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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #37

Para esta nueva entrega de ¡Simplemente las invento! regresa la literatura de Noemí Tejada Flores con sus grandes historias y alucinantes giros.


ALMENDRAS

¿Por qué olía tan peculiar?, el aroma había penetrado en mis sentidos, un olor que todavía no podía descubrir, pero estaba ahí. Me incorporé de la cama para revisar con la mirada el departamento; observé las cortinas de la ventana, el tocador con libros, una botella de perfume así como mis accesorios de bisutería, todo estaban en orden. 
     
El buró a un lado de mi cama continuaba repleto de cosas, la silla con mi saco no se movía, ese cuadro en la pared que no había destapado. 
    
Tomé una almohada y la puse en mi pecho, era un aliado a lo desconocido y me podría proteger. Mis manos sudaban y el miedo recorrió mi espina dorsal. Miré alrededor, la puerta del baño estaba cerrada, la puerta del closet estaba cerrada - nunca me ha gustado dejar las puertas a medio cerrar, esa extraña locura de que alguien pueda estar atrás de ellas - no se veía nada extraño ni fuera de lugar. 
     
Bajé los pies tentando el suelo frío hasta dar con las sandalias, seguía sujetando la almohada la apreté más a mi pecho. Me dirigí con lentitud al cuarto de baño, abrí suavemente la manija sin hacer ningún ruido, esperaba no chirriará como todas las mañanas lo hace cuando tengo prisa; introduje mi mano para buscar el apagador y de inmediato encendí la luz. Observé que la ventila se encontraba cerrada, el lavabo de color verde agua no se veía mojado, la jerga del suelo estaba bien acomodada, trataba de ver un poco más allá de la cortina extendida que cubría la regadera, mi respiración empezó acelerase, traté de controlarla un poco pero fue en vano; mis  manos temblaban,  pensaba  que tal vez había algo detrás de la cortina, la tomé de la orilla para replegarla y el sonido de los arillos rozando el tubo metálico me hizo soltarla de inmediato. Una gota de sudor escurría por mi nuca, nada, sólo un bote de agua y el reflejo opaco del azulejo verde que reflejaba mi imagen.
     
El olor era más intenso, algo me recordaba, pero todavía no podía descifrarlo, era necesario saber de dónde provenía, regresé a la habitación, no sin antes encender las luces por mi camino, revisé cada mueble de la sala, el comedor, la cocina hasta llegar a la puerta de la entrada. Ese olor dulce y empalagoso lo sentía más incisivo en mi respiración.
      

Abrí cautelosa la puerta; como siempre el vecino no encendía el único foco del pasillo; a diez metros de mi puerta estaba éste. Hasta el fondo se encontraba otro vecino y la luz de la luna que entraba por la pequeña ventana dejaba ver su puerta. Aferré la almohada aún más a mi pecho, dando pequeños pasos me dirigí hacia el apagador, cuando era niña siempre pensaba en cosas diferentes y agradables que distrajeran mi mente olvidándome del miedo que me embargaba la oscuridad, noté que el olor desaparecía, entonces no era afuera. Tenía que regresar, así que al dar la vuelta tropecé con alguien, di un alarido al mismo tiempo que una mano tapó mi boca apagando el grito, su mano estaba fría y al apretarme todo su cuerpo se encontraba igual. Aún con su mano que envolvía mi boca hizo que volteará para ver su rostro, la negrura del lugar no me dejaba reconocerlo, en esa tiniebla que me ahogaba sentí su mirada. No había en sus ojos luz ni se distinguían sus escleróticas, no sentía su respiración, era como una piedra viviente. Forcejé para poder zafarme y nada, la almohada se me había caído ya no tenía mi protección, volví a patalear lo intenté otra vez con más fuerza, le di de puntapiés donde llegaban estos. Era un roble el cual no le hacía ningún daño; después de tanto intentar escaparme mis fuerzas disminuyeron; solté mi cuerpo y al mismo tiempo penetraba en mi nariz el olor de almendras. De súbito recuperé fuerzas, la almohada la vi en el suelo, quería gritar, pero sólo salía un quejido ahogado. Nadie se asomaba, un vecino o una mascota que ladrara; el sudor escurría por mi frente, mi cuerpo se sentía pegajoso, no podía moverme ni un ápice, mi desesperación aumentaba al igual que ese olor. Cerré los ojos hundiéndome, dejándome ir a lo insólito. Desperté jadeando como si hubiera corrido un largo tramo sintiéndome desganada. Era sólo una pesadilla, había sido tan real que no quería volver a dormir. Quité las cobijas con dificultad no sabía cómo se habían enredado tanto, las aventé para refrescarme. Encendí la lampara que tengo encima del buró alumbrando con su luz tenue. Me asomé debajo de la cama, mis sandalias estaban ahí bien acomodadas; encendí el celular la poca luz me advertía que estaba ahí, no sé había movido, sus ojos parecían que me miraban, pude respirar tranquila, el olor provenía del sujeto que hacía unos días había tomado arsénico.

- Noemí Tejada Flores

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