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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #31

Metemos toda la carne al asador en nuestro retorno a las actividades y les dejamos un cuento tan largo como interesante por cortesía de nuestra más reciente colaboradora.



ESTRAGOS DE LA LOCURA

Su mujer había muerto, la oscuridad cubría todas las paredes del departamento, no se escuchaban los sartenes a la hora de preparar la cena, el escándalo de la televisión donde pasaban los programas favoritos de ambos, el agua cayendo en el fregadero a la hora de lavar los trastes del día, no se escuchaba absolutamente nada. Todo estaba en silencio. El edificio entero se volvió una cueva oscura, lo había sido siempre, pero ahora lo parecía más en penumbra. Apenas el foco del pasillo alumbraba por la noche una que otra puerta, las goteras ensordecían al silencio.
     
Los hijos del anciano tenían una vida lejos de ahí, tal vez compartirían esa soledad unos días pero sería imposible acompañarlo por más tiempo. Los primeros años, el anciano soñaba con su fallecida esposa, ella se sentaba en la orilla de su cama y las charlas se postergaban hasta que sus ojos se cerraban en la madrugada, despu dejó de verla por largo tiempo. 
     
Su aspecto cambio en los primeros años, de ser un hombre corpulento y bonachón pasó a ser un anciano delgado y callado; la desconfianza se apoderó de él llevándolo a colocar una reja en la puerta de la entrada que llegaba hasta el techo, se encerraba por las noches para no ser presa de ningún delincuente. Los vecinos lo veían salir por la mañana y regresar terminada la tarde, lo saludaban de vez en cuando sin entablar alguna conversación, su mal humor también se había acrecentado y preferían evitarlo. Se escuchaba la reja al cerrarla y de golpe la puerta de la entrada.
     
Las visitas de sus hijos se fueron postergando, tanto que cada tres meses lo visitaban, la familia y el trabajo no daba tiempo para su padre. 
    
La única distracción, del anciano, era acudir a las carreras de caballos. Por más de cincuenta años había acudido al hipódromo, su afición lo llevaba por las tardes de viernes a domingo, ahí veía a los caballos más de cerca e incluso a los jinetes, hacia sus conjeturas y anotaba, kilos, retirados y momios; esto último indicaba lo que podría ganar si apostaba a dichos caballos, cada detalle de estos los identificaba con un tono de tinta ya fuera azul, negra o roja, los colores lo ayudaban a ordenar sus ideas y escoger según, para este experto, el ganador. 
     
En la mesa del comedor se encontraba un alterón de libretas llenas de números que únicamente él entendía y que alguna vez quiso compartir con alguno de sus hijos. En una ocasión convenció a su vástago consentido - según sus otros hermanos -  de que lo acompañara, se habían dedicado a estudiar toda la tarde el programa de caballos del siguiente día, no podían fallar, todo estaba claro, irían por el ganador. Después de hacer las anotaciones correspondientes como son los kilos, retirados y favoritos los dos decidieron comprar los boletos para el primero, segundo y tercero lugar, esto con una apuesta de candado para que entraran como fueran, no importaba el orden únicamente tenían que entrar esos tres números. 
     
A unos minutos de empezar la carrera fue a la taquilla y todavía espero al señor de la ventanilla para adquirir sus boletos, esto era como un ritual para él, cuando nadie más compraba, el tipo le parecía buena gente y sin envidias, cosa que aumentaba su suerte. Mientras esperaba, otros sujetos se acercaron también para apostar y hablaban de sus caballos favoritos, y por experiencia no entrarían algunos en la contienda. Pensativo el hombre decidió hacer unos cambios jugando otros números. La trompeta se escuchaba para avisar la formación de los caballos en la carrera. La voz del narrador se escuchaba en todas las bocinas del hipódromo y con la ya conocida palabra “arrancan” toda la gente se encontraba de pie en las gradas para revisar sus apuestas; mientras tanto con gran algarabía su hijo echaba porras a sus caballos favoritos, la euforia se sentía en ese lugar, la mayoría con sus boletos en la mano esperando dieran la vuelta al óvalo hasta llegar a la meta. El hombre de veinticinco años abrazó a su padre, habían ganado, pero no así pensaba el anciano, mostró los boletos, no eran los números. Por un momento mostró su enojo aquel joven, no quiso decir más ni mucho menos saber cuánto se había perdido. Aunque a la tarde le quedaban más carreras para apostar, la suerte  había pasado. Fue la última vez que lo acompaño su hijo predilecto.  
    
Aquel hombre no dejaba de escribir números y signos en color azul, negra o roja, pero su tranquila soledad fue interrumpida por un olor penetrante que lo hacía toser, le picaba como una tierra muy fina en la garganta, tomó un par de vasos con agua dejando de carraspear su garganta. Al principio no le dio importancia pero al tercer día eso le parecía una amenaza contra su vida. Sin esperar más tiempo compró un ventilador que colocó en la entrada de su departamento, abrió la puerta lo suficiente para que el aire aventara aquel olor, el cual había determinado sin tener otra opinión, que era la solución que utilizan para los extinguidores. E incluso pensó que en algún agujero del departamento le estaban echando ese polvo a discreción. 
     
A pesar de que le demostraban que lo verde del piso donde se encontraba el lavadero era el moho que dejaba la temporada de lluvia hizo caso omiso, creyendo que eran las huellas del veneno que le arrojaban, haciendo crecer más su desconfianza con los vecinos, en especial el que vivía a lado. 
     
Todas las noches tomaba el cuchillo más grande y lo ponía debajo de la almohada, tenía que estar alerta de que alguien se pudiera meter, y si llegase a suceder él lo recibiría gustosamente. Esto hizo preocupar a su hijo predilecto y se lo llevó a vivir un tiempo con él. Pero las amenazas no cesarían, cuando fue al mercado vio a uno de los dos tipos que anteriormente lo habían molestado, estos iban en una bicicleta y fijando su mirada con la suya uno de ellos le hizo un ademan cruzando su dedo índice por su cuello, así que sin decir nada regresó a su casa, no quería que las intimidaciones llegaran a la familia de su hijo.
     
Era necesario tratarlo profesionalmente, un médico le había diagnosticado paranoia sin hacer más exámenes que las confesiones del viejo, para ello tenían que acudir a su médico familiar para que éste a su vez lo mandara a psiquiatría. Pero la falta de espacio por parte de sus familiares se prolongó por más tiempo. 
     
El anciano se deterioraba en sus pensamientos y en su memoria, hacia cosas que no recordaba que había hecho antes, pero tampoco le pareció prudente anunciarlo, se dio cuenta una sola vez, las demás pasaron desapercibidas, la ausencia y las postergadas visitas de sus hijos evitaban que pudieran percatarse de las crisis de su padre que por las noches solían ser más recurrentes. Dejó de poner el ventilador, ya no sentía esa carraspera, se jactaba de haber vencido. Pero aún conservaba el cuchillo debajo de la almohada. 
     
Su afán por encontrar la forma de ganarle al sistema de las carreras de caballos lo llevó a ser más perseverante. Veía un par de novelas, una serie de policía, y las noticias por la tarde, el resto del día se lo dedicaba, después de sus alimentos, a escribir números, círculos, triángulos y equis a su estudio. 
     
Un día tocaron a su puerta, tres fuertes golpes contundentes se escucharon, al momento el anciano se quedó extrañado, tomó el cuchillo que en ese momento tenía en la mesa y lo acomodó en la espalda sostenido en el cinturón, abrió tranquilamente la puerta de la entrada, no había nadie, la reja daba espacio entre barrote y barrote por el cual bien podía caber un brazo. Fué con el vecino, tocó su timbre, nadie respondió, entonces chocó sus nudillos en la puerta, y nada -“seguro se esconde el cobarde”- pensó, tenía que enfrentarlo cara a cara. Ahora vigilaría al sujeto, no era de fiar, nunca lo había sido, entonces recordó una tarde hacía ya más de veinte años cuando aquel vecino dejó a su madre con él y su mujer, una señora encorvada con el cabello corto, algunas canas se revolvían con el negro de su pelo, su aspecto se veía cansado a pesar de lo fuerte y maltratadas de sus manos, le dijo a su esposa que regresaría por la tarde a recogerla y la madre esperó dos días para que fuera por ella. No, no volvería confiar, estaba determinada su decisión, lo enfrentaría para ponerle un alto a sus amenazas, seguro era este quien mandaba a vigilarlo. Sí, ahora todo estaba claro, los tipos estaban coludidos, querían matarlo y quedarse con el departamento, todo encajaba a la perfección. 
     
Su hija llegó de improviso, se quedaría esa noche, tenía que estar temprano en unas oficinas del centro, cosa que le pareció mejor al anciano. Por las diez de la noche se escuchó la puerta de la entrada, tomó el cuchillo y espero atrás de la ventana, se escuchaban las pisadas de los zapatos subiendo las escaleras, recorrió un poco la cortina, era él, y salió tras el enemigo. La hija escuchó el ruido de la puerta y fué a ver, su padre levantando la mano derecha reclamaba al vecino dándole un ultimátum a sus amenazas, mientras detrás de su espalda sostenía con la mano izquierda el cuchillo, advirtiéndole que no se dejaría por nadie que lo fuera a lastimar. La hija puso en orden la discusión que empezó a menguar entre los dos hombres, uno mucho más joven que el otro. El vecino con más calma se apartó del anciano y se retiró a su departamento, le dijo a la hija que su padre estaba muy viejo y tenían que llevarlo con un médico. Ella no entendía, le pidió a su padre que se metiera, lo discutirían dentro de la casa. El anciano le explicó todo lo que estaba sucediendo desde el polvo para extinguidor hasta los tipos que le habían hecho una señal de muerte, no tenía duda de quién estaba preparando todo para sacarlo de ahí. 
     
Después de lo ocurrido, la familia fue informada, se tenía que hacer algo al respecto, no podían dejar por más tiempo solo a su padre, se tendría que quedar con alguno de ellos; el problema se agravaría si no se tomaban medidas para el anciano. Una de las propuestas era que se quedara un tiempo con cada uno de ellos y así todos lo cuidarían, se lo mencionaron al padre, pero este se rehusó a dejar su casa, donde los recuerdos de su esposa todavía existían, además era su espacio y hacia lo que él quería, así que nuevamente se olvidaron del asunto.
     
El anciano dejó por un rato el estudio de los caballos y se dedicó a seguir a todos lados a sus vecinos, y más los que parecían sospechosos, según para él. El vecino del que tanto renegaba lo cuidaba más que a los otros y empezó a frecuentar los mismos lugares que éste. La persecución le resultó un poco divertida y peligrosa. El anciano quería mostrar que no estaba loco y que ciertamente planeaba algo en su contra. 
     
A las seis de la mañana estaba listo para salir, en una pequeña bolsa de piel que cruzaba en su hombro llevaba una cámara para tomar fotos, dinero y pastillas de menta. El sonido de la puerta del vecino lo ponía atento. Como un sabueso observaba los lugares y olía el ambiente, anotaba en una pequeña libreta que llevaba en su chaqueta los lugares donde entraba aquel sujeto y con quien platicaba; con tinta azul, roja o negra según fuera la persona le asignaba un signo, si era muy peligroso era rojo, si era alguien sin importancia era azul, el negro únicamente lo utilizaba para las personas que también tenían contacto con él, es decir, charlaban de cualquier cosa. 
      
Los pasos del vecino lo llevaron a un lugar lejano de su casa, la gente se amontonaba en unas mesas, en cada una de ellas estaban unas bolsas negras, esperaban ansiosos, el anciano se preguntaba que había dentro de ellas, a media noche llegaron unos tipos con chamarras negras y pantalones de vestir del mismo tono. Abriendo las bolsas, esparcieron en esas mesas todo lo que contenían, estupefacientes, bolsitas de polvo blanco, pastillas de colores y marihuana de toda calidad. Estaba en un lugar llamado picadero, un edificio abandonado que se encontraba en una de las colonias más conflictivas de la ciudad, y únicamente los asiduos consumidores sabían que abrían sus puertas en la madrugada; un individuo de aspecto grotesco, le ofreció un cigarrillo acabado de hacer con papel de arroz fino, el anciano lo tomó y le dio una fumada, le pareció la más larga de toda su vida. El sujeto le ofreció pastillas pero le recomendó que primero disfrutará del cigarrillo y después con tranquilidad tomara el éstaxis, así se llamaban, el anciano, hizo caso omiso de sus recomendaciones, necesitaba algo que lo animará un poco más. Miro la pastilla en su palma de la mano, tragara en ese momento  era lo más apropiado, otro sujeto se acercó y le dijo que si quería sentirla con más intensidad mejor la esnifara, el anciano no supo qué decir pero su cara lo decía todo, el sujeto la tomó de su mano la puso en un pequeño papel y la empezó a triturar hasta hacerla polvo –– ahora sí, aspire todo el polvo – y   así lo hizo, esta  le llegó al cerebro y empezó la búsqueda a lo extraño. Abrió los ojos y a su alrededor parecía diferente. La eternidad en ese lugar era especial, había recorrido tantos kilometros que su cuerpo estaba cansado y quería seguir caminando más. A lo lejos vio al vecino, parecía un desierto con colores iluminado por todos lados, sus ojos no querían perder de vista al tipo que ahora se encontraba con una joven, se escondió detrás de un cactus gigante, ahí lo vigilaría sin que lo viera, no dejaría que le hiciera daño a nadie más, él sabía quién era y era su responsabilidad cuidar de los demás, un ciudadano, no, un sujeto no tendría por qué vivir con la gente buena que no hacía más que trabajar y llevar el sustento a sus esposas que a la vez mantenían a sus hijos con buena salud. Se sentía bien. 
     
Al día siguiente el anciano retomó su estudio, su alterón de libretas y los programas del hipódromo de días anteriores se encontraba en la mesa del comedor, anotando las carreras de caballos, marcando con tinta azul los retirados, con negro los favoritos y los rojos los ganadores; iría a jugar tres carreras el sábado y regresarla temprano para seguir preparando el festín del día siguiente. Sus hijos junto con sus familias vendrían a festejar su cumpleaños como cada año. De antemano les había advertido que se encargaría de la comida y que sólo llevaran el pastel. 
     
En su refrigerador todo estaba preparado, el anciano tenía dispuesta la comida. Las vísceras siempre le habían encantado, les daría el sazón de su esposa fallecida, las marinaría con chiles secos espolvoreado, un poco de salsa tipo inglesa y limón con bastante sal para que tomara un sabor especial, habría pastel de carne con verduras y un poco de paté.
     
En la pequeña cava que tenía en la cocina estaban los vinos con que brindarían por ese día tan especial para él y toda la familia.
     
El anciano respiró profundamente, todo en su cabeza  estaba tranquilo, ahora si quitaría la reja de la puerta principal, el ruido que hacia molestaba mucho a sus oídos cuando la cerraba. Antes de dormir tomó una bolsa de sal de grano y la esparció dentro del closet, la sal era buena para que no se echara a perder la carne.

-Noemí Tejada Flores

Comentarios

  1. Me gustó la forma de narración te intriga llegar al final y una vez que llegas, meditas en todo lo que hizo al personaje para llegar a ese final un tanto crudo.

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  2. Es una grata sorpresa la narrativa , buen desarrollo y un final adecuado a lo que vimos en los textos previos
    Grata lectura

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