Ir al contenido principal

¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #32

Aún nos queda combustible en nuestro regreso, de nuevo la pluma de Noemí Tejada Flores nos trae un relato perturbador para hacer las delicias en este inicio de semana.


DISFRUTANDO EL DESEO

El hombre escuchaba el noticiero nocturno; quiso poner más atención a lo que  el reportero decía: “Una persona había sido encontrada de bajo de un puente”, lo impactante de la noticia era  que el estado del cuerpo se encontraba con heridas extrañas,  parte de la cara parecía se le habían comido a mordidas, el antebrazo tenia las mismas señales, el glúteo derecho había sido fileteado como si fuera un pedazo de carne de res. La cámara quería acercarse al cuerpo pero sólo se veía una manta blanca que cubría un bulto. Este hallazgo podría tener bastante audiencia y durar por unas semanas en las televisoras.  Los periódicos se llenarían de imágenes horrendas, morbosidad que satisfará a los habitantes de la ciudad. La descripción del sujeto, un hombre de treinta y tantos años, delgado, con facciones finas, llevaba puesto una camisa color blanco y pantalones cortos. 
     
El hombre apagó el televisor, después de haber arreglado su ropa y dispuesto dormir, mañana tendría que estar en la oficina temprano. La soledad de su apartamento lo hacía sentir a gusto, lo único que lamentaba era estar conviviendo con los demás en el trabajo. Este era muy apartado, sólo acudían a él cuando se presentaba algún problema administrativo de la compañía. 
    
Por las tardes mandaba le trajeran un corte argentino a medio cocer, un refresco o alguna bebida dulce. El trabajo lo absorbía casi todo el día y si nadie le indicaba la hora podía continuar hasta el amanecer. 
    
A pesar de ser de los ejecutivos menos frecuentados también tenía necesidad de solicitar a cualquiera de las secretarias algunos archivos e información que requería. Algunas veces se retiraban sin avisar y los murmullos se apagaban, cuando salía a pedir café o alguna otra cosa los cubículos estaban vacíos, no tenían la delicadeza ni siquiera de despedirse. Al fondo del pasillo se encontraba ese reloj inmenso que marcaba la media noche, otra vez se le hacía tarde, se  apuraba para que no cerraran el edificio con él dentro, aunque siempre se quedaba un oficial cuidando las puertas de cristal.
     
Tomó el portafolio y el saco de casimir inglés, cerrando tras de si  la puerta de la oficina. Prefería llegar más temprano que quedarse tarde. Los elevadores a cierta hora dejaban de funcionar para darles mantenimiento, así que bajó por las escaleras de emergencias las cuales lo conducirían al estacionamiento. Demasiado fresco para ser otoño, puso sus manos en la boca para que no entrará el aire frío del sótano  Ahí estaba el oficial bien cubierto con su chamarra y la bufanda de estambre de color oscuro. Se dirigió al vehículo despidiéndose  del oficial con una señal de mano como todas las noches. Las puertas de acero del estacionamiento se abrieron dejando salir el auto de color gris plateado. Por el camino divisó un pequeño establecimiento de comida, era curioso que no se hubiera percatado de ese lugar. Dejó su auto a dos cuadras de ahí y regresó caminando. El frio de esa noche le abrió el deseo de disfrutar un café.
     
El lugar era confortante, sus mesas pequeñas de madera y asientos sencillos. No había mucha gente, dos meseros tomando órdenes y otro más en la cocina preparando las bebidas, arriba de la barra un letrero indicaba las preparaciones: capuchino, capuchino con vainilla, capuchino con midori o licor de melón, café americano, café exprés y otras combinaciones. Probar algo diferente a lo tradicional le abrió el gusto. Así que ordenó café capuchino con midori. Mientras lo traían preguntó dónde quedaba el sanitario de hombres, no para orinar sino para lavarse las manos, esa obsesión la tenía desde que iba a la secundaria. Siempre que entraba en un lugar nuevo lo primero que hacía era lavarse las manos y de paso saber cómo estaban estos. Desde pequeño veía como su madre se levantaba a las cinco de la mañana para lavar el baño, ni un día dejó de hacerlo. Ni la madre se percataba cuando la miraba, cuando preparaba su cubeta para empezar su ritual de cada día, jabón de polvo, blanqueador, dos, tres hasta cuatro tapas de ese líquido transparente que picaba la nariz cuando la ventana del baño o ninguna otra estaba abierta; esa obsesión de lavar por la madrugada el baño antes de que él despertara, le daba la seguridad que ninguna bacteria perjudicaría su salud, pero con el tiempo perjudicó la de ella.
     
Al entrar a ese pequeño espacio se respiraba un aire agradable, pasó el dedo por las llaves del lavabo, se sorprendió de lo limpio que estaban, la superficie tan lisa como una loza, los espejos pulcros, ni una salpicadura de jabón. 
     
Tras de él lo miraba un hombre, por un momento sintió pena, lavó las manos para apresurarse, tomó una toalla de papel, seguía sintiendo la mirada tras de él, comenzó a  sentir miedo seguido del terror, la toalla estaba echa bolas en sus manos sin encontrar el bote de basura;  el hombre le indicó un agujero cerca del lavabo y ahí lo deposito. El hombre sonrió para tranquilizarlo, su rostro desencajado advirtió que lo había agarrado por sorpresa en sus pensamientos que no pudo disimular.  

–– La obsesión de la limpieza es tan mala como cualquier placer o cualquier frustración –– dijo el sujeto –– Sin que se ofenda, me percaté que nunca había entrado a este pequeño café ––sin decir nada negó con la cabeza 

–– Si me lo permite me gustaría sentarme a su mesa.
Al principio se quedó sorprendido, el sujeto no lo conocía pero su actitud tan confiada  le hizo aceptar. Salieron del cuarto de baño, escogió una mesa apartada de las demás e indicó con la mano  que le llevaran su café donde se encontraba.

–– Me llamo Alejandro y trabajo cerca de aquí, si conoce el banco de la esquina ahí me verá todos los días en las ventanillas excepto el fin de semana ¿Y a usted qué le hizo venir hasta este lugar? Mentir no era buena idea, sabía que el tipo era más astuto que él, seguramente más observador.  Extendió la mano presentándose.

–– Mi nombre es Carlos, no quiso  dar más detalles de su ubicación .Le trajeron el café y enseguida el de Alejandro.

–– Realmente no lo conocía, salí tarde de la oficina, rumbo a casa me percate  que existía este lugar, no se ve mal, está cómodo –– miró alrededor mostrándolo con un ademán el lugar . Alejandro no lo dejaba de observar mientras le dedicaba una mirada coqueta, como aquellas mujeres que seducen a los hombres cuando se sonríe con los ojos, tomó su taza entre sus manos soltando una nueva pregunta.

–– ¿Y con qué frecuencia se le antojan las cosas? –– No se sentía cómodo que lo cuestionarán, alzó los hombros ––¿En este momento? ––Alejandro carcajeó dejando su taza sobre la mesa.

–– ¿Con que frecuencia se le antoja tomar una taza de café? 

–– Creo que no vine aquí, a que me interrogaran, además ya es bastante tarde para empezar una plática  que seguramente se extenderá más de lo debido –– se levantó, tomó un trago a la bebida marchándose.

–– No te preocupes por el café yo invito, espero volverte a ver ––lamentaba no haber terminado la bebida, en la boca le había quedado un sabor agradable. 
     
Salió del lugar, no quería encontrarse otra vez con la mirada del sujeto, caminó hacia su auto mientras se ponía el saco. La noche había refrescado más, el silencio en la avenida le hizo suponer que era de madrugada. Por primera vez alguien le ponía nervioso, demasiado, pensó, demasiado atractivo, demasiado confiado, demasiado, solamente demasiado.
    
–– ¿Por qué me encuentro en esta habitación? Se me hace conocida pero no recuerdo donde, pasé por un pasillo largo, muy largo que me llevó a la cocina, en ella se exhibe un manjar de comida sobre la mesa, el mantel es rojo y las orillas de hilo tejido de color blanco mostrando uniones de flores. Carne, preparada de todas formas, exquisito,  tengo hambre, tengo mucha hambre quiero tomar un trozo de todo eso y no puedo, me  siento angustiado necesito comer, no puedo agarrar ni un pedacito, levanto la cara y en la puerta se encuentra una mujer, esa mujer se me hace familiar, no sé dónde la he visto. Sus pómulos son prominentes, su cabello despeinado pareciera que se acabara de despertar, su mandil está lleno de color rojo y con una sonrisa de felicidad       

–– No te preocupes hijo, tu padre no nos volverá a pegar, hurgando en su boca saca un pedazo de plástico, eso parece, cae al suelo me acerco con desconfianza, es una uña eso es una uña es asqueroso, escucho a penas una risita, ahora se escucha una gran carcajada, no la soporto… aaaaahhhhh.
     
De golpe despierta sin saber qué está pasando, mira la persiana de su habitación  sigue oscuro, toma su celular, trata de encenderlo, cuatro de la mañana. Cuatro de la mañana, no sabe si conciliará otra vez el sueño, no quiere volver a dormir, se recuesta, mira el techo necesita borrar toda imagen de su mente. Necesita dormir, sabe que si no lo hace  tendrá un día pesado, cierra los ojos trata de poner la mente en blanco  gira de un lado a otro de la cama. Mira otra vez el reloj del celular: 4:10. Se decide, quita la alarma, se incorpora de la cama  dirigiéndose al baño. Todavía faltan tres horas, se siente cansado pero sabe bien que no dormirá, un retorcijón en el estómago le avisa que también esta hambriento. Frente al espejo observa sus ojos tomando el cepillo de dientes empieza a recordar el sueño, ¿Quién era esa mujer? –– Se pregunta; tal vez en el mercado la había visto, o en el súper, no recuerda. Esa necesidad de saber lo deja pensando por varios minutos, la imagen de esa señora, ¿A quién… a quién le recuerda? ¿Esa carcajada tan estridente, de quién procedía? Mira otra vez al espejo, se ha hecho daño con el cepillo, la sangre le sale, escupe varias veces. Las encías, las tiene hinchadas de tanto tallarlas, el tiempo se había ido en un instante. Deja de pensar en tonterías apurándose para llegar a la oficina temprano.
     
El cambio de turno de los oficiales de la entrada lo ve desde lejos se dirige a la oficina pero antes pasa a la cafetería a saciar un poco el hambre, compra de la máquina dispensadora un emparedado.
      
La mañana transcurre, la carga de trabajo no le había permitió pensar en el sueño, pero como algunas veces sucedía la oficina se comenzó a vaciar del personal y otra vez el silencio aparecía, sólo  se  daba cuenta cuando necesitaba algo, esa mala costumbre de la gente que no se tomaba la molestia de avisar. Aunque muchas veces no le importaba.
     
Al salir del edifico recordó el pequeño establecimiento, dejó otra vez el coche a unas cuadras del lugar, caminó por la acera hasta llegar a la esquina, ahí pudo divisar la luz blanca que emanaba la cornisa, esta vez tomaría un café completo, esperando no se encontrarse con el tipo. 
     
La mesa estaba vacía, y de nuevo entró al sanitario, ese espacio le llamaba mucha la atención, sus paredes blancas, así como las puertas de los retretes un color especial que iluminaban junto con la luz. Todo estaba aseado y eso le confortaba, las llaves del lavadero relucían de limpio, no se encontraba ni una orilla sucia. Los espejos tenían la misma limpieza que los pisos, pasó el dedo por el lavabo más cercano quedando satisfecho de tal pulcritud. Sería mejor salir de ahí ––se dijo––para su mala fortuna la mesa estaba ocupada con el mismo tipo, éste le sonrió  invitándolo  a la mesa.  

Me alegra verlo de nuevo por aquí, le dio la impresión de que realmente estaba contento de verlo, no pretendía salir corriendo como el otro día así que jaló una silla de la mesa contigua y se sentó justo frente a él, no le gustaban las intimidaciones y era hora de poner en orden el asunto.

–– No esperaba verlo por aquí otra vez.

–– Le confieso ––continuó Alejandro–– que tenía muchas ganas de encontrármelo, no dejaba de sonreír. 

–– Tal vez me porté un poco grosero –– hizo una pausa ––pero no me gusta tener conversaciones tan rápidas con la gente que no conozco.

–– Créame que lo entiendo, y le pido una disculpa por ese atrevimiento y si usted no se ofende permítame ofrecerle una bebida.

Tal vez no hubiera sido conveniente rechazarla así que aceptó, Alejandro eligió la bebida, se veía que conocía el lugar muy bien, pidió dos bebidas con algo de licor, las cuales las sirvieron en  copas muy delgadas.
     
–– Exquisita, nunca en mi vida había probado el café combinado con licor. Qué tipo de licor lleva esta bebida – preguntó. 

–– Un poco de licor de melón el famoso midorí. 

–– Sí, se siente un poco el sabor, nunca me habría imaginado esta combinación – el  sujeto carcajeó – habrá sido la bebida que había dejado completa la última vez. 

–– Algunas veces es bueno atreverse a beber o comer cosas fuera de lo común, y combinarlo con salsas o hacer guisos como llaman estos…

–– Afrodisiacos, respondió Carlos.

–– No es la palabra correcta pero sí.

Carlos le observaba mientras hablaba del lugar, el tipo media como uno ochenta de estatura, su cabello recortado al ras de las orejas lo hacía verse más joven de lo que era, sus pequeñas arrugas cuando sonreía daba lugar a la delicada piel que tenía. Su traje bien planchado, pulcro le impresionó, si salía apenas de trabajar el cuello de su camisa lucia impecable, eso le gustó, no era cualquier persona, tal vez su trabajo no era atrás de una ventanilla de banco sino atrás de un escritorio llevando la administración.
     
Trató no hablar de él, sólo escuchaba, aunque insistió en preguntarle su dirección tres veces en la conversación. Lo único que hizo fue cambiar siempre la charla ante tanta insistencia, claro que el tipo nada tonto lo notó y no quiso continuar con ese juego. Tenía que retirarse, se levantó y agradeció el café con una despedida de mano. 

–– Ojalá podamos tener la oportunidad de seguir conversando

–– No lo dude, el lugar me gusta y seguro regreso ––dijo buenas noches y salió del lugar.
     
Alejandro le había caído bien, tal vez regresaría para continuar con la plática y hablar ahora de él, con sus traumas de la infancia, tenía un leve recuerdo de su madre, su padre había desapareció cuando era pequeño. Nadie lo había reclamado así que tuvo quedarse en un orfanato hasta los dieciocho años.
     
Era hora de dormir, el reloj de la sala  marcaba las dos, quitó sus zapatos, los puso cerca de la puerta para calzar las sandalias de toalla; el piso relucía como un espejo, la duela había sido tratada como todos los miércoles. El caminar por esa superficie le hacía sentir tranquilo. Las paredes blancas lo relajaban, las sábanas del mismo color hacían que entrará en calma. Se desvistió acomodando su ropa en el cesto, se acostó entrando en un sueño profundo: Otra vez ese ruido, como si golpearan algo, se escuchaba el crujir de huesos, permanecía despierto al fin se incorporó, caminó por el pasillo atravesando la sala para dirigirse a la cocina, entre más se acercaba el ruido aumentaba, cuando asomó por la puerta de la cocina, se encontraba esa mujer, ahora su aspecto había cambiado, estaba muy bien arreglada, llevaba un vestido blanco con un encaje en el cuello, su sonrisa combinaba muy bien con su lápiz labial, tenía el pelo recogido con un adorno en su cabeza. Esta vez tenía que preguntar, necesitaba preguntar, por qué estaba ahí quién la había dejado entrar.

–– ¿Qué hace usted aquí? ––  El  tono de voz que procedió no era agradable necesitaba una explicación, tenía que ser tajante.

–– Tranquilo, no te alteres, las cosas han cambiado, veme, giro en su entorno y volvió a sonreír, ¿Acaso no me ves mejor?

–– ¿Quién la dejó entrar? – inquirió. 

–– Nadie, siempre he vivido aquí. 

–– No me salga con tonterías – avanzó  tomándole del brazo, este a su vez se desprendió dentro de su mano e intentando nuevamente tomárselo, volvió a zafarse sin ningún esfuerzo.

–– Váyase – alzó  más la voz, su cara ya no mostraba la sonrisa de un principio, se tornaba angustiada y soltó en llanto.

–– No puedes correrme de mi casa, siempre he vivido aquí no me iré, te quise dar una sorpresa y tú me recibes con esto –– no  dejaba de llorar ahora ella alzaba más la voz

–– Sabía que te convertirías igual que tu padre, sólo me utilizas cuando te sientes mal, cuando sabes que estas completamente solo, solo, solo ––no dejaba de gritar, su cara no sonreía,  se transformaba en una ira reprimida sus ojos los abría más.

–– No me iré, y tú tampoco, te preparé la cena, no me iré y tú tampoco ––  volvía  a repetir las frases, corrió al refrigerador y de golpe abrió las dos puertas, en un platón de cerámica blanca se encontraba un estofado.

–– Es para ti––dijo y corrió, no supo a donde había ido, regresó por el mismo pasillo buscando en las habitaciones  aledañas, no la encontraba, al  abrir el baño de golpe estaba ahí con manchas rojas por todas partes, fue tanto su horror que no podía creerlo  trato de moverse al instante que caía en un abismo, la angustia se apoderó de él, se había desmayado lo sabía su cuerpo lo miraba tirado en ese piso blanco. Su cerebro  le mandaba mensajes de despertar, pero no quería, todo estaba sucio, todo estaba manchado, no podía creer tanta suciedad en su departamento. Despertando suspiró  revisó con la mirada en su entorno antes de pararse, todo estaba en orden, se incorporó se dirigió al baño, todo estaba limpio, volvió a suspirar  sólo había sido un sueño.
     
Ese mismo día salió temprano de la oficina, no esperaría la misma hora de siempre, necesitaba platicar ¿De qué? No tenía la más mínima idea, pero era la necesidad de platicar, así que terminó el último informe dejando otro pendiente, tomó sus cosas  sin siquiera despedirse de las secretarias algo que le reconforto, fue en busca del lugar que lo tranquilizaba así como aquel tipo, tenía que aceptarlo, le hacía sentir diferente.
     
Todavía no anochecía cuando salió del edificio, no había mucha gente en la calle ni tampoco autos, era muy extraño eso. Apuró el paso para llegar a la calle de la cafetería, camino y  quiso  recordar donde estaba la ubicación, no la recordaba, el nombre, tampoco, se preguntaba si tenía nombre, regresó por las mismas calles, estaba seguro que estaba en una esquina. Tal vez su orientación se confundía, era el único establecimiento con luz y ahora que todavía no anochecía no se veía. Se fue al estacionamiento y ahí se quedó esperando la oscuridad no tenía más que hacer, sólo esperar.
     
Se había quedado dormido no sabía cuántas horas, el estacionamiento estaba vacío, salió del auto, como siempre veía el cambio de los oficiales de la entrada. Esta vez no saludó, se escabulló por la puerta de emergencia. Caminó aprisa varias cuadras, su rostro se alegró al ver el anuncio del café, este con enormes letras en el techo CAFÉ, no se había percatado del anuncio. Se dirigió a la mesa, como siempre estaba vacía, dejó el saco en el respaldo de la silla  para que nadie la ocupara, fue al baño estaba ves sí usaría el mingitorio, aun así le gustaba ir a verlo antes que a nada. Después de disfrutar la belleza inmaculada de ese pequeño espacio con sus tres mingitorios en una pared y los lavabos en el otro y sus  debidos espejos individuales, lavó sus manos le gustaba sentir la frescura del agua la cual le hacía sentir más tranquilo. 
     
Al ver a Alejandro su rostro se alegró, se encontraba en el otro lado de la pequeña mesa redonda de madera.

–– Sabía que nos volveríamos a encontrar –lo  miró y de igual manera correspondió a su sonrisa

–– Este día será algo especial para ti  ––dijo en tono serio y a la vez misterioso Alejandro––te invitaré el último café y te llevaré a comer algo que nadie ha probado. Sirvieron  las bebida en vasos de cristal con un adorno de metal alrededor de él para que pudieran tomarlo evitando quemarse, platicaron de sus respectivos trabajos, Carlos se percató que hacían lo mismo administrativamente, aunque le había dicho que estaba en la ventanilla, él en un banco y el en una oficina encerrado casi todo el día, pero de igual manera les gustaba  el trabajo ya que no socializaban con tanta gente a lo mucho dos personas y eso era satisfactorio se quedaron un par horas. Entre la charla Carlos mencionó su sueño, eso le tenía preocupado era la segunda vez que soñaba con la misma mujer. Alejandro, por su parte, lo escuchaba con atención, dejó que terminara.

–– No soy ningún psicólogo, pero he leído que los sueños son parte de tú vida, a veces soñamos con situaciones que nuestro inconsciente quisiera experimentar pero las enseñanzas de la sociedad conscientemente te lo reprimen y la única forma de sacar, por así decir, la frustración, son en tus sueños, muchas veces ellos te llevan a una realidad ficticia, suena extraño e incongruente pero así lo entiendo. En tú caso, de lo que he leído podría ser que tienes una obsesión, tendrías que consultar con un profesional ––terminó diciendo–– No había quedado tan conforme pero el tipo lo había tranquilizado un poco. Terminaron sus bebidas y se marcharon.
  
Alejandro insistió que fueran a un lugar alejado de la civilización y del murmullo de la noche. Su departamento sería perfecto. Le preguntó a Carlos si traía carro, éste negó con la cabeza 

–– Perfecto, tomaremos un taxi. 

Abordaron el vehículo, Alejandro lo dirigió hasta llegar a un parque ahí se bajaron internándose en la oscuridad, las lámparas iluminaban un camino empedrado hasta llegar a la orilla, ahí se encontraba una barda blanca que rodeaba algunos edificios del mismo color, el lugar le parecía conocido pero no llegaba a recordarlo, por fin llegaron a la reja donde un policía los miró y volvió agachar la cabeza a mirar sus monitores. Seguro no necesitaba identificación para entrar, pensó Carlos, llegaron a los elevadores que estaban a un lado de las escaleras de mármol con una blancura especial, todo el piso estaba del mismo material, la estancia se sentía fría. Bajó el elevador introduciéndose en él, Alejandro apretó el botón para subir al piso nueve, no se hablaron mientras ascendían, dentro de este se encontraban unos espejos cubriendo una pared, el piso lo cubría una loseta vinílica de color blanco.
     
Se abrieron las puertas mostrando un pasillo largo con varias habitaciones, caminaron  hasta el final del corredor, estaba una puerta de metal pintada de blanco, lo hacía sentir cómodo, tranquilo, como si lo conociera desde hacía tiempo, ese olor de limpieza de frescura lo recordaba pero sus ojos no. El sujeto saco un manojo de llaves escogiendo la más larga de ellas, abrió la puerta y entraron. 

–– ¿Qué te parece? Esta es la cocina – empezó a señalar cada uno de los utensilios, alzó los brazos señalando todo a su alrededor, era una cocina magnifica.

–– Me parece asombrosa, nunca había visto tanto orden y limpieza en un lugar tan usado

–– Así es, te enseñare a preparar algo único –– se  quitó el saco, el suéter y la camisa quedando con una playera blanca, tomó el mandil de la pared que estaba colgado y se lo puso, abrió un cajón sacando otro igual para él. Tomó el sartén más grande, con la chaira afilo los cuchillos. Sacó unos frascos con especias y la botella de aceite de olivo. Cada una de las especias las colocó en varios refractarios pequeños. Abrió un refrigerador enorme, así le parecía a Carlos. En un recipiente lavó verdura para una salsa. Se quitó el resto de la ropa. Por primera vez el deseo se apodero de él. Miraba sus piernas, su abdomen sus músculos, no era bueno reprimir esa obsesión. Abrió uno de los cajones, estaba todo preparado, el frasco con cloroformo, la bola de algodón. Lo miraba de reojo mientras hablaba. Ahora recordaba donde había visto a la mujer, ahora recordaba la cocina, ahora recordaba el platillo favorito de él.

-Noemí Tejada Flores

Comentarios

  1. Muy buena narrativa, se siente el suspenso todo el tiempo

    ResponderEliminar
  2. Felicito a la Escritora, plasma en resumen con claridad sus ideas y mantiene al lector atento a seguir leyendo la trama hasta el final

    ResponderEliminar
  3. ¿Por qué lo impactante de la noticia es el estado del cuerpo y no la persona encontrada bajo el puente? ¡Pues en qué ciudad vive!

    ResponderEliminar
  4. Me gustó mucho la narración, entras en un estado de hipnosis imaginando los personajes y la ejecución de las escenas llevándote a vivirlo como en tercera persona.

    ResponderEliminar
  5. El relato me fascinó de Carlos, realmente nunca te puedes esperar en qué circunstancias te encuentras de tu realidad en la que vives.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

VISITA LO MÁS LEÍDO

¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #30

Damos paso a la edición treinta de esta sección donde compartimos el quehacer literario, y lo hacemos con el debut de nuestra nueva colaboradora Noemí Tejada Flores, haciendo su presentación con un pequeño poema.

45 SEGUNDOS
Por segunda vez he querido tocar el cielo.
Para saber si de verdad existe el algodón.
Por segunda vez se me rompe el corazón, y me encuentro entre cuatro paredes completamente sola.
No hay un tren que pueda ser mi aliado. No hay ni una pastilla para dormir. No hay nada que me atraiga para dejar de sentir.
Por segunda vez siento un vacío en el estómago, y sólo quiero llorar, llorar, llorar.
He sabido que el dolor no se cura; está ahí para siempre. La soledad me acompaña y también me hace caer cuando necesito ser más fuerte.
Por segunda vez quiero tocar el cielo; y descubrir que existe; que tomará mi mano, y nunca jamás me soltará.
Estoy triste. Nadie se dará cuenta porque solo tengo un teléfono donde escribiré que todo está bien, y pondré una carita emotiva. Donde nadie se…

¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #33

De nuevo aparece Noemí Tejada Flores que nos comparte un cuento para disfrutarlo en este fin de semana largo.


EL MISTERIO DE LA PUNTA DE LA MONTAÑA
Antes de las seis de la madrugada salía a correr, el aire fresco lo respiraba profundamente,  le gustaba ver el cielo todavía oscuro y la estridulación de los grillos cuando pasaba por los jardines de la colonia, el silencio lo relajaba, disfrutar de los caminos solitarios le daba tranquilidad y continuaba así hasta llegar a la orilla. Tomaba una pendiente para regresar por el mismo lugar, tenía más altura el recorrido pero ir solo no era nada recomendable así que apenas llegaba al principio de las faldas de la montaña. Empezó a caminar por las mismas calles de regreso casa, se sentía diferente, el aire era más pesado, como si lo compartiera con alguien más. Se sentía cansado, miró su reloj para medir el kilometraje de su carrera. Se quedó pasmado, no podía creer que tan sólo fueran ochocientos metros. Se preocupó, tal vez algo le estaba pas…