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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #29

Tras una cubetada de agua fría lograron despertarnos, y nuestra derrota en el concurso de cuentos de navidad nos quita la desfachatez de seguir bombardeando al mundo con nuestros textos. Volvemos pues a la carga con un cuento de Jorge Gutiérrez Prado, que te hará pensar dos veces cuando quieras cambiar de residencia.


LA ÚLTIMA MAÑANA DE LA SEÑORA VERDINI

A un par de meses de la boda, el señor y la señora Verdini comenzaban a poner en orden todos los asuntos que les reclama el matrimonio a los recién casados. La dulce señora Verdini, aún una fresca y vanidosa joven blanca de cabellos dorados, había quedado de acuerdo con su esposo en mantenerse dedicada a los oficios del hogar. Era vivaz, y él ahora viudo señor Verdini, no me dejará mentir si aseguro que su difunta esposa, enamoraba a cualquiera que osara mirarla directamente a los ojos, él diría que fue así justamente como se enamoró, mirándola largo rato, poniéndole toda su atención al verdor que amaba.

El señor Verdini, ciertamente no podía presumir de la delicadeza de su esposa, él era un hombre tosco y pelirrojo, una cuarta más grande que su señora, y sus ojos no hacían juego más que con la tierra. Sus labores diarias se concentraban en sellar postales en la oficina del correo durante todo el día. Y dirán los grandes escritores, que qué vidas más apenadas, pero los esposos hubieran impugnado  y declamado su respuesta en verso y no en prosa.

Una rutinaria tarde, donde sin faltar a lo habitual el señor Verdini se había entregado ya por completo al lento ritmo de la acción de entintar y sellar, llegó el coche repartidor de cartas del estado y entregó, como cada quince días, los grandes paquetes cargados de historias. Al cabo de unas horas, cuando estaba a punto de terminar de separar las cartas por su respectivo código postal, una sorpresa se llevó cuando una de las del final llevaba su nombre. De inmediato la tomó y miró de dónde venía, cuando se enteró, su cuerpo se llenó de alegría.

La carta venía de México, y sabía el señor Verdini que sólo una persona podía ser el autor, pero la sorpresas siguieron, no estaba firmada por quien esperaba, sino por un teniente mexicano que explicaba que su padre había muerto hacía ya algunos meses. Entre otras cosas, igualmente había un expreso párrafo, que contaba la herencia que había sido puesta a nombre del entonces joven; una casa y sus detalles rellenaban el escrito, y un saludo y una dirección lo cerraban.

Camino a casa, el señor Verdini no entendía lo que estaba pasando, no sabía que sentimiento dejar pasar a su cuerpo; bien hubiera podido gritar miles de maldiciones, como también volcarse en el peor de los lamentos, pero decidió esperar y contarle a su esposa la mala noticia.

Al entrar a su hogar, fue recibido por una mezcla de olores que no precisamente se complementaban, por un lado, notó el olor de las especias que sazonan a un buen puchero, por el otro, resaltaba el aroma de la madera del piso recién fregada con la bayeta. La señora Verdini no figuraba en el corto panorama, pero supuso su esposo que se encontraba en su habitación y para allá tomó camino.

Luego de subir las escaleras, empujó la única puerta que a la vista existía y entró a su habitación para ver a la bella señora Verdini, sentada frente al espejo peinando sus cabellos, envuelta en la más pura complacencia tornada a la más auténtica ternura.

Allí, los esposos, cubiertos en su plena confianza y dulce amor, lloraron juntos abrazados sin pronunciar palabra alguna, después de que el señor Verdini enseñara la carta que confesaba la muerte de su ausente padre. Ya en el comedor, la lectura continuó dando aviso de la herencia que había sido dejada en el centro de una lejana ciudad.

A la palabra México, la acompañaban pensamientos incompletos, llenos de ignorancia y, por parte del señor Verdini, de melancolía; pero en el fondo, ambos encontraron en las palabras de la carta una halo de esperanza que se delató cuando se encontraron sus miradas y tomándose de las manos decidieron dejar de pagar la renta de su pequeña casa y abandonar el norte de España para viajar a un lugar desconocido donde los esperaba un nuevo hogar.

Las maletas y los últimos preparativos quedaron listos después de algunos días; ciertamente, no pretendieron mudar todos los utensilios que engalanaban su casa, simplemente llevaron algunas maletas con sus ropas y el resto pasó a manos de los vecinos a cambio de algunas monedas con las que se compraron los pasajes a lo desconocido, a lo ignorado, a un destino al otro lado del océano atlántico.

Del viaje no hay mucho que contar más que cientos y cientos de leguas de agua salada, hasta romperse el paisaje azulado con las costas de México; y así se adentraron a tierra y después de vastos días, llegaron por fin a la Ciudad de México, a la bella y no tan lejana colonia Roma, a la histórica casa de las brujas. En esa hermosa casa vivió el padre del señor Verdini desde que fue expulsado por su propio padre por ser acusado de brujo, cosa que a su hijo siempre le pareció de lo más burdo e incluso una increíble historia que tapaba otra más adecuada a la realidad.

Pronto se instalaron en la singular casa de estilo gótico y en tan solo algunos días, ya conocían a los vecinos de nombre y apellido. Los esposos y sus nuevos amigos mexicanos compartían no solo la castilla, sino el buen humor y la dicha, como ellos lo sostuvieron, de coincidir en este tiempo. El señor Verdini rápidamente consiguió trabajo en una editorial de un buen amigo y vecino escritor, conocido de su padre; por su lado, la señora Verdini decidió seguir encauzada en las arduas labores que emana un hogar.

Una tarde al regresar del trabajo, el nuevo ayudante de editor quedó pasmado al abrir la puerta de su casa, y escuchar los lamentos de su amada envueltos en el más literal estupor. De inmediato, se adentró a la casa, subió las escaleras y miró a su esposa sentada frente al espejo envuelta en llanto, “qué pasa” preguntó. Mírame, amor, ¿qué es lo que me ha pasado? le respondió. El alterado hombre dio algunos pasos atrás para encender la luz, y cuando se iluminó la habitación, notó que los cabellos dorados de su esposa, se estaban tornando a negruzcos.  

Claramente nadie supo que hacer y desconcertados y asustados esperaron al otro día para dirigirse a primera hora con el doctor más cercano; éste, argumentó que no era normal lo que estaba sucediendo, pero estaba dentro de los estándares de cosas que le pueden pasar a una persona cuando hace abruptos cambios de clima, de altura o de ambiente.

Si bien no quedaron del todo satisfechos, ambos volvieron a sus actividades diarias. La señora Verdini, no pudo separarse durante todo el día del espejo, se observaba delicadamente y no comprendía que le estaba sucediendo; tan solo de la temprana mañana al medio día, su cabello se había vuelto por completo color del carbón. El señor Verdini, por su lado, no pudo concentrarse en sus labores y fue a algunas horas de su hora de salida cuando decidió abandonar el trabajo y regresar corriendo a su casa.

Al llegar a su hogar, la tensión que acumuló durante todo el día, se duplicó en un santiamén cuando al abrir la puerta sus pulmones se nutrieron de un penetrante y desagradable olor a carbón. Sin pensar en nada más que en la señora Verdini, corrió arriba en su búsqueda y la tensión siguió su cauce. La señora yacía sentada frente al espejo, del todo calmada, desenredando sus negros cabellos con un peine. ¿Qué te ha pasado, amor? ¿Qué te has hecho? Nada. Creo que este color no está del todo mal. Respondió la señora con una voz bastante pacífica.

Ésta vez, el señor Verdini decidió llamar al doctor y éste aceptó visitarlos lo antes posible. El diagnóstico, después de una rigurosa observación, fue una crisis de adaptación y temor a lo desconocido, esto, según el doctor, había causado un exceso de producción de melanina, lo que desembocó en el drástico cambio de color del cabello. La expresa recomendación fue descanso intensivo.

Acatando esto último, partieron a la cama desde muy temprano y se dispusieron a no más que dormir durante largas horas. Cuando el señor Verdini abrió los ojos al día siguiente, se sorprendió al no ver a su esposa a su lado, pero pudo relajarse por algunos segundos, cuando alzó la vista y la miró frente a la cama, sentada, mirándose fijamente en el espejo. ¿Amor, por qué no descansas? preguntó el aletargado hombre, a lo que contestó la señora con una voz del todo serena, volteando lentamente: porque no puedo ver por dónde camino, amor. Cuando la señora Verdini terminó de girar la cabeza, el señor Verdini entró en un estado de pánico y terror al verla directamente al rostro, el verdor de sus ojos lejos había quedado, y ahora era como si los suplieran dos grandes y negruzcos carbones. ¿Qué te ha pasado? preguntó envuelto en el más profundo llanto, ¿qué te has hecho, amor, mío? Pero no hubo respuesta. La señora Verdini, había perdido la voz.

Una llamada en modo urgente recibió el Doctor para acudir de inmediato a La casa de las brujas, y cumpliendo el suplicio del alterado hombre, salió envuelto en prisa hacia con su paciente. Al ver a la señora en la cama con los cabellos y los ojos saltones y negros y su blanca piel tornada al color de un viejo caramelo, no halló otra cosa más prudente, aun siendo el hombre de ciencia en la habitación, más que llevar su mano a su cabeza y persignarse. Señor Verdini, dijo el Doctor con la voz vencida, su esposa está muerta, y al parecer, su cuerpo está en un considerable grado de descomposición. Esa fue la última mañana de la señora Verdini, nadie ahí supo que fue lo que le sucedió, y después de que los expertos retiraran su cuerpo y lo llevaran al crematorio, el ahora viudo vendió la singular casa de las brujas en la Ciudad de México y regresó a su pueblo al norte de España para allí dejarse morir lentamente al martirio de los años.

-Jorge Gutiérrez Prado

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