece algo muy carente de esencia. Hemos sido capaces de avanzar y conquistar mucho como para resignarse en el punto más bajo. ¿Quieren que les cuente por qué estamos todos aquí?  
Nadie se atrevería a decir que son miradas aquellas que se erigen hacia él. Sin embargo él se entrega al placer que le provoca ser ese centro de atención. Camina ahora con pasitos pequeños y dando saltitos, No puede contener la emoción y da una especie de gritito; algo como lo que hace un roedor cuando intenta comunicarse. Va de un sitio a otro, pareciera que baila con alguien. Corre hasta el salón y pone en marcha un viejo tocadiscos. Pone su canción favorita y pide con las manos que todos guarden silencio.
–La música, muchachos. Lo es todo. Ya que la intriga nos atañe a cada uno. Hablemos. Comprendo que la virtud de la cual carece todo individuo que venga a pisar este planeta consiste en la falta de sentido común. Nadie niega que la necesidad de los más poderosos sea estar dentro de un grupo. Ese lugar lo convierte en alguien. Ahora, esa misma necesidad lo lleva a veces a tener que soportar corros de los cuales no son parte. Esa absurda regla de lo políticamente correcto. ¡La detesto! Uno debería estar siempre con personas, que aunque diferentes; no nos cambien la esencia.
Se le han puesto rojas las mejillas. Se balancea de un lado a otro y los ojos siempre permanecen cerrados. Lleva sus manos a la altura de los codos y comienza a descender.
Se sienta en el piso. Un trance lo ha secuestrado. No escucha nada. No tiene tiempo o interés en nadie. Su respiración se hace cada vez más lenta y profunda. Abre los ojos.
–Vaya, siguen aquí. – Espeta muy bajo. Ahora que despierta de su trance una sonrisa lívida le enmarca el rostro. Continúa su soliloquio…
–Muchachos, no me miren así. Saben que todo lo hice conforme a un método que los pone en su sitio. Jamás he sido uno de esos inconscientes que no entienden su lugar en este universo. Dime, Martín. No sientas vergüenza, la mañana que comencé a seguirte. ¿Recuerdas? Bueno, esa mañana estabas triste, caminabas a pasos lentos y dudosos. Te miré. Tú no sabías de dónde te miraba. Hurgaste constantemente el bolsillo de tu pantalón. Eso se debía a dos cosas, o no llevabas dinero suficiente, o no sabías qué comprar. Caminaste hasta la siguiente estación, tampoco subiste al tren y seguías con la mano en tu bolsillo. Confirmé que no tenías fondos. Me acerqué a ti. Te dije que necesitaba llegar a algún sitio. –Comienza a sonreír y una carcajada le parte en dos y vuelve al suelo, doblado por la risa–. Mi acento era malísimo, y aun así decidiste ayudarme. Pagué los pasajes y te dije que te invitaba un café. No tardaste en aceptar. Fue mágico verte morir. No, no debes decir nada. Moriste como debías hacerlo. Me encantó perderme en aquella solitaria calle, la misma donde varios como tú han visto sus últimos minutos. Ibas delante de mí, seguro de saber dónde estabas. Me acerqué a ti y te hundí hasta donde pude mi bonita navaja. Te retorciste de dolor. Te mantuve pegado a mí; trataste de luchar, pero el acero dentro de ti destrozaba tus entrañas. Te miré a los ojos. Besé tu boca, aún sabias a café y sentí asco.
Una lágrima comienza a recorrer su rostro, está conmovido. Los mira directamente a los ojos y él escucha atento. Están clasificados y destinados a lo que la vida no supo darles. «El orden de la sociedad comienza ahí» al menos así lo cree Jonás. El silencio pone a todos en su sitio.  
–Cada uno ha sido tratado de acuerdo a ese minucioso orden. Martita, cielo. ¿Cómo fuiste tú llevada al paraíso? Te conocí en la biblioteca. Siempre sola, mujer. Cargabas a cuesta un sensualidad que no lograste percibir. Poco a poco me acerqué a ti. Fuiste difícil. Caminabas por calles distintas. Un día tropezamos, la montaña de libros que llevaba me dieron tu confianza. Salimos semana y media. No podías morir vulgarmente. Tú eras distinta. Te preparé una cena, la cicuta siempre tan igual al perejil no tardó en hacer efecto. Deshacerme de tu cuerpo fue más laborioso. Pero cada perro de esta ciudad me agradece tu carne. Pablo, querido. A ti te conocí en ese gimnasio de quinta. Eras un simple vulgar que confiaba de más en sus músculos. Tu cabeza daba para más, amor. La zona ayudó demasiado, calles sin alumbrado, el primer batazo sobre tu cabeza quebró todo. Aullaste, pero estabas perdido. El segundo destrozó, el tercero, cuarto, quinto; molió tu cabeza, de todas formas de nada te servía. – Vuelve a sonreír y sufre un espasmo que le provoca un pensamiento de lujuria –. Dulce, tan menudita. Te seguí meses. Incluso fui tu jefe en aquella farsa de campaña para recolectar firmas a favor de algún animal que de todas formas va a morir.
Eras una simple mujercita simplona. Sin nada que atrajera de más a nadie. La lluvia, que debo admitir me tomó por sorpresa fue el caudal para que llegáramos a tu casa. Me invitaste a pasar, secamos la ropa y me tendiste un pijama de tu amante en turno. Te dije que disculparas mi atrevimiento pero que me dejaras tomar una ducha para no resfriarme, «Claro tonto» me respondiste. Pusiste a llenar la bañera y todo estaba listo. Te llamé. Acudiste sin temor y te tomé por la fuerza hasta llevarte al fondo de tu asquerosa tina. Luchaste, claro. Pero no lo suficiente, niña boba. Me apetece leer lo que los diarios dicen de un tal asesino que anda suelto –Aquí pone en blanco lo ojos y remeda el gesto del niño que desafía a la madre–. Pero no tienen idea que solo organizo lo que su mercadotecnia separa. Son unos torpes, puesto que nunca sabrán quién los sigue de cerca. Me temen, por eso no se atreven a buscarme. ¡Pero vale, basta ya! Los otros chicos no han podido asistir, pero un día estaremos todos juntos. Aún faltan muchos por ser convidados a esta comida. Un día tendremos esa compleja masa que realmente entienda el orden.
Una vez más entra en su ensimismamiento. Ha guardado silencio, no se detiene a escuchar a nadie más. Es solo él y esa paz de su meditación creando su propio universo. Todo gira en torno a sus detalles más básicos. No hay nada que no encaje con su grupo. De eso se ha encargado.  
Nadie habla con nadie. Solo él atiende a sus voces. Pues sólo él puede hablar de frente con la muerte.

-Montolivo Llosa.

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