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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #35

Inauguramos la semana con un trágico cuento cortesía de Jorge Gutiérrez Prado, para hacer más llevadera la adelantada primavera.


LA MEMORIA

Cuando en una clase de literatura preguntaron al entonces jovencito Lino Clemente, que cuál era el peor de sus miedos, él respondió que perder la memoria, pues, aunque sabía que él no sufriría, estaba cierto que los que se llevarían la ardua empresa de lidiar con un desconocido, serían sus seres queridos. Eso lo atormentaba, y con ese pensamiento se adentró en la adolescencia y después en la vida adulta.
 
El ahora señor Clemente, compartía su vida con su amada esposa. Y se podrían contar largas historias de las vivencias de aquella flaca jovencita, pero, para fines prácticos, cualquiera que hubiera conocido a la señora Clemente, estaría de acuerdo que a ella la conducían dos grandes luceros que suplían a sus ojos, tenía una piel emanada de la más excéntrica perla y una energía galopante que complementaba el talante más módico de su esposo. Se conocieron una noche lluviosa cuando ambos corrieron a refugiarse debajo de una marquesina de barro entre un montón de marquesinas de barro. Ahí hablaron por tanto tiempo que siquiera notaron cuando la lluvia había cesado.

Ese día regresaron los muchachos a sus respectivos hogares, estando ciertos que en aquella espontanea charla, se habían comprometido las más sinceras e íntimas palabras que a lo largo de sus vidas jamás habían pronunciado; que aquella experiencia merecía todo el impulso palpable para que los recientes discursos se tornaran al comienzo de lo que ambos siempre habían estado esperando. Y tal cual sucedió, el amor se confesó a manera de bellas oraciones, escuchando cada uno los más dulces deseos y las más bellas pasiones, reconociéndose sentados en los bancos de madera de un café siempre dispuesto a unir y desunir a los más entusiasmados hombres. 

Los años pasaban y el amor no se contenía, arrasaba y emanaba las virtudes que a ojos de todos eran dignas de perseguir. Ellos corrían entre los campos persiguiéndose el uno al otro, sonriendo y llorando mientras sus cuerpos y sus historias no daban cabida para lo presuntuoso o lo extraordinario, simplemente, eran dos amantes que habían logrado, incluso, olvidar cualquier pensamiento que pudiera afligir o inquietarlos, pues si el tormento recaía en saberse expuestos a aquello, estaban ciertos que jamás serían felices, optando entonces, a dejarse llevar no más que por su descomunal amor.

Pero todo lo bello y sublime que parecía no tener fin alguno, un día lo tuvo. Fue una tarde fría y lluviosa mientras los Clemente caminaban tomados de las manos cuando decidieron correr a refugiarse bajo una de las tantas marquesinas que se dejaban ver en el centro de la ciudad. Allí rieron enamorados por última vez viendo la lluvia caer, pues súbitamente la ligera lluvia fue tornándose a una monstruosa tormenta, acompañada de poderosos vientos y truenos, sin embargo, los amantes no se estremecían, todo lo contrario, se miraban felices esperando a que el cielo cediera; pero no hubo tiempo de aquello, pues uno de los feroces truenos alcanzó de pronto una casa a pocos metros de la pareja, haciéndolos soltarse de las manos y pegar un impresionante brinco. 

El señor Lino Clemente, logró estabilizarse apenas volvió a tocar el suelo, pero la bella señora Clemente no puedo mantener el equilibrio, lo que le hizo caer sin resistencia, llevando su cabeza contra los adoquines empapados. La mujer murió al instante y la lluvia y la sangre se mezclaron como todos los pensamientos del ahora miserable señor, Lino Clemente.  

La muerte llegó para quedarse en la vida del ahora viudo, al hombre se le apagaron los ojos. La energía se le esfumó de un instante para el otro; sus parpados inferiores cayeron sin resistencia; su cuerpo, se estaba muriendo. Y de su mente, bien podrían hacer los estudiosos largos estudios y hasta grandes obras literarias emanadas de los recuerdos y pesadillas que en sus sueños afloraban. 

El soterrado recuerdo de sus temores que lejos había quedado gracias al amor que sentía por su esposa, ahora estaba de vuelta, pero con un rígido cambio. Esta vez, el señor Clemente en la mente no temía el perder la memoria, sino conservarla, pues a cada día a cada noche, su amada volvía inmóvil, ensangrentada, con los huesos quebrados; nada recordaba de sus luceros y del color de su piel, si quiera su voz o el ímpetu de su talante; el señor Clemente había olvidado ya el caminar de su esposa. En su mente, el único recuerdo que tenía era el de la muerte. 

Un día soleado y venturoso, algunos vendedores de esos que van de puerta en puerta, encontraron al señor Clemente en su casa mientras se golpeaba la cabeza contra la pared. De inmediato, llamaron a los expertos y estos se encargaron de ayudarlo, quedando guardado en el manicomio por el resto de sus días. Hoy por hoy, el señor Clemente se encuentra aún en el instituto, en un cuarto de cuatro paredes acolchonadas, golpeándose la cabeza diciéndose así mismo que ahí dentro deben estar los bellos recuerdos de la señora Clemente y no las horripilantes imágenes de su esposa sin vida.

-Jorge Gutiérrez Prado

Comentarios

  1. Cuando no se comprende la triste necesidad de hallar algo en la mente de uno. Hacerlo surgir de cualquier forma.

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