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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #27

Para la edición veintisiete de ¡Simplemente las invento! llega El colgado de las letras de nuevo en el género de los sustos, esta vez con una macabra historia más bien gótica.



CHIVO EXPIATORIO

Salió antes que el sol, dejó la iglesia desprovisto de cualquier señal que lo delatara como el encargado de asegurar las almas del pueblo para Dios. En el aire, suspendido, el aroma de la peste se colaba por todos los rincones. No había quien recogiera los cadáveres, pero no era necesario pues ellos mismos se encargaban de levantarse y dirigirse al corazón del bosque que los rodeaba.

Sólo otra persona estaba en las calles a esa hora: el herrero; único hombre que aún podía mantenerse de pie. Por lógica se le asignó el caballo que había sobrevivido a la peste y se depositaron en él las esperanzas y las cartas de auxilio dirigidas al Papa. Cabalgaría a Roma con las súplicas y la condena del sacerdote en sus bolsillos.

Godfred, el sacerdote, se detuvo un instante para contemplar al mensajero alistando su montura. Por un momento la fe se renovó y sopesó incluso afrontar el castigo por desobedecer al Vaticano. Una ráfaga de viento llevó el olor a putrefacción hasta su nariz, recordándole la inutilidad del dios al que juró servir en el problema del pueblo.

Llevaba el libro, su instrumento de condenación pero también para la salvación de todas las personas que confiaron en él. Recordaba cómo acudieron en masa a la iglesia cuando los muertos empezaron a levantarse y el aire a envenenarse. Entonces todo cuanto pudo hacer fue solicitar su ayuda para rezar, pero cuando los días pasaron y el manto de la no muerte se extendió sobre ellos, cuando los muertos que cada noche se dirigían al bosque comenzaron a llevarse a quienes tuvieran el infortunio de cruzarse con ellos, los feligreses se retiraron.

No los comprendió, ni les brindó su apoyo. Los atacó con sermones sobre como su falta de fe y demás pecados, la mayoría inventados, habían desatado ese castigo divino sobre el pueblo. Sólo Emet, sacerdote retirado que pasaba sus últimos años entregado a la erudición en el pueblo, se atrevió a decirle que el único pecado era el suyo.

—¡Jamás mandó el libro a su santidad!—le reprochó frente a los demás—, ¿no me dirá que no recuerda el libro que encontraron durante la excavación del nuevo pozo? Yo no olvido que le ayude a traducirlo y las blasfemias y herejías que contenía.

Az árnyékok könyvét; traducido por Emet como El libro de las sombras, empastado con un extraño metal dorado de brillo opaco. Su contenido hacía menester enviarlo al Vaticano para que fuera resguardado de ojos curiosos, pero Godfred había pospuesto su envió, no tanto por desidia como por la extraña atracción que el texto ejercía en él. Lo había leído, completo al menos tres veces, asimilando sus oscuros ritos e invocaciones.

La primera parada fue el lupanar, no fue bien recibido, pero tras explicar sus razones accedieron a suministrarle lo que necesitaba. La Madame del lugar sabía lo suficiente de las artes paganas para comprender que la solución de Godfred sería efectiva, el sacerdote abandonó el viejo edificio con un balde casi lleno con los abortos frutos del oficio que ahí se practicaba.

Aún no podía creer que recurriera a sus viejos enemigos para salvar al pueblo; primero la adulteras y ahora debía internarse en el bosque en busca de los brujos que persiguió con avidez. Rezaba aún a sabiendas de que resultaba inútil. Cada cien pasos debía detenerse para trazar un símbolo de muerte en la tierra, todo para que los lobos, que infestaban el bosque desde la llegada de la peste, no pudieran acercarse.

Fueron los brujos quienes lo encontraron a él, deseosos de venganza estuvieron a punto de arrojársele encima, pero Godfred levantó presto el libro y sus atacantes comprendieron lo que buscaba al ver los símbolos de la cubierta. Les entregó el balde y se sentó a esperar mientras sus enemigos hacían gala de sus artes. Entonces recordó lo acontecido la noche anterior, se disponía a luchar contra el remordimiento de no ayudar a su pueblo y el miedo por la amenaza de Emet de enviar una carta a Roma para pedir auxilio y dar cuenta de la herejía del sacerdote. Sopesaba si aún estaba a tiempo de enviar el libro cuando la voz se instaló en su mente:

—¿Eres tan ingenuo para pensar que eso salvará tu pueblo?

Era un tono mecánico, desprovisto de maldad o bondad, tan indiferente que helaba la sangre.

—Ya deberías ser consciente que estos hábitos tuyos sólo sirven para perpetuar una mentira que garantiza el control de tus semejantes. Leíste mi libro y aún crees esas tristes historias, quizá necesitas ver la verdad de primera mano.

En su mente se grabó la imagen de mundos flotando en un vacío negro y de una jerarquía de seres, cada cual más grotesco, que luchaban entre sí para dominarlo y así ampliar sus ejércitos con el único propósito de continuar la lucha. También vio al ser putrefacto de cuerpo verdoso con pústulas amarillentas, lleno de miembros deformes y ojos colgantes por sus cuatro costados; el culpable de lo que ocurría en el pueblo.

—Tu santo padre no es un respuesta — Interrumpió la voz sus visiones — pero yo y mi libro sí.
Los brujos terminaron, en el balde sólo quedaba una mezcla líquida muy oscura, antes de internarse en el bosque, uno de los ancianos le entregó una pócima verdosa contenida en un frasco de vidrio cerrado con un corcho.

—Nincs test az elme nélkül — sentenció el brujo antes de alejarse con los demás.

El olfato lo guió hasta la fuente de la podredumbre, hasta donde el olor se volvía insoportable. Casi había oscurecido cuando contempló, a la luz de cuatro hogueras, como los cadáveres reanimados fornicaban y danzaban con movimientos grotescos, estrellando sus carnes con ruidos asquerosos que lo obligaron a vaciar el estómago. Abrió el libro por una página doblada, repaso el rito y recitó la primera parte del conjuro, una neblina oscura formó un cerco a su alrededor.

Con su cubierta lista, se deslizó tan silenciosamente como pudo, lanzando su mezcla sobre cada una de las hogueras, apagándolas. Cuando la luz de la segunda se hubo extinguido, los muertos se percataron de que algo iba mal y empezaron a buscarlo. La extinción de la tercera llama enloqueció a los cadáveres, que empezaron a soltar manotazos entre la oscuridad con la esperanza de atraparlo. Antes de extinguir la última hoguera, apartó un tizón.
La luz mortecina del tizón bastó para dispersar el manto que lo cubría, la última hoguera no murió a tiempo para no ser descubierto. Una marea de carne putrefacta se arrojó sobre él, se obligó a mantener la calma y recitó el conjuro. De las hogueras se levantó la oscuridad, segando cualquier vestigio de luz proporcionada por los astros y abalanzándose sobre los muertos que se veían arrastrados a las sombras.

Los ruidos y el olor se extinguieron, Godfred sopló sobre el tizón hasta tener una llama que alejara las sombras. Sabía que el ritual servía a una de las potencias del universo para destruir al ejército de su enemigo y al mismo tiempo para penetrar en el mundo. Pero necesitaba un cuerpo y una mente que poseer antes de empezar sus planes de dominio. Las sombras empezaron a girar, produciendo una ráfaga que amenazaba con extinguir la débil llama. Godfred no expulsaría a un demonio para entregarle el mundo a otro.

— Nincs test az elme nélkül. No hay cuerpo sin mente — murmuró mientras quitaba el corcho y bebía la pócima.

La comitiva enviada por Roma, guiados por Emet, encontró un punto del bosque arrasado, ahí encontraron el cascarón de lo que fue Godfred, con todos sus órganos internos licuados, especialmente el cerebro. La historia oficial fue que el sacerdote abrazó la herejía y, en secreto, desató la peste sobre el pueblo. También sirvió para ejemplificar cómo Dios puede utilizar el mal para cosas buenas, pues uso al sacerdote corrupto para reunir todos los pecados del pueblo y con su expiación los había dejado limpios.

El libro se envió al Vaticano para ser resguardado, los restos de Godfred fueron quemados y un exorcismo se practicó en la zona arrasada del bosque. Emet fue comisionado para guiar al nuevo sacerdote que sería enviado al pueblo y se le nombró en este cargo de forma temporal. Al caer la noche algunos aldeanos se le acercaron para decirle que había unas sombras raras danzando entre los árboles. Emet les recomendó rezar y dejar el licor.

-El colgado de las letras.

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