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¿QUE SI CREO EN LA NAVIDAD?

¿Que si creo en la navidad? Hija mía, yo soy la navidad.

Hace mucho tiempo, a unos días de mi cumpleaños número diez, mi padre recibió una llamada que yo sabía, había estado esperando con ansias desde hacía semanas. Era mi tío, y le hizo saber que todo estaba listo, era hora de partir. Mi tío tenía años trabajando en alguna fábrica de relojes en el norte de América; yo nunca lo conocí, pero sé que fue una excelente persona.

Cuando se enteró que mi padre había perdido su trabajo de corrector de libros, y después de tiempo no podía encontrar uno nuevo, le comentó que en la fábrica donde trabajaba necesitaban más trabajadores y él podía recomendarlo con el dueño para que le diera un trabajo. Hoy recuerdo que mi padre y mi madre discutían la propuesta por las noches, largas pláticas bisbiseantes y, a veces, dejaban de serlo, pues ahora estoy cierto, que esas fechas no estaban siendo las mejores en nuestras vidas.

El primer día de aquel diciembre, le dije a mi madre que cuando fuera grande, quería ser escritor como mi padre y, para mi cumpleaños, deseaba no más que una buena máquina de escribir. Si hubiera sabido que mis padres no tenían dinero ni para pan, nunca le hubiera pedido eso a mi madre. Pero ella me respondió que era una buena elección y que aquel era un bello oficio y era mejor que lo escribiera en una carta y lo deseara como nunca antes algo. Y al tiempo que se acercó la navidad, también se acercó una noticia que sin duda alguna, cambió mi vida.

A escasos diez días de mi cumpleaños, mi padre y mi madre pronunciaron mi nombre y después solicitaron mi presencia en el comedor. Mi padre, dijo con voz entrecortada que tenía que irse por algún tiempo; mi madre, además de que no pronunció palabra alguna, tenía los ojos cristalinos. Yo no entendía por qué, ni para qué; no tenían ningún sentido las palabras que acababa de escuchar, estábamos a pocos días de mi cumpleaños y de la navidad. Y todo significaba que mi padre se iría a trabajar a un lugar tan lejano, que no solamente esta navidad la pasaríamos separados, sino muchas más.



Mi padre se despidió de mi madre y de mí, envuelto en tristeza, a sólo una semana de mi cumpleaños, a sólo una semana de la navidad. No supimos nada de mi padre durante siete días; nos ahogaba la nostalgia y la ansiedad nos espantaban los sueños.

Aquel veinticuatro de diciembre, en mi mente la navidad se había esfumado, no existía ya, mi único anhelo era escuchar sonar el teléfono y que al otro lado estuviera mi padre como lo prometió. Pero eso no pasó ese día.

El veinticinco de diciembre, te digo hija mía, que fue el mejor día de mi vida. Un día que jamás me hubiera podido imaginar. Aquella mañana al despertar, salí de la cama con rumbo a la sala, pretendía pasar todo el día sentado en el sillón junto al teléfono esperándolo sonar, pero al pasar frente a nuestro patituerto árbol de navidad, la vista me la robó una caja de madera; adentro, adentro estaba la Olivetti con la que acabas de escribir tu carta, hija.

Corrí de inmediato a darle aviso a mi madre y ella se emocionó tanto como yo; me sugirió escribirle una carta a mi padre y colgarla en el árbol, y así lo hice, y cuando terminé de colocarla, juro que hubo un verdadero milagro navideño. El teléfono sonó, yo pegué un brinco, y cuando me contuve, levanté la bocina de inmediato; era él, era la voz de mi padre a cinco mil kilómetros diciéndome feliz navidad, feliz cumpleaños, hijo. Sin duda alguna le conté del milagro que acababa de suceder y él me dijo que sabía de lo que hablaba, pues hace diez años yo había sido su milagro de navidad.

-Jorge Gutiérrez Prado

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