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¡SIMPLEMENTE LAS INVENTO! #42

El mes se acaba y al parecer Silverio Rodama ya encontró su sombra, pues hoy despierta el blog, aunque sea un poquito, con un cuento de fenómenos de circo.



LA FORMA JUSTA O LA UNSIÓN DE LA LEGAÑA

¡Trata de acordarte qué comiste! las palabras de mi madre resuenan en mi cabeza. A pesar de ser las dos de la mañana, y que el frio me cala los huesos, la temperatura de mi carne no cesa, tanto que ya he humedecido el colchón con el sudor que emana por todos los poros de mi cuerpo. Eso sin contar la inflamación en el estómago que parece partirme las entrañas. Todo me da vueltas y las nauseas se atoran en mi garganta como limones echados a perder. 

Giro sobre el colchón, las sábanas y cobijas, ahora viscosas, se unen a la tortura de mi mal. Entonces comienza el arrepentimiento. Y la respuesta que no seré capaz de confesarle a mi madre. 

Ocurrió en la tarde, cuando salimos de la escuela. Me gustan los últimos días de tercer grado, todos nos ven como los héroes que sobrevivimos la tortura de la secundaria y en cuatro meses estaremos más cerca de ser adultos; por otro lado, a los maestros, si en algún momento les importamos, ahora se preocupan sólo por evitarnos tareas innecesarias, tal vez sepan que de verdad nuestro destino es una verdadera porquería y por eso ya sólo nos motivan evitándonos la tarea de pensar. 

Al respirar el aire fuera de los muros del colegio, sobre la avenida junto a la puerta de salida. La llegada del circo se abría paso entre adolescentes, madres y demás gente que por algún motivo debieran pasar por ahí. La melodía del carrusel y, el altavoz anunciando a la Mujer Barbuda, la Niña convertida en araña por desobedecer a sus padres, el Hombre más fuerte del mundo con la principal atracción del Maldito que no debió haber nacido, seguían su camino hasta el llano a las afueras de la colonia.

El Peter, George el filósofo, Pepe Luis, Richard y yo nos unimos a la caravana que se formaba detrás de los carros alegóricos, los camiones que trasportaban los juegos mecánicos y las jaulas que llevaban las demás atracciones. Y ahí como hipnotizados esperamos como se acomodó el circo y sus juegos mecánicos. Después el circo se abrió, dejándonos ensuciar los zapatos con el salitre del llano. Los cinco recorríamos los pasillos viendo como armaban la rueda de la fortuna, las tazas locas; y así hasta llegar a los carros morada, ahí vimos a la Mujer Barbuda comiendo sopa con el cuidado de no ensuciarse las barbas, al remolque donde estaba la Niña convertida no nos dejaron acercarnos, pero hasta el fondo del llano, donde parecía que los rayos de sol no tocaban, a pesar de no pasar de las cuatro de la tarde, estaba la jaula donde estaba el Maldito que no debía haber nacido.

Ya varios niños estaban ante la jaula, donde un hombrecillo vestido de pantalón negro con faja, camisa blanca, saco de terciopelo rojo y sombrero de copa, vendía jitomates a cinco pesos para podérselos lanzar al maldito, mientras se enchinaba los bigotes con la punta hacía arriba. En medio de la jaula, había un bulto cubierto por una manta andrajosa, parecía un bebé inofensivo. El Peter y el Richard comenzaron; pidieron un par de jitomates por diez pesos, ambos acertaron uno en la cabeza y el otro en la espalda. Después continuaron el Filósofo y Pepe Luis. Ambos fallaron en su primer intento por lo que se aferraron y compraron más tiros, fue hasta el cuarto intento cuando atinaron ambos a la cabeza del andrajoso. Yo me aguantaba las ganas, no por buena persona, sino porque sé que tengo la puntería de un ciego, pero me divertía de a madres viendo como la túnica se enmugraba ahora con el rojo de los jitomates. Entonces me retaron, ¡Ándale, solo faltas tú de atizarle un jitomatazo! Pero yo me hacía maje, reitero que mi ausencia de bondad no equilibraba mi ausencia de tino. 

Así que les digo: ¡Eso es de jotos! ¡A que no se acercan y meten el brazo entre los barrotes! Pues así fuimos de obedientes, fui el primero en meter la mano hasta que uno de los barrotes se atoró con mi hombro, ya después lo hicieron los demás. El hombrecillo que vendía jitomates, se encabronó, y nos manoteaba gritándonos que uno no sabe a lo que se arriesgaba cuando provocaba a un maldito. Pero nos vino guanga su advertencia, al Filósofo y a Pepe Luis les quedaban unos jitomates que lanzaron sin recato. Entonces se alejó corriendo, gritando los nombres de no sé quién para que lo viniera ayudar. Nosotros entre risas y burlas celebramos los jitomatazos. 

Fue cuando sin mirar al interior de la jaula, de nuevo metí el brazo. Unas manos largas y huesudas me apresaron tan fuerte que sus uñas casi me sangran la piel. Al girar descubrí que el maldito me tenía sujeto con su mano; al tratar de zafarme, ayudado por mi mano derecha; él con su otra mano me tomó por el cuello del suéter y la playera  de la escuela. La silueta que formaban los andrajos me decían que ese ser tiene una gran protuberancia en la frente, es jorobado aunque de gran estatura. Sólo tenía descubierto los ojos y la boca de la capucha que lo cubría, su boca me mostraba dientes chuecos, grandes de color amarillo y negro. Y sus ojos dos niñas profundas de negro. Los demás se quedaron en silencio y pareciera que todo se volvió un silencio. La bestia me aproximó lo más que pudo a su rostro, tanto que el tufo de su aliento me provocó nauseas. El Maldito se quitó una legaña con la uña de su garra derecha y la metió a mi boca. Desearía decir que lo evité, pero todo mi cuerpo me traicionó tanto que solo era un guiñapo. 

Al sacar el dedo de mi boca, me soltó. Los muchachos me ayudaron a levantarme ya que, parece, me quedé en trance. Pepe Luis se cargó mi mochila mientras los demás me ayudaban a levantarme. Salimos corriendo hasta que me trajeron a casa. 
Me he encerrado en mi habitación desde entonces, los gases que se acumulan en mi estómago no logro expulsarlos. El dolor en mi espalda parece partir mi espalda. También el zumbido en mi cabeza es inaguantable. 

Lo he pensado bien, el dolor me hace llamar a mamá. Sin embargo ahora mis palabras son simples gruñidos que apenas logro escuchar. Me siento, con el mundo dándome vueltas en la cabeza, ya no logro erguirme, mi espalda se ha transformado, ahora es una joroba de músculo blando. Mi sudor mana de todos los poros de mi cuerpo y escurre hasta el piso. Camino hasta el baño de mi habitación. Frente al espejo descubro que de mi frente brota tremendo chichón, casi de la mitad del tamaño de mi propia cabeza. Mis dientes se han tornado amarillos, negros y morados. 

Salgo de casa rumbo al circo, me he vestido con mi pantalón deportivo y una sudadera, me cubro mi nueva forma con la capucha, aún es de madrugada. Me asombro de mi nueva capacidad de ver en las tinieblas, al salir de casa no necesité encender algún foco. Ahora, en la calle, camino y miro los detalles más insignificantes; también mi oído se ha agudizado, puedo escuchar el susurro de los mismos insectos. 
Un nuevo dolor surge, mi rodilla se ha quedado tensa, tanto que cada paso en un chasquido en mi articulación. Aun así he llegado al circo. La oscuridad de los juegos apagados y un silencio me dan la bienvenida. Entro hasta colocarme de bajo de un huérfano poste, con la débil luz de su lámpara logró descubrir mi nueva forma, un cuerpo amorfo lleno de fortaleza inaudita. 

Camino hasta la jaula del Maldito, ya no le temo. Sé que ahora nuestra fuerza es la misma. Contemplo su cuerpo sentado al centro de la jaula, como en la tarde. Llego hasta la puerta de la jaula, está abierta. Paso a paso me acercó, preparo mis nuevas garras para atacarlo y sacarle la cura. De un solo jalón le arranco los andrajos. Mi ataque lo detengo al contemplar al Monstruo, soy yo como hace apenas unas horas un cuerpo de quince años idéntico a lo que fui, hasta con las mismas cicatrices. Él con su mirada recorre mi cuerpo, y eso hace que me valla helando por dentro.

Una descarga eléctrica ataca mi rodilla, y luego mi espalda, es tan fuerte que doblega mi joroba. Me he tumbado en el piso de la celda. Apenas logro ver al hombrecillo con saco de terciopelo rojo; en su mano un bastón para choques eléctricos. Entre mi nuevo yo y el hombrecillo me golpean, y me dan nuevas descargas hasta que el primer rayo de sol aparece, antes de salir de la jaula me lanzan una manta andrajosa para cubrirme. 

Horas después mi madre acompañada de mis hermanos llega hasta la jaula del circo, mis hermanos me lanzan un pedazo de pan. Lo levanto, con vergüenza y rabia, al comerlo miro al hombrecillo entregarle a mi madre a aquel maldito que ha robado mi forma. Y sólo los veo partir.

-Silverio Rodama

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